Una lápida en el cementerio de Arlington
miércoles 23 de mayo de 2012, 20:17h
La información se conocía en el Festival de Cine de Cannes: antes de que acabe el año asistiremos al estreno del remake de El Gran Gatsby, con Leonardo DiCaprio en el papel que en su momento interpretase Robert Redford. Tiene el listón muy alto, al igual que la banda sonora, de la que se espera mucho. Y no es para menos. Se mezclarán nombres como los de Cole Porter o Glenn Miller pues la obra en cuestión, la mejor de Scott Fitzgerald, está ambientada en plena era del jazz de la literatura estadounidense.
Sin embargo, hay un curioso nexo común a los tres: París. Lo plasma a la perfección el memo de Woody Allen en su magnífica -tan es así que no parece una película suya- Midnight in Paris. Allí, personajes como los propios Porter o Fitzgerald son retratados en la cúspide del glamour con otros del estilo de Ernest Hemingway o Juan Belmonte, cuando en realidad ninguno de ellos acabó bien. En vida, su enorme talento fue parejo con una popularidad bajo la cual no todo era color de rosa; salvo, quizá, el caso del Glenn Miller.
Es curioso, porque al autor de In the Mood se le ha vinculado en más de una ocasión con la capital francesa, aunque nunca llegó a poner un pie en ella. De hecho, su pista se pierde el 15 de diciembre de 1944, en un aeródromo de las afueras de Londres. Desde allí debía despegar con dirección a París, donde iniciaría una gira de 6 semanas. Nunca aterrizó y sus restos jamás se ecnotraron. Lo más probable es que su avión fuese derribado sobre el Canal de La Mancha, si bien hay quien sostiene que su final fue bastante más “mundano”, yendo a morir de mala manera en un burdel parisino.
La fortuna que siempre pareció sonreír a Glenn Miller no hizo lo propio con Cole Porter y Scott Fitzgerald. El primero vivió siempre angustiado, tanto por unos dolores terribles en las piernas como por una homosexualidad muy mal vista en aquella época. El segundo quiso verse a sí mismo en El Gran Gatsby: un excéntrico millonario que no acaba de ser aceptado en la sociedad y que únicamente persigue reencontrarse con su verdadero amor. En el caso de Fitzgerald, se trataba de Zelda, la mujer de la que siempre estuvo enamorado. Los problemas depresivos de ella y el costoso tren de vida que les gustaba llevar -y que no se podían permitir- hicieron mella en la obra del autor, en la que rezuma siempre una cierta melancolía.
Al menos descansan en paz. En cambio, la tumba de Glenn Miller está vacía. Se encuentra en el Cementerio Nacional de Arlington, en Virginia, donde reposan los caídos en todas las guerras que desde la de Independencia ha librado Estados Unidos. Glenn Miller tenía el rango de mayor del ejército de tierra cuando su avión desapareció; por eso tiene un lugar en Arlington. Y no está solo. Más de una vez puede verse frente a su lápida una copa de dry Martini, el cóctel estrella del Casino de Glen Island en New Rochelle -Nueva York-, donde su talento musical empezó a ser conocido. Quizá quien la dejó ahí quiso rendir un sentido homenaje a alguien capaz de componer Moonligth Serenade e interpretarla junto al gran Benny Goodman. Toda una delicia.
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Abogado
ANTONIO HUALDE es abogado e investigador de la Fundación Ortega y Gasset
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