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TRIBUNA

El incordio griego

miércoles 23 de mayo de 2012, 08:29h
Puede tener algo de injusto, sin duda, culpar a Grecia de todos los males europeos y convertirla en el chivo expiatorio que hay que abatir, pero lo cierto es que, en los más de treinta años que el país heleno lleva formando parte de la Europa unida, ha dado a sus socios incontables quebraderos de cabeza y pocas, si alguna, satisfacciones. La entrada de Grecia en la Comunidad Económica Europea, en 1981, cuando dudosamente estaba preparada para asumir los compromisos que implicaba tal paso, se hizo, en buena medida para retrasar el ingreso de España, que había sido solicitado por Marcelino Oreja, ministro de Asuntos Exteriores, en julio de 1977, un mes después de las primeras elecciones democráticas, que certificaban que nuestro país cumplía todos los requisitos para formar parte del entonces exclusivo club europeo. Aquel año terminó, precisamente, el mandato presidencial de Giscard d’Estaing, pero durante todo el proceso negociador hizo lo que pudo y un poco más para impedir o, al menos, retrasar el ingreso de España, cuya producción agrícola ponía de los nervios a los agricultores franceses, clientes electorales del presidente francés.

Por cierto, que sus electoralistas maniobras retardatarias no impidieron que fuera derrotado por Mitterrand en las elecciones presidenciales de aquel mismo año. Él se marchó, pero los agricultores franceses se quedaron y se dedicaron con entusiasmo al fraterno deporte de volcar e incendiar los camiones españoles que transportaban frutas y verduras. “Giscard se portó muy mal con España”, dijo, algún tiempo después, el siempre diplomático Oreja en un incontenible acceso de sinceridad. Y es que si no llega a ser porque el canciller alemán, el socialdemócrata Helmuth Schimdt, dio un puñetazo en la mesa, nuestros negociadores se habrían eternizado en los antedespachos de Bruselas. Grecia, mucho menos preparada que España, se instaló en lo que desde Maastricht se llamó Unión Europea y se hizo notar desde el primer momento por las cuentas que enviaba a las instituciones europeas, que convertían a las famosas del Gran Capitán en un prodigio de austeridad y ahorro. He visto a funcionarios europeos llevarse las manos a la cabeza cuando a Grecia le correspondía la presidencia semestral, porque se temían lo peor.

A pesar de todo, Grecia en la UE era algo asimilable y no son pocos los que piensan que después han venido otros socios con tan pocas e incluso menos cualificaciones que las de los helenos en 1981. “Otro vendrá que bueno me hará”, podrían decir desde Atenas. Pero lo que ya resultó absolutamente increíble e incluso suicida -para una UE que avanzaba por un camino tan plagado de dificultades- fue incluir a Grecia en la zona euro, aceptando que compartiera la moneda única. Si se consultan las hemerotecas de aquel momento (septiembre de 2002) se puede comprobar que la inmensa mayoría de los expertos no podían entender una decisión que ponía la modesta economía helena y sus poco recomendables precedentes, al mismo nivel, por ejemplo, que la alemana. Llovía sobre mojado porque ya se sabía que al euro no le iban a faltar problemas porque no era demasiado concebible una unión monetaria sin una simultánea unión económica. Algunos, incluso, ya habíamos avanzado algo de ese tipo cuando se aprobó el tratado de Maastricht en 1992. Sin una gobernanza fiscal y financiera común, se podía temer que algún país menos escrupuloso usara el euro como la capa del refrán con la que se fabrica un sayo. Con países como Grecia dentro de la eurozona era el más difícil todavía.

Se dijo entonces que no había nada que temer porque los criterios de convergencia no eran solo requisitos par entrar en el euro, ya que su vigencia sería permanente. Para eso estaba el Pacto de Estabilidad y Crecimiento que garantizaba la seriedad y el rigor de cuantos compartían el euro. Nuestra fe, sin embargo sufrió un duro golpe cuando los dos países más importantes de la UE, Francia y Alemania, el indispensable eje europeo, incumplieron ese Pacto…y no pasó nada. ¿Quién iba a atreverse a proponer sanciones contra los dos gigantes? Pero el mensaje que se envió ha tenido gravísimas consecuencias, pues se hizo creer a los más desaprensivos que todo el monte era orégano y que ese tipo de pactos se firman, pero no obligan, no hay por qué cumplirlos. Y aquí vimos cómo nada más llegar al Gobierno, Zapatero derogó los preceptos que le molestaban de la ley española de estabilidad para quedarse con las manos libres para despilfarrar cuanto le viniera en gana. Y así hemos llegado adonde estamos.

