San Isidro Labrador
martes 15 de mayo de 2012, 20:41h
Nace Isidro de Merlo y Quintana en Madrid en el año 1082 en el seno de una humilde y piadosa familia de origen mozárabe, que vivía en la actual calle de las aguas. Pronto queda huérfano San Isidro y tiene que ganarse la vida como pocero de la familia Vera, primero, y como labrador después. En el año 1110 el Rey Alí de Marruecos ataca Madrid y como tantos otros, Isidro se asienta en Torrelaguna. En la parroquia de aquella localidad se casará con Santa María de la Cabeza, natural de Uceda, y tendrán un hijo, Illán, protagonista de uno de los milagros más conocidos del Santo, cuando al caer en un pozo, los rezos de Isidro consiguen que suban las aguas y le devuelvan al niño sano y salvo.
En el año 1119 regresan a vivir a Madrid, junto a la Iglesia de San Andrés, y trabaja como jornalero las tierras de la familia Vargas, que están al otro lado del río Manzanares. Es Isidro persona que se dedica a trabajar y rezar, alterna el arado de la tierra con los rezos, todas las mañanas en la Iglesia de San Andrés, en la que está enterrado. Hombre humilde y sencillo, caritativo con los demás a pesar de su pobreza. Es conocido su especial cuidado por los animales, como los bueyes con los que trabaja o las palomas que alimenta. Tiene una vida longeva, muere el 30 de noviembre de 1172, con el cariño y reconocimiento del pueblo de Madrid. Es beatificado en 1619 y canonizado en 1622. Patrono de Madrid desde el año 1212, cuando se descubre su cuerpo incorrupto, su festividad se celebra, como por todos es sabido, el 15 de mayo. Desde 1960 también es el patrono de los agricultores.
Muchas cualidades se podrían destacar hoy de este santo, pero me llama poderosamente la atención su simplicidad. En un siglo XXI complejo y desorientado, creo que la simplicidad de San Isidro nos puede ser muy útil y reconfortante. La sencillez, la simplicidad no es lo mismo que la simpleza. La simpleza es no conocer la realidad de las cosas, hacer una composición de lo que sucede sin reflexión, trabajo y análisis. La simplicidad es algo bien distinto. Viene del latín simplex y se compone del sustantivo “pliego” y del prefijo “sin”. La persona simple es la persona sin pliego, sin doblez, frente al dúplex, que es la persona con pliego, con doblez, que no va de frente. La simplicidad realmente es una de las grandes cualidades que se pueden tener y se aproxima a la sabiduría. Es la capacidad de ir a la esencia de las cosas, jerarquizar lo que realmente es importante. La simplicidad es el hombre recto, transparente, que se muestra tal y como es. Es la persona clara en sus exposiciones, en la que uno sabe a qué atenerse.
La simplicidad es una escala de valores nítida y definida, donde se desecha la paja y se centra uno en el grano. En la simplicidad no entra la pose, el fingimiento, el engaño o la manipulación. La simplicidad presupone el respeto por el otro, el vivir de dentro hacia fuera, de basarse en el valor de los principios más que en el valor del cálculo premeditado.
Realmente fue San Isidro un hombre simple, de ahí su grandeza. Pasó haciendo el bien sin sobreactuaciones, con compromiso y firmeza. Haciendo de la austeridad, el amor y el trabajo las banderas de su vida, junto a su profunda fe en Dios, auténtica fuente de su actuar. Decía Raimundo Lulio en el Libro del amigo y del amado: “aprended simplicidad, para que de las tinieblas paséis a la luz infinita” o, si se quiere, de manera más rotunda afirmaba Séneca en sus Epístolas: “el lenguaje de la verdad es simple”. Este es uno de los grandes mensajes hoy de San Isidro, la simplicidad, recuperar el camino recto, que las ramas nos dejen ver el bosque, perseverar a través del trabajo honesto y no perderse en lo accidental. También lo decía Bertrand Russell, lo esencial, lo importante de la vida, es muy simple.
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Catedrático de Derecho de la URJC
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