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TRIBUNA

El problema es que la democracia no está mejor que la economía

martes 05 de junio de 2012, 10:22h
Un amigo extranjero me dice que por las calles de ciudades españolas ahora no ve la alegría de antaño. Las miradas son de gentes asustadas; según mi amigo, detecta bastante irritación, y se pregunta: ¿llegarán a actitudes sociales más desesperadas?

Esta semana he vivido en un ¡ay!, como otros muchos españolitos. Nos damos cuenta que los datos económicos no pueden ser peores. Entendemos su significado: angustiados con la prima de riesgo a más de 500 puntos, como si nos dijesen que España ha registrado 9 en la escala Richter. Sabemos que en los dos casos estamos ante un terremoto (¡Bueno, el terremoto terrestre es una licencia metafórica mía, pero el económico es desgraciadamente posible!)

Comprendemos los signos económicos. Tenemos la impresión que los responsables de la política económica no saben mucho más que nosotros. Nos aseguraron que ese Banco -de cuyo nombre no quiero acordarme (fue en tiempos cercanos una caja de ahorros centenaria y se fusionó con otras para convertirse en un banco para salir a bolsa)- sería una entidad solvente y una inversión prometedora. No han pasado unos días de aquellas frases autorizadas, y comprobamos que se equivocaron: sus acciones se están hundiendo y las deudas del banco -en el mismo tiempo- han pasado de 9 a 24 mil millones de euros. ¿A que usted no se equivocaba tanto en la escuela haciendo operaciones?

El ciudadano, que ha mejorado su autoestima al saber (al menos) tanta economía como un ministro (el mejor de la democracia según advirtieron el día de su dimisión), no comparte que el Congreso de los Diputados (que está formado por los mismos personajes que hace unos meses eligió) no quiera conocer la opinión de personas que deben saber lo que los demás ignoramos: ¿por qué ese banco está como está?

El ciudadano que ha mejorado su autoestima no acierta a comprender por qué los responsables de un banco (J. P. Morgan), con piruetas financieras parecidas, en Estados Unidos tuvieron que cantar en su parlamento la gallina de su incompetencia y de su irresponsable avaricia, y aquí no se ha tenido a bien que comparezcan en nuestras Cámaras parlamentarias. El ciudadano con su autoestima mejorada cree a priori que los banqueros españoles, al menos los banqueros aficionados que antes fueron ministros de economía, no son tan perversos como los americanos.

¿Por qué entonces los diputados y senadores españoles se niegan a saber lo que ha sucedido con ese banco? ¿Se oponen a saber un poco más economía que sus compatriotas? ¡La suya es la prueba de que no quieren estar por encima de sus representados! Llegan rumores de que se intenta llevar al Gobernador del Banco de España a una “subcomisión” donde las comparecencias son siempre a puerta cerrada. Esa subcomisión se llama “FROB”: ese acróstico misterioso quizá explique por qué se convoca con las puertas de esa manera. Dicen que para cuidar la concentración de sus miembros. Pero el ciudadano con autoestima mejorada sabe que “FROB” significa: ¡Fondo de Reestructuración Ordenada Bancaria! Y entonces tiene otra revelación: tampoco los miembros de esa “subcomisión” deben saber mucho más que el ciudadano con autoestima mejorada.

Ese ciudadano quiere escuchar al Gobernador del Banco de España en una Comisión parlamentaria, es decir, en una con las puertas abiertas. Ese ciudadano aspira a lo mismo que un ciudadano norteamericano o inglés (ha visto a Rupert Murdoch explicándose en una comisión del parlamento británico): que le expliquen con palabras normales los grandes problemas económicos. ¿O es que en democracia no se puede entender de todo? Al ciudadano le revientan que le suelten palabras incomprensibles, con intimidantes nombres como “FROB” y otros parecidos, pronunciados como si fuesen misterios sectarios en comisiones secretas donde entran algunos elegidos, más por su conocida fe partidaria, que por su acreditada competencia. El ciudadano tiene su autoestima perfecta desde que adivinó, antes que lo dijesen los especialistas políticos, que era imposible que el agujero del banco no costaría dinero público; después, que sería muchísimo más caro y, finalmente, que su costo no podría ser a cargo de títulos de la deuda, sino pagado en euros contantes y sonantes. El ciudadano tiene su autoestima a tope desde que perdió la fe en supersticiones como que la economía pública se regía por leyes distintas que la privada; él sabía que para pagar deudas, lo mejor es que alguien encuentre empleo.

Ese ciudadano soberano (comprende a las ciudadanas) quiere conocer si sus recientemente votados diputados y senadores son capaces de plantearle al gobernador del Banco de España, a los ministros de Economía actual y pasados, a los presidentes del banco de nuestras aflicciones, y a cuantos jefes políticos habidos en esta historia de fábulas, repito, son capaces de plantearles a todos esos las preguntas sencillas que a cualquier persona inteligente se le ocurre: ¿Se equivocaron tanto o mintieron lo suficiente para esquivar sus responsabilidades?

Me dirijo sólo a una persona: al portavoz de la mayoría parlamentaria: por favor, señor diputado, no diga que pedir esas comparecencias es politizar la situación. ¡Eso mismo les decía Franco a sus súbditos cuando quisieron conocer el escándalo de Matesa! ¡A pesar del Caudillo, sus Cortes crearon una comisión para estudiar aquel (parecido) pufo empresarial!
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