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TRIBUNA

[i]Juntos por España[/i]

miércoles 30 de mayo de 2012, 08:49h
La gran coalición ha sido la respuesta que algunas democracias han dado a graves problemas de estabilidad sistémica, o de Estado, de sus regímenes democráticos. Todo comenzó en la República de Weimar germana en 1923 y entre 1926-1930, cuya estabilidad democrática, ante la amenaza nazi, transcendía el marco institucional de la propia Alemania para afectarnos globalmente, como la historia nos ha demostrado. La Grosse Koalition entre los mayores partidos del sistema fue su respuesta. Sin embargo, esta fórmula de los llamados “gobiernos nacionales” ya había sido ensayada en el Reino Unido durante la I Guerra Mundial y antes y durante la II. También los dos grandes partidos del centro-izquierda y del centro-derecha han venido coaligándose en Austria, aunque no siempre, en una suerte de cordón sanitario contra el riesgo de fragmentación centrífuga de los extremismos de derecha e izquierda y, por tanto, de ingobernabilidad democrática. La fragmentación, las tensiones centrífugas de tipo religioso y la inestabilidad gubernamental han sido razones para grandes coaliciones de este mismo tipo, también, en Israel. Las circunstancias históricas y sistémicas son, por tanto, muy distintas, como lo son las culturas políticas de élites partidistas y ciudadanos.

Todos los ejemplos históricos de gobiernos de “unidad nacional” tienen en común algún tipo de “amenaza” para la cohesión o la integridad nacional o la simple estabilidad democrática y cuya respuesta es la búsqueda de la restauración o mejora de graves problemas de gobernanza democrática y no de una simple estabilidad gubernamental. Esta gobernanza democrática debe de entenderse como la forma de encauzar ineficiencias de rendimiento institucional, si no graves fracturas del sistema político, mediante el mejor encaje institucional (sea de los poderes institucionales del Estado, sea de los distintos niveles de gobierno en sistemas multinivel), de éste con los agentes sociales y económicos, que garantice la cohesión social, con un funcionamiento eficiente del mercado para generar riqueza y desarrollo económico y con la implicación de la pluralidad organizada de la sociedad civil, que mejore el capital social la participación ciudadana. Todo ello, por tanto, busca garantizar un rendimiento institucional, base de la legitimidad sistémica, que mejore la eficacia, la calidad y la buena orientación de la intervención del Estado, de la que los gobiernos y sistemas partidistas son solo una pieza más.

Sin duda alguna, de todos los ejemplos y casos citados (a los que podríamos añadir, en cierto modo, los resultados de los períodos de cohabitación política del sistema semipresidencial francés), el que más nos interesa es el alemán por ser el más cercano en su estructura de la competición partidista y en su formato institucional descentralizado. La RFA vivió dos momentos de gran coalición: el período 1966-1969 (Kiesinger/ Brandt) y el más reciente entre 2005 y 2009 (Merkel/Müntefering) y detrás siempre la “razón de Estado”, a pesar de que hubiese otras fórmulas de coalición alternativas para dotarse de un gobierno, siempre más inestable y menos eficaz para atajar en profundidad los problemas del país. Ambos periodos fueron de relanzamiento productivo y de la cohesión social y de importantes reformas institucionales (sobre todo, la electoral en el primero y, del sistema federal en el segundo). En éste último caso, el acuerdo lleva como encabezamiento “juntos por Alemania” y trataba de hacer frente, ya en 2005, al grave deterioro de las finanzas públicas, que hacían insostenible el Estado de Bienestar y lastraban el crecimiento económico el país con serias consecuencias sociales (paro y exclusión social) y políticas (fragmentación y centrifugación partidista), sobre todo, en los länder menos desarrollados de la antigua Alemania oriental. El programa de esta gran coalición y los resultados están al alcance de cualquiera y siete años después Alemania está donde está gracias a la responsabilidad de sus élites políticas.

Vistos estos ejemplos y la propia experiencia española de los grandes acuerdos nacionales propios de nuestra política de consenso fundacional, es inevitable demandar un “Juntos por España”. Es evidente que nosotros, por el momento, no tenemos un problema de estabilidad gubernamental, pero si de gobernanza para afrontar una situación institucional y económica, inmensamente, más crítica que la de la Alemania de 2005. Aunque no necesitemos un gobierno de gran coalición, es obligado apelar a la responsabilidad, la generosidad, la altura de miras y el sentido de Estado de nuestras élites partidistas, particularmente de socialistas y populares, para hacer una “política de gran coalición”, que es la única capaz de evitar una catástrofe económica y política, cada día más evidente.
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