A través de 17 obras de Bartolomé Esteban Murillo, el Museo del Prado propone en una exposición inaugurada este martes un recorrido por la obra creada por el pintor sevillano a partir de su relación con el canónigo de la catedral de Sevilla Justino de Neve, quien ha sido considerado su mecenas más importante. Interesa destacar la inclusión de un San Pedro penitente nunca visto en público desde el siglo XIX, así como de la única miniatura creada por Murillo conocida hasta la fecha.
Entre las décadas de los 60 y los 70 del siglo XVII,
Bartolomé Estaban Murillo creó algunas de sus obras más destacadas. Se trata de un periodo que coincide con su estrecha relación con
Justino de Neve, canónigo de la catedral de Sevilla quien, además de ser su mecenas más importante, también fue su amigo.
A través de 17 obras, el
Museo del Prado organiza la exposición
Murillo y Justino de Neve. El arte de la amistad, que podrá verse hasta el 30 de septiembre, en la que sintetiza las claves del Barroco sevillano encarnadas en las figuras de Murillo y Neve.
Uno de sus
autorretratos más celebres, en posesión de la National Gallery de Londres, puede contemplarse en la muestra. Se trata de una retrato planteado como un cuadro dentro de un cuadro, en el que la mano del Murillo autorretrato sobresale magistralmente del marco confiriendo tridimensionalidad a la representación.
No hay que avanzar mucho en el recorrido para poner cara a Justino de Neve, retratado por el
artista en una habitación, sentado con cierta rectitud sobre una silla y acompañado de un perro. La luminosidad de su cara y manos contrasta con la negritud del fondo, del hábito de Neve y de la mesa también presente en la escena.
Los encargos que recibió Murillo para engalanar la iglesia sevillana de
Santa María la Blanca, de gran magnificencia y abigarrada decoración, dieron como resultado trabajos tan excepcionales como una Inmaculada Concepción, creada en forma de luneto, en la que Neve se hizo representar en una esquina del cuadro junto a otros individuos, en un gesto que ya venía siendo habitual desde la Baja Edad Media, cuando la inclusión de donantes en las pinturas comenzaba a ser un hecho.
Otros lunetos que decoraron Santa María la Blanca fueron los enmarcados en el tema de la fundación de
Santa María la Mayor de Roma, por el que Murillo hizo representar el porqué de la construcción de una de las primeras basílicas paleocristianas y que responde a la aparición de la Virgen en el siglo IV a una familia de patricios romanos a quienes se les encomendó erigir el templo donde esa noche había caído una nevada.
La
Inmaculada Concepción de los Venerables Sacerdotes es una de las obras en propiedad del Prado que también ha sido incluida en la exposición. En ella, Murillo representó a una Virgen algo carente de corporeidad que mira al cielo acompañada de ángeles niños creados a partir de una intención individualizadora. Los hay, incluso, que interactúan con la Virgen jugueteando con su manto azul.
De las 17 obras reunidas conviene destacar que cinco de ellas han sido restauradas por esta pinacoteca. Una es el
Bautismo de Cristo procedente de la Catedral de Santa María de Sevilla, en la que Cristo se arrodilla ante un San Juan Bautisto de grandes dimensiones ataviado con un manto rojo que bien podría prefigurar la Pasión, así como con la cruz y la banderola que forman parte de su iconografía.
Un
San Pedro penitente que forma parte de una colección particular adquiere especial interés por no haberse visto en público desde el siglo XIX, además de la expresividad que irradia de su rostro. Otra pieza a la que hay que prestar atención es la única
miniatura que se conoce creada por Murillo y descubierta hace poco. En ella, el pintor dibujó sobre cobre
El sueño de San José y, en el reverso de la pieza, a San Francisco de Paula en oración.
Información sobre la exposición:Lugar: Museo del Prado.
Fechas: del 26 de junio al 30 de septiembre.
Horarios: de lunes a sábado de 10:00 a 20:00 horas / domingos y festivos de 10:00 a 19:00 horas.
Entrada: general 12 euros / reducida 6 euros.