A estas alturas de esta película de terror, da la impresión de que nadie sabe muy bien qué hacer con Grecia ni como se puede arreglar un problema que adquiere especiales caracteres de gravedad después de que los griegos han mostrado una cierta esquizofrenia política en las elecciones del pasado día 6 de mayo. No solo, desde luego, por esos millones de votos “tirados” en beneficio de los partidos más radicales, de izquierda y de derecha, que nadie en su sano juicio puede pensar que están en condiciones de encontrar y aplicar una solución. Solo pensar que ese joven y audaz ingeniero, Tsipras, que dirige la coalición de la izquierda radical, Syriza, pueda llegar al poder, produce escalofríos. No hay más que leer sus declaraciones. Pero esquizofrenia es también que, según los sondeos, una enorme mayoría de griegos quiere seguir en el euro pero rechaza los sacrificios que esa permanencia impone. Por la otra parte hay quien les engaña pintándoles un panorama casi idílico si abandonan el euro y recuperan el dracma. Un engaño del mismo calibre que el de los despistados (pocos, por fortuna) que por aquí predican una vuelta a la peseta. Se iban a enterar unos y otros de lo que es miseria volviendo a las viejas monedas, que serían basura en este mundo globalizado: estos recortes de los que ahora tanto se quejan les parecerían pellizcos de monja.

En Bruselas —y parece que también en Francfort, como en Berlín y París- reina una cierta confusión ante esa patata caliente del “¿qué hacemos con Grecia?”. Oficialmente nadie quiere ni oír hablar de una hipotética salida de Grecia del euro, primero porque es feo expulsar a un consocio y, además, porque nadie sabe a ciencia cierta qué puede pasar en una Grecia “deseurizada”, ya que las consecuencias podrían ser “dracmáticas”, pero, sobre todo, porque nadie es capaz de prever qué puede pasar en la zona euro y en el conjunto de la UE. El temor al contagio y al efecto dominó está muy extendido y los primeros en la lista son alemanes y franceses, prestamistas destacados de los griegos. Según parece en los pasillos bruselenses se ha puesto de moda la palabra Grexit, que no es un término cabalístico sino el acrónimo de Greece exit, esto “la salida de Grecia”. Con toda ingenuidad el comisario de comercio, de Gucht, dijo el pasado viernes, en una entrevista periodística, que tanto en la Comisión Europa como en el BCE hay servicios estudiando “escenarios de emergencia” ante una posible salida de Grecia. Como un rayo, el vicepresidente y comisario de economía, el indispensable Olli Rehn, advirtió desde Londres que nada de emergencias, dejando a su colega por mentiroso.

Pero otras autorizadas voces evocan, con insistencia, esa posibilidad de la salida helena y, más cautamente, otros se limitan a recordar lo que la canciller Merkel ha dicho en más de una ocasión: “El destino de Grecia está en sus propias manos”. Eso del destino nos retrotrae a las clásicas tragedias griegas y nos lleva a pensar que sería preferible que los dioses del Olimpo asumieran el protagonismo en Grecia, en vez de dejarlo en manos de los electores y de los elegidos. El resultado nulo de las elecciones del 6 de mayo nos obliga a otro mes de espera, durante el cual puede pasar de todo. Y son más probables las malas que las buenas noticias. Ojalá sirva este lapso de tiempo para que los griegos se den cuenta de que, después de los días de vino y rosas, ha llegado, inevitablemente, el momento de apretarse, todavía un poco más, el cinturón. Es el destino, la Moira de Homero, a cuyo influjo no podían escapar ni los dioses ni los hombres. Lo deseable, ahora, es que los griegos sean razonables y que no se dejen seducir por los falsos profetas.
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