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El ocaso de los perroflautas

jueves 17 de mayo de 2012, 21:54h
Hace ahora un año, la Puerta del Sol estaba tomada. No se trataba de hooligans ni de turistas japoneses, sino de un nutrido y heterogéneo grupo de personas descontentas; un puñado de ellas, al menos. Todo comenzó unos días antes de las elecciones municipales y autonómicas previstas para el 15 de marzo de 2011. La situación económica llevaba mal bastante tiempo, y se vaticinaban un descalabro socialista y una victoria popular, como así fue. Este último factor es clave para entender el fenómeno de los indignantes: una exigua minoría se posicionaba en defensa de ideas y causas nobles, mientras el resto, votantes de izquierda resentidos y desencantados porque veían lo que se les venía encima, se resistían a enfrentarse a una realidad que en parte ellos mismos habían creado.

Entendámonos bien: un parado de larga duración, un jubilado o un mileurista bastante tienen con lo que tienen. Pero cuando en 2004 José Luis Rodríguez Zapatero eliminó el techo de gasto y convirtió al estado de las autonomías en una suerte de 17 puticlubs con barra libre a costa del erario público, a muchos les hizo gracia el tema. Fueron casi 8 años de despilfarro económico y asunción de competencias por parte de las administraciones periféricas en detrimento de un Estado cada vez más laminado. Durante todo ese tiempo, los sindicatos ni estuvieron ni se les esperaba. Pero de pronto, allá por mayo de 2011, vieron que la mamandurria empezaba a peligrar, y se pusieron manos a la obra en defensa de sus intereses. Los suyos, los de los liberados, que no los de los trabajadores.

En esas estábamos cuando el Tribunal Supremo, el Tribunal Constitucional y la Junta Electoral Central ordenaron que se desalojase Sol, Plaza Cataluña y demás campings improvisados. El Gobierno del que Rubalcaba formaba parte entonces no quiso, pasándose por el forro la decisión soberana de los órganos competentes. Le venían bien, simpatizaba con ellos -al igual que muchos de sus compañeros de partido- porque sabía que, en el fondo, eran “de los suyos”. Y de repente, aquellos “suyos” se apropiaron de lo que era de todos. Si Rubalcaba no obedecía a los jueces, pues ellos tampoco. Cortes de tráfico, destrozos en la vía pública, ocupación de lugares en los que sólo ellos podían estar…y ay del que se atreviese a llevarles la contraria.

Este pasado fin de semana celebraban su aniversario. El sábado por la noche pudo verse a muchos de ellos por el centro de Madrid. Porque sí, realmente eran muchos. Los mismos que se quedaron toda la noche de farra por un barrio que degradaron notablemente el año pasado por estas fechas, y a muchos de cuyos establecimientos le produjeron un perjuicio considerable. Eso por no hablar de la imagen dada tanto en Sol como en la toma de posesión de los diputados autonómicos catalanes; todo un ejercicio de valores democráticos. Esta vez, las autoridades sí hicieron cumplir la ley y la Policía llevó a cabo su trabajo sin mayores incidencias.

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