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PASO CAMBIADO

Se busca político, vivo o muerto

viernes 15 de junio de 2012, 08:54h
La enorme frustración causada por la permanencia de la crisis económica española, y ya europea, ha llevado de forma compulsiva a buscar culpables. Y los que han quedado expuestos han sido dos fundamentales, por este orden o por orden inverso: los políticos que ocuparon instituciones financieras (las Cajas), y los políticos en general. Ya están en todos los carteles: Se busca político, vivo o muerto.

Si miramos a Europa, los responsables del desaguisado son también políticos, en este caso los dirigentes de Estados soberanos. Los políticos que han actuado pasivamente, y los que lo han hecho por intereses nacionales; los que tenían gobiernos estables y los que vivían en el conflicto. Los listos y los tontos, los serios y los iluminados. Políticos, políticos.

Por el contrario, los que han quedado hasta ahora intocados han sido también dos: los tecnócratas y los burócratas de Bruselas. Esos lo han hecho todo bien, porque no hacen más que acertar en las previsiones del desastre, en sus collejas permanentes a los gobernantes de la zona euro, en sus recomendaciones sobre lo que los demás deben hacer para resolver sus problemas, aunque la medicina que receten siempre mate al paciente por efecto secundario.

Ha habido dos fases de la crisis. La primera, culpabilizar a los países con cuentas desajustadas e imponerles las políticas económicas que debían hacer. Casos de Irlanda o Portugal. La segunda, plantear lo mismo, solo que eliminando el factor político soberano de cada Estado, e imponer directamente desde Bruselas un gobernante técnico, caso de Papademos en Grecia y de Mario Monti en Italia.

Y, tras el fracaso de ambas alternativas, estamos en la tercera y definitiva, la que ha empezado con el rescate bancario a España (sin imposición de gobernantes ni de políticas económicas), pero que tampoco ha sido acogida con enorme satisfacción por los mercados, tan sensibles ellos y tan temerosos, siempre llenos de dudas, porque han descubierto que las dudas y la transmisión de las mismas puede ser también un pingüe negocio.

El mensaje para todas las soluciones arbitradas por Bruselas, como sede de la UE, ha sido, en el fondo, el mismo. La política ha muerto, los políticos son irresponsables, y a su vez tienen una ciudadanía irresponsable.

En España es lo mismo. Como la ciudadanía también se siente irresponsable, la culpa de todo se la dejan a los políticos, convertidos en el pim pam pum de toda la crisis.

Y, más aún, son los propios políticos nacionales los que parecen haber asumido su impotencia, y han visto como única salida la cesión de toda la soberanía económica a Bruselas. Y, entre otros, lo ha hecho Rajoy, vapuleado por la UE sin momento de respiro, pues hasta las ayudas que ha recibido (y que han sido bien negociadas) son sólo a cambio de permanentes regañinas públicas por las que España puede recibir dinero, pero al mismo tiempo recoge descrédito, y es ese descrédito el que hace que no haya dinero en el mundo suficiente para que salgamos del pozo.

Bruselas como entidad burocrática, más los incontables gurús económicos que puede producir el planeta, más las agencias de calificación a quienes nunca deberemos agradecer bastante su vocación por convertir nuestra riqueza en bono basura, han llegado a la conclusión de que la política es un negocio demasiado importante para que lo lleven los políticos.

Pues bien, es totalmente cierto que, tal como estamos ahora, y teniendo en cuenta cómo se constituyó la Europa del euro, la única solución, como el mismo Rajoy ha planteado, es ir hacia más Europa, es decir hacia una total cesión de la soberanía económica de los Estados miembros, con una política fiscal, monetaria y bancaria común.

Esto, sobre el papel, podrá quedar muy bien, porque es hacer en lo económico los Estados Unidos de Europa, y ese modelo es más estable, más seguro y permite más. Es, por decirlo gráficamente, el sueño de cualquier tecnócrata. Un señor que sólo o en compañía de otros, pagado por el conjunto de los europeos sin responder políticamente ante ninguno, puede tomar la decisión que mejor le cuadre para que el modelo funcione. Lo que, volviendo a la imagen del médico, puede suponer que el paciente que ha de tratarse deba morir en beneficio de la ciencia o de la técnica, sea este paciente un pensionista salmantino o un campesino griego.

¿Qué se está olvidando en este proceso de muerte de la política europea? Que el origen del problema no estriba sólo en tener organismos técnicos de coordinación comunitaria, sino también en tener legitimidad política para que estos mecanismos funcionen a largo plazo.

Pongamos que se consigue una práctica en política económica equiparable a la estadounidense. Pero es que esa política económica es reflejo de la legitimidad política de la que emanan las instituciones, como la Reserva Federal. Emana de tener un mismo Presidente en los Estados Unidos, una bandera y un himno. Y ése es justamente el lunar maligno que tiene Europa: la falta de legitimidad política compartida.

Europa se ha constituido como asociación de intereses, pero no como Unión. Y se ha querido tapar el hueco de la representación con unos técnicos contratados para llevar la sociedad. Y, al final, los técnicos han creído que la sociedad era suya, cuando en realidad eran empleados. Pero es que los empleadores, los socios de Europa, estaban tan enfrentados por sus intereses particulares que han alineado árbitros para jugar el partido.

La solución para Europa no es menos política, sino más política. No es el desprestigio de la política, sino su puesta en valor. Todas las alternativas a la política y a los políticos, y eso es igual para España, son peores. Otra cosa es si este continente está o estará alguna vez preparado para acometer este proceso, para elegir a un presidente común, un verdadero Parlamento Común y, por supuesto, un Banco Central también común.

Ni el Estado de las Autonomías puede funcionar sin una España común, ni podrá funcionar nunca la Europa de las Autonomías estatales. Otra cosa es que le guste a un alemán tener un presidente español, o a un español, tenerlo francés. Porque eso formaba parte de la utopía europeísta, y quizá sólo pueda ser eso, una utopía.

Mientras, continuaremos con los parches, y confiemos en que, por lo menos, aguanten una temporada, porque en un mes se juega el futuro del euro y, con él, el de la Unión Europea. Y eso no es un enfriamiento, sino una glaciación.
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