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feria san isidro

Sebastián Castella triunfa en Las Ventas tras cortar una oreja herido

viernes 18 de mayo de 2012, 02:52h
De Castella hay que ponderar su emocionante actitud de permanecer en el ruedo estando herido a la altura de la ingle, por donde sangraba. No se sabía el alcance de la cornada y eso condicionó al tendido a la hora de pedir la oreja que finalmente paseó.

El toro, encastado. Al quedar Castella descubierto por el viento en el primer cite con la muleta, se lo llevó por delante. Topetazo y cornada.

Castella siguió, con pases de poco poso mientras el animal se queda cada vez más corto, hasta que surgió una tanda a derechas de mucho relajo y hondura. El amor propio dio resultado.

La figura muy encajada, el movimiento de la muleta se hizo una suave brisa para acariciar la embestida, ahora más ahormada. El toro, definitivamente dominado. Y Castella se sintió muy seguro, muy a gusto, en las cercanías. Pero con el animal cada vez más parado la faena entró otra vez en la cuesta abajo. La oreja que le dieron tiene mucho que ver con la sangre en la taleguilla.

Meritorio el trasteo al cuarto, sin haber ido todavía a los médicos. El toro, correoso, no dio facilidades, y Castella, que intentó cortarle el viaje para meterse en las cercanías, no terminó de encontrarle la medida.

El primero de Manzanares tuvo un pitón derecho muy potable y hubo un par de series por ahí que encandilaron, por limpieza y temple. Sin embargo, faltó ajuste, y tampoco hubo continuidad. En el quinto anduvo perfilero, otra vez fuera del toro, dejando abierta "la ventana" por donde se le llegó a colar varias veces. La plaza estuvo mucho con él, pero "el 7", el tendido critico de la plaza, se lo censuró.

Talavante hizo lo más destacado, aunque el eco no fue tanto. Le faltó toro para que su primera faena se instalara en el triunfo como hubiera correspondido a la gracia alada del toreo fundamental, en trazo inmaculado y curvilíneo, y en sucesión de pases perfectamente hilvanados. Faltó también la rúbrica de la espada.

En el sexto toreó de maravilla con el capote a la verónica y en un quite por delantales y chicuelinas. Primoroso principio de faena con dos estatuarios, ligados al de pecho, uno de la firma y el remate con una trinchera, todo sin enmendarse.

Parecía que iba a ser por fin, pero el toro empezó a quedarse cada vez más corto y faltó limpieza. Eso si, se arrimó una barbaridad. Valiente, muy encima. Incluso las manoletinas, escalofriantes. Otra vez con la espada, todo al traste.