RESEÑA
Andrés Trapiello: Segunda oscuridad
domingo 27 de mayo de 2012, 15:13h
Andrés Trapiello: Segunda oscuridad. Pre-Textos. Valencia, 2012. 94 páginas. 12 €
Oficio de escritor con lecturas bien prendidas. Narrativo en la descripción. Objeto y entorno con parco, de consabido, argumento clásico -fugacidad del tiempo-, neorromántico -efluvio de las ruinas-, simbólico -contexto ilativo de la escena-, impresionista y fenomenológico -apresentación sensórea-, con sesgos de fábula y, en aspectos, populista: la amapola, corazón de los campos.
Andrés Trapiello recrea la literatura con pinceladas de Homero, Horacio, Virgilio y, en gran salto, la vena lírica de Antonio Machado. Desde Troya y Aquiles a “El Pago de San Clemente” (Trujillo, Cáceres), de Tonkín a Lascaux y Agrigento (Nostalgia de un pasado remoto), pues espacio, tiempo, coinciden desde sus puntos cardinales. La aurora sigue amaneciendo “con las yemas / rosadas de sus dedos”; “La misma noche reina en El Pago que en Troya”, ahí es nada, y son iguales, antes como ahora, aunque no los mismos, el heno, los cardos del monte o llanura, “y un rebaño de estrellas en lo oscuro / con tañidos de plata”.
Técnicamente, déjà vu, algo ya leído y, sin embargo, sobre los tópicos, una dicción clara, armónica, tanto en verso corto de cancioncilla como, los más, largos, endecasílabos, alejandrinos, moteados heptasílabos y fluencia periódica en torno a una imagen central que busca una metáfora que salve las “cosas humildes”, la casa, el desván de niñez, el cierzo, un jilguero, hormiga, abejorro…, flores, insectos, memoria de lo ya ido en lo presente, estampas de amanecida, mediodía, atardeciendo (El Retiro un día de diario), nocturnas punzadas de brillo.
Y como en toda escritura de tal tipo, socialmente correcta, aciertos. Lo mejor, el efecto barroco de construcción poética con cierre temático. El poema descansa de pie y, finalizado, serpentea en ocasiones hacia el comienzo con efectos de columna entorchada. Busca un contrapunto de emoción vivida, el correlato objetivo de Thomas S. Eliot. Así casi todos los títulos u objetos temáticos de los poemas, que alcanzan al mismo poeta: “Andrés, escribe: Andrés, mota de polvo”, pasando antes, en eco reconocible, por “el olmo / vetusto de la vida”.
Interpola una imagen intimando el objeto con la emoción asociada: la rosa con el corazón, la fragancia (cualidad) con, amalgamada, la vida y la muerte. Y entonces, en instante preciso, inyecta el deseo emergente. Debilita, no obstante, el efecto de concentración al explicarlo: “Que duréis tres mil años en el vaso, / que sea vuestra muerte / una forma de vida, / igual que la que tienen las pirámides” (A unas rosas secas). El primer hemistiquio del último verso pudiera sensibilizar los pasos y escalones, el ascenso y descenso de la fluencia. Una forma homóloga (“que”) en dos funciones sintácticas diferentes, conjunción y relativo, que, con todo, no despliegan el tiempo acumulado. Lo prosifican. Las rosas tal vez valieran, con la imagen fónica, oclusiva y métrica -bisílabo, monosílabos, bisíbalo-, que el poeta quiere crear, como prosa contrapuntística, pero el signo “igual” desluce el artilugio. Pruébese a describir los puntos del tiempo así encallecido y quizás la “forma de vida”, objeto del poema, se mueva, como el jarrón chino de Eliot, continuamente quieta.
El punto orgánico del libro, las “lilas de abril, lilas fuera del tiempo”, el instante que funde las sensaciones y la emoción evocada en el punto de fuga, anímico, que las concentra sintiéndolas “siendo iguales”. La fenomenología conoce bien este sentimiento de presente suspendido sobre el tiempo y dado en ciertas intuiciones o vivencias, de dicha, el coito (El despertar), o del poema. Una cosa es, sin embargo, la llamada y encuentro con los dioses, y otra, adosarlos cuando nos rozan (Los dos cielos).
Por Antonio Domínguez Rey