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Atenas frente al espejismo de Hollande

viernes 18 de mayo de 2012, 02:29h
No solamente la clase política, sino también gran parte del electorado griego han dado este último año un nada modélico ejemplo de falta de responsabilidad. Cuando comenzaron en Grecia las convulsas protestas callejeras, no pocas voces demagógicas se alzaron en nuestro país para afirmar su carácter positivo, pues representaban una hipotética salida “social” de la crisis. Unos meses han bastado para que la realidad barra esa peligrosa entelequia. No se trata de dirimir entre dos ideologías para escapar de la bancarrota, porque las cifras no entienden de ideología y hacerse trampas a uno mismo en las cuentas de la propia economía solo tiene un desenlace: el de la ruina.

Cuando se ha caído en un error colectivo de ese cariz, únicamente cabe salvarse volviendo a poner los pies en la tierra de la realidad, salir del autoengaño y asumir la responsabilidad de la dura rectificación, porque, por muy amargo que sea el trance, es el exclusivo camino que puede sacarnos del pozo, vertical y durísimamente hacia arriba, en vez de quedarse chapoteando en la ciénaga del fondo. Los resultados de las últimas elecciones griegas indican a las claras que la sociedad helena no ha sabido realizar esa lectura que dicta el más elemental sentido común. Buena parte del electorado ha preferido echar las culpas al otro, al extranjero, al enemigo exterior, ya sea el capital, Alemania o Bruselas, en una pueril negativa a examinarse a sí mismo y ver su cuerpo social. Parecería que las deudas que han contraído despilfarrando y gastando lo que no producen han venido obligadas por sus acreedores. Así, han obtenido actas parlamentarias grupos antisistema, fuerzas neonazis y partidos de ultraizquierda que sólo tienen en común los discursos más extravagantemente demagógicos que se resumen en rehusar hacer frente a las deudas que uno ha contraído.

Como consecuencia, se han formado un Parlamento inmanejable, y la falta del más mínimo acuerdo ha obligado a elegir de nuevo un circunstancial primer ministro puramente tecnócrata, Panagiotis Pikramenos, que acaba de nombrar un Gobierno paralizado desde su mismo nacimiento, del cual únicamente se puede esperar que organice unas nuevas elecciones a mediados de junio, mientras el barco se hunde.

¿Qué se puede suponer de esa reiterada convocatoria electoral? Todos nos alegraríamos de que el inminente desplome y devastación del país sacuda la conciencia de los votantes y les ayude a volver a la realidad. La histeria de los últimos días indica, sin embargo, todo lo contrario, con el peligro mortal de repetir –aumentados- los despropósitos del anterior sufragio. La victoria de François Hollande en las presidenciales francesas puede convertirse en un espejismo más que incline la balanza en esa dirección catastrófica, que saque a Grecia del euro y se quede en la mayor miseria.

En su campaña frente a Sarkozy, se ha creado la fantasmagoría de un Hollande enfrentado a las directrices de Alemania y del Banco Central Europeo, capaz de torcer la política de ajustes emprendida en toda Europa. Eso puede inducir a numerosos ciudadanos griegos – y a amplias capas sociales europeas- a creer que se relajarán los ajustes y se olvidarán gran parte de los recortes por hacer. En realidad, creer en esa propaganda es esconder la cabeza como el avestruz, algo que también debería tenerse en cuenta en España, donde han prendido especulaciones similares.

Una cosa es la campaña electoral y otra asumir las responsabilidades del Eliseo. Basta con recordar que Hollande se apresuró a ir a Berlín para entrevistarse con la señora Merkel y observar ahora los nombramientos del nuevo presidente francés para constatar sus compromisos. Muy significativamente, su recién nombrado primer ministro, Jean-Marc Ayrault, es un reconocido germanista. Hollande pone buen cuidado en no romper el eje francoalemán, y si solicita proyectar un plan de reactivación económica nunca será a costa de alterar los ajustes de los presupuestos. No claramente para Grecia, con la gran deuda financiera que tiene contraída con Francia que no proseguirá en este camino sin habilitar medidas creíbles de que le será devuelta. En otro plano, lo mismo cabe esperar con España, tras designar como ministro del Interior a Manuel Valls, hijo de un emigrante español, lo que indica una línea de continuidad en todos los ámbitos. La flexibilidad del socialismo de Hollande parece que le permitirá asociarse sin grandes problemas con los Ejecutivos de centro-derecha de su entorno.

Grecia haría bien en no utilizar el espejismo electoralista de François Hollande como pretexto para no salir de su autoengaño. En España, deberíamos tomar buena nota de esta dinámica europea y solucionar con realismo y firmeza los problemas que nosotros mismos nos hemos creado.
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