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en la fundación manuel benedito

Una exposición recuerda en Madrid a Benedito, uno de los discípulos de Sorolla

martes 26 de junio de 2012, 16:20h
Hace cinco, siete o nueve décadas, Manuel Benedito era uno de los artistas más famosos y considerados de España. Es cierto que en sus últimos años había quedado encasillado por la crítica como un pintor académico, pero prueba de su popularidad es que a su entierro en 1963 acudieron miles de valencianos. Hoy, la visión de sus obras nos permite descubrir un pintor con unas grandes facultades, capaz igualmente de realizar una nota breve, inspirada, sobre un paisaje o una anécdota de la vida cotidiana, de pintar un retrato a través del que escuchamos latir al personaje o también de ponerse