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Las proezas de la izquierda judicial

miércoles 20 de junio de 2012, 20:14h
Esta semana se cumple el 25 aniversario de la matanza de Hipercor en Barcelona, una de las mayores salvajadas de ETA. Personalmente, me resisto a valorar cuál de todos sus asesinatos ha sido más infame; todos lo son por igual. Durante demasiado tiempo se ha hablado de “víctimas inocentes”, pleonasmo sumamente asqueroso por cuanto toda víctima es per se inocente. Culpables son los que matan, aunque no son los únicos. Hay detrás un enorme entramado destinado a que el engranaje del terror funcione, desde los que amparan, justifican u obtienen algún tipo de rédito -léase nacionalistas en general, sin distinción alguna- hasta los que dan la imprescindible pátina de legalidad a su brazo político.

Esa es una de las grandes proezas de la izquierda judicial de este país: haberle puesto a ETA alfombra roja para que entre en las instituciones de la mano de Bildu. Y por si esto fuera poco, ahora también Sortu. La banda terrorista no mata ya, no por falta de ganas, sino por la derrota del estado de derecho. Sus actuales miembros son un puñado de antisistema con menos cerebro que conciencia; lo que se dice unos verdaderos inútiles. Han perdido la aureola que algunos viejos asesinos se ganaron entre un nutrido sector de la progresía española, cimentada a base de matar cuando el franquismo agonizaba. Aureola que aún condiciona a más de uno.

Hay muertes aún más ruines. La de Sandra Palo, por ejemplo, violada y asesinada por un hatajo de alimañas que, al ser menores de edad, se fueron prácticamente de rositas. O la de Marta del Castillo, cuyos asesinos siguen en la calle. Otra nueva proeza de la izquierda judicial, alumbradora de ese íncubo llamado Ley del Menor. Es toda una invitación a delinquir, y bien lo saben las mafias criminales de medio mundo que, sabedores de la impunidad que reina en España, emplean a menores para cometer toda suerte de delitos. Pero da igual, ellos son progresistas. Se niegan a endurecer el Código Penal, les da igual que haya sujetos que acumulen más de un centenar de detenciones y pasen por comisaría como si nada y miran hacia otro lado cuando se les habla de reincidencia o peligrosidad social. Lo suyo es la reinserción. Y el sectarismo.

Pero hay más. ¿Que el Estatut rompe España? No pasa nada, le damos el plácet, y a otra cosa. Inicialmente, el Constitucional era reacio a avalar un texto que suponía de facto una ruptura del estado. Duró poco; o mejor dicho, tres años, que fue el tiempo que tardaron en vestir el muñeco. ¿Que a un determinado juez estrella se le abren tres causas? Qué más da, se le apoya cerrilmente, y ay de aquel que ose alzar la voz. Poco importa que el Supremo le declare culpable de prevaricación; rige la omertá. Su última pieza abatida, Carlos Dívar. Es lo que pasa cuando jueces y fiscales se van de caza.

Suele representarse a la justicia con una venda. Tal y como están las cosas por aquí, quizá le hiciera falta también una mascarilla, por tanto olor a chorizo. Muchos de ellos se agolpan en los sumarios de los casos Gürtel y Palma Arena; son precisamente eso, chorizos de medio pelo con ínfulas de niños bien. El celo judicial les ha puesto a buen recaudo, como debe de ser. Ocurre que ese mismo celo se relaja un pelín cuando los chorizos son “del otro lado”. Bien lo sabe la juez Mercedes Alaya, que se las ve con carros y carretas para investigar el caso de los ERE andaluces y, de paso, sortear todas las zancadillas que le ponen los progres de toga y puñeta. Toma proezas. Ya lo dijo Romanones, “joder, qué tropa”.
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