Viajes de leyenda
viernes 22 de junio de 2012, 20:15h
En los años cuarenta y cincuenta viajar por carretera en España era todavía una aventura, recuerdo nuestros veraneos de tres meses en El Escorial, había que llevar de todo, hasta una bañera de cinc para nosotros, los niños.
Venía a buscarnos Demetrio Casado, el taxista del pueblo, cargaba el portaequipajes casi hasta el cielo, parecía una montaña, nos metíamos todos a presión, el calor era sofocante, tardábamos en el trayecto unas tres horas o más. Primero “coronábamos perdices” a unos cuarenta por hora, mi padre estaba satisfecho por la hazaña. En aquellos tiempos se llevaban a probar los coches a la “cuesta de las perdices”, de Puerta de Hierro al restaurante “La Pérgola”, muchos coches llegaban bufando, no digamos en “la recta de Madrid”, en el Alto de los Leones, donde se paraban casi todos echando humo.
Pues bien, para ir al Escorial nos deteníamos en el Bar Anita y después en otro bar cuyo nombre no recuerdo. Sobre los adoquines el coche temblequeante avanzaba hacia las azules montañas de la sierra como si se tratara de un cuento de Gabriel García Márquez. Al final avistábamos el “dinosaurio verde” de Abantos, la
montaña querida bajo la cual estaba nuestro lugar de veraneo. La ilusión era inmensa, el júbilo, al llegar, indescriptible. Las caseras nos abrazaban con lágrimas en los ojos y besos, llegábamos del lejano Madrid.
No digamos cuando comenzamos a ir a Benidorm, pueblo de pescadores con dos o tres modestos hoteles: La Mayora, el “Bilbaíno” y el Brisas. En primera línea de playa los solares estaban llenos de caracolitos blancos, te los ofrecían por doscientas mil pesetas, mi padre y un amigo, ambos negociantes, los rechazaron, quince años después valían mil millones.
El viaje era como ir a la Luna, pero paladeabas La Mancha y el Levante en toda su belleza y su grandeza; comías pan de Mota del Cuervo y bebías vino de La Roda.
He vuelto por las modernas autovías al Levante: no se ve nada; es como ir por un corredor hermético que termina en el mar, donde te das de bruces. Tardas poco más de cuatro horas, un fallo mecánico, un roce por mínimo que sea, te puede llevar al otro mundo. Las “áreas de servicio” son como estar en Las Vegas o San Francisco, superrefrigeradas, con restaurante, cafetería, juguetes,
golosinas, vídeos, discos, libros, revistas, teléfonos, servicios asépticos; muchas con hotel incluido.
Las jóvenes generaciones nunca sabrán lo que eran aquellos viajes de leyenda, cuando te ibas acercando lenta, muy lentamente, casi como don Quijote sobre Rocinante, a los molinos de viento de La Mancha…, cuando la montaña querida de Abantos y la sierra toda entera eran como una quimera, un sueño que se alcanzaba tras horas de penosa marcha. Dice Julián Marías que la felicidad nada tiene que ver con el confort ni con el placer, tampoco con el bienestar, es algo más profundo, a veces más trabajoso de alcanzar, más difícil.
Aquellas carreteras nos llevaban a la felicidad penosamente, trabajosamente, pero también nos permitían ver España palmo a palmo, sus pequeños pueblos, sus inefables paisajes .