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La desorientación ahonda la crisis

Javier Zamora Bonilla
martes 15 de mayo de 2012, 20:38h
Los difíciles y tremendos años de la Europa de entreguerras –que evidentemente, como bien señaló hace muchos años el gran historiador francés René Rémond, sus contemporáneos no conocieron con este nombre porque casi todos ignoraban la posibilidad de una nueva guerra mundial que viniese a cambiar la denominación acuñada para la Gran Guerra del 14 y hacer a esta pequeña en cuanto a barbarie, animalidad y desprecio a lo más sagrado de la condición humana-, los difíciles y tremendos años de la Europa de entreguerras, iba diciendo, fueron un grave momento de crisis en el que las profundas transformaciones políticas y sociales que se vivieron reflejaron el cambio de valores que se venía produciendo desde finales del siglo XIX, la demolición de ese mundo de la seguridad que con tan bella prosa nos describe Stefan Zweig en sus memorias El mundo de ayer como un mundo perdido en el que nació a finales del siglo XIX, pero que en los años 30 del XX parecía ya algo lejanísimo y remoto.

Los valores de la burguesa sociedad victoriana se vinieron abajo, afortunadamente, con su falsedad vital, sus encorsetadas costumbres, sus poses hieráticas en todos los aspectos de la vida, su frialdad sentimental y su falta de veracidad política. El también austriaco Hoftmannstahl afirmaba al concluir el siglo XIX que ya nada era sólido, ya nada era firme, todo parecía inestable -Bauman diría hoy líquido- en el trabajo, en la familia, en las relaciones personales, en las propias identidades individuales y colectivas, en la política. Por la misma época, el gran literato portugués Fernando Pessoa caracterizaba su presente como un tiempo de “desassossego”.

Pienso que volvemos a sentir esa sensación de “desassossego”, de desesperanza angustiosa, de no saber bien qué nos pasa y qué nos deparará el futuro después de estos años de abundancia, de estos años de conquistada seguridad, de estos años que pensábamos de progreso constante hacia un mundo mejor, años que algunos entendieron como el fin de la historia porque todo lo que cabía esperar ya estaba aquí ante nuestro ojos, y, si no estaba, sólo era cuestión de tiempo que llegase. Llegamos a pensar que la resolución de problemas tan arraigados en la humanidad como el hambre, la miseria, la propia enfermedad era sólo cuestión de tiempo, ni siquiera había que hacer grandes cosas para solucionarlos porque la propia dinámica de la historia iría diluyendo esos problemas. La exitosa progresión de los países en desarrollo, como se decía y dice eufemísticamente, era una clara muestra de que el futuro ya estaba aquí a pesar de que algunos de esos países se desarrollasen, y desarrollan, sólo o casi solamente en lo económico sin el más mínimo aprecio a otras condiciones sociales y políticas como el respeto a los derechos humanos, que los ilustrados y los revolucionarios del XVIII y los liberales del XIX decían ser naturales, inalienables e inherentes a la persona.

En una España donde el radicalismo, como había anunciado Ortega con su famoso “no es esto, no esto”, avisando de que la República era una cosa y el radicalismo, otra, “si no, al tiempo”, el filósofo escribió que “lo que nos pasa es que no sabemos lo que nos pasa, y eso es precisamente lo que nos pasa” (cito de memoria). Esta frase pienso que nos sirve también para definir la situación presente, española y mundial: no sabemos lo que nos pasa y eso es lo que nos pasa. Estamos desorientados, la desorientación reina en la política, en la economía, en la sociedad, seguimos sin unos valores de referencia, sin unas ideas claras y precisas, por decirlo con la famosa frase de Descartes. Y esta desorientación ahonda la crisis, la hace más profunda, porque respondemos a las consecuencias de la crisis sin ir a la raíz de sus causas.

Valga un ejemplo: durante más de un año los políticos españoles, no sólo Zapatero que lo dijo en una hoy memorable y absurda intervención solemne en un foro internacional sino todos, han afirmado que la banca española era ajena a la crisis financiera internacional, era una banca sólida y saneada a la que no afectaría su más que conocida implicación en el sector inmobiliario de forma directa o indirecta. Ahora se nos ha caído de golpe la venda de los ojos y la cuarta entidad financiera del país ha sido nacionalizada parcialmente, llámese como se quiera. Entretanto, se han hecho recortes sociales en sanidad y en educación, se ha reducido el sueldo a los funcionarios, se han subido los impuestos, se han hecho reformas laborales que han tocado derechos adquiridos de los trabajadores y que dejan a los parados con menores derechos cuando se incorporen, esperemos que pronto, al mercado laboral, se han reducido los presupuestos para dependencia y para investigación y desarrollo, se han hecho muchas cosas, incluso varias reformas financieras, pero no se ha ido al fondo del problema. Lo mismo a nivel internacional. ¿Dónde queda aquella “refundación del capitalismo” que anunció con grandiosidad retórica al comienzo de la crisis el hoy saliente presidente de la República Francesa? No se ha hecho nada serio, ni en serio, para tal necesaria refundación, especialmente del capitalismo financiero.

La izquierda, perpleja desde hace tiempo (me incluyo), mira con esperanza a Hollande ante un panorama que hace poco era desolador para sus intereses. Incluso en Alemania la izquierda empieza a creerse que Merkel puede ser desbancada en las próximas elecciones. Mas el debate que se ha generado maniquea y dicotómicamente en torno a si es prioritaria la austeridad o el crecimiento, que representaría Hollande y con él los socialistas europeos, es totalmente falso. Supone no ser conscientes de cómo han cambiado los tiempos y que ante una situación como la actual no caben sólo políticas keynesianas, porque precisamente estamos viviendo en Europa la incapacidad de financiación de las deudas nacionales. La izquierda tiene que defender políticas inversoras, pero desde la asunción de que el Estado tiene que ser plenamente austero, eficiente y eficaz. Frente a la demonización del Estado que hacen las ideologías neoliberales, la izquierda tiene que saber idear primero y ejecutar después un Estado austero y eficiente, con capacidad regulatoria y de intervención económica que sea compatible con el libre mercado. La tercera vía es posible que haya llegado a una vía muerta, pero conviene no enterrarla sin antes rescatar sus aspectos positivos, al tiempo que éstos se enriquezcan con nuevos planteamientos. Un gran plan de desarrollo de la investigación, un gran plan de inversiones en infraestructuras útiles para la mejora de la productividad y un gran plan de empleo juvenil, todo a nivel europeo, son absolutamente necesarios, entre otras medidas que irían más al núcleo de la reforma del capitalismo financiero, para salir de esta crisis.

Hace unos días en RNE, el buen periodista Juan José Lucas citó frase de Ortega que he traído aquí como síntoma de nuestro tiempo, pero en su versión radiofónica quedó así: “lo que pasa es que no sabemos lo que pasa”. Es un síntoma de nuestro tiempo que esa frase haya perdido el “nos” porque lo que pasa no le pasa a un ente abstracto, sino que nos pasa a nosotros, a cada uno de nosotros, y cada uno de nosotros tenemos también una responsabilidad con el presente. Uno de los síntomas del presente es que no estamos dispuestos a asumir individualmente nuestra responsabilidad, la que le toca a cada uno.

Javier Zamora Bonilla

Profesor de Historia del Pensamiento Político

JAVIER ZAMORA es licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid y doctor en Derecho por la Universidad de León, ha completado su formación con estancias de investigación en el Massachusetts Institute of Technology, el Max-Planck Institut für Geschichte y el Colegio de México.

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