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Secretos vaticanos

José María Herrera
sábado 09 de junio de 2012, 22:01h
La corte papal ya no es lo que era. Ninguna corte lo es. Aunque la etiqueta vaticana da todavía muchos quebraderos de cabeza a los diplomáticos –la imagen de un Fugger besando el anillo del santo padre en bermudas resulta absolutamente inimaginable-, sus pompas, salvo en las grandes ocasiones litúrgicas, poco tienen que ver con la fastuosidad barroca o renacentista. Fue Pablo VI quien cortó de raíz aquel boato de antaño tan contrario a la modestia evangélica. De entonces a acá, el ceremonial han tendido a simplificarse, igual que el número de personas dedicadas al servicio del Pontífice, reducido hasta el punto de constituir una pequeña familia, la “familia pontificia”.

Antiguamente, el jefe de la corte papal era el mayordomo de su Santidad, responsable tanto de mantener en orden el palacio apostólico como de dirimir los conflictos jurídicos que afectaban a sus habitantes. Hoy es simplemente un hombre de confianza, alguien que tiene acceso a los aposentos privados de un jefe de Estado constitucionalmente célibe y, por tanto, a muchos de sus secretos. Los Papas han debido escoger muy bien a sus mayordomos porque las historias del Vaticano, por lo general llenas de tropelías y desafueros, apenas hablan de ellos. Quizá el mayordomo papal más célebre en dos mil años sea el último, Paolo Gabriele, detenido recientemente por filtrar documentos confidenciales que empañan el ya deslucido prestigio de la institución.

La Iglesia, como la monarquía, la judicatura, la política, las organizaciones sindicales, la banca o la universidad, viene sufriendo últimamente una dura campaña de descrédito. Si todo fuera apariencia –tontería nietzscheana que ha hecho las delicias de los concejales de cultura y los promotores inmobiliarios- podría decirse que estamos presenciando la caída del Imperio Romano. Todo se desmorona. Ningún organismo público suscita confianza. Cualquier día nos pasará lo que a Prisco, quien conoció en la corte de Atila a un indignado que había renunciado a la ciudadanía de Roma harto de tasas abrumadoras, leyes arbitrarias y magistrados ineptos. Aunque el desafecto a la Iglesia crece sin parar, la causa de su descrédito no es, sin embargo, la simonía y el nepotismo, costumbres arraigadas con las que estamos familiarizados desde hace mucho y que en ciertos sectores se disculpan fácilmente (recuerden Valencia y Andalucía). Del mismo modo que ahora nos almorzamos muy a gusto un lomito de atún pescado en aguas de Somalia, esas mismas aguas donde nuestra flota protege el derecho de los armadores vascos a esquilmar los caladeros de un pueblo sin Estado, la curia devoraba sus diezmos totalmente ajena a las paradojas de su estilo de vida. Si en algún momento torvos reformistas aguaban la fiesta con una pizca de mala conciencia, se apelaba a Judas, el apóstol que traicionó a Cristo, y asunto cerrado. Mucho más difíciles de absolver son, en cambio, los pecados contemporáneos. Entre vender al hijo de Dios por un puñado de monedas y hurgar en los bajos fondos de los niños existe una diferencia cualitativa insalvable. La Iglesia puede soportar la presencia de un Judas Iscariote, pero no la de esos ganímedes lujuriosos a los que ha protegido dolosamente la Jerarquía. El Papa lo sabe y por eso pide que se rece para espantar al maligno de la casa del Señor.

Pero no nos despistemos. Estábamos con los secretos de la Iglesia y el mayordomo del Papa. Más de uno estará impaciente por oír hablar de los sótanos del Vaticano. Me temo, sin embargo, que tendré que defraudarlo. Yo no digo que no haya allí documentos delicados, pero la mayoría lo fueron hace siglos y ahora son sólo curiosidades sin relevancia, legajos llenos de polvo que sólo conmueven a los eruditos. No son estos los secretos que ha desvelado Paolo Gabriele –“el cuervo”, en el idioma de la conspiración- y ha recogido en su libro Sua Santità el periodista Gianluigi Nuzzi. Los papeles en cuestión son cartas manuscritas del Papa e informes reservados de su oficina que revelan enconadas luchas de poder. Se trata, principalmente, del problema de la sucesión. Dos cardenales parecen disputarse la preferencia del Espíritu Santo: Scola (vean mi crónica veneciana del 20 de Agosto pasado) y Bertone. El primero cuenta con el apoyo de Benedicto XVI. El segundo, secretario de Estado del Vaticano, cuenta consigo mismo y con su influencia, una influencia que habría utilizado para recabar la adhesión de los futuros electores a cambio de hacer la vista gorda en varios casos de corrupción que los implican. Los valedores del mayordomo, convencidos de la realidad de tales tejemanejes, sugieren que este habría obrado como lo ha hecho a fin de proteger al Pontífice, cuyo asesinato incluso llegan a temer.

¿Cómo acabará todo esto? San Malaquías, que vivió hace nueve siglos, asegura que el Papa morirá y será sucedido por “Pietro Romano”, un presagio que, según algunos, beneficia a Bertone (de nombre Tarcisio Pietro y natural de Romano Canavese). El próximo Papa, se llame como se llame, tendrá de todas formas el amargo privilegio –de acuerdo con San Malaquías- de cerrar la lista papal y de presenciar el fin de la Iglesia, o sea, de la humanidad, aunque no sé si debemos interpretar esto en sentido literal o figurado, pues cuando la paloma con la que se simboliza el Espíritu Santo deje de aletear en el corazón de los hombres estos se habrán vuelto otra cosa, como deseaba Nietzsche. Por supuesto, Malaquías puede equivocarse. Les recuerdo, no obstante, que aunque la cifra de profecías incumplidas es elevadísima, también ha habido muchas atinadas, especialmente las ornitológicas. Los agoreros romanos, por ejemplo, estaban convencidos ya en época de Cicerón de que los doce buitres que vio Rómulo el día que fundó Roma simbolizaban los doce siglos de felicidad previstos para la ciudad. No hablaron entonces de cuervos y palomas, pero acertaron.
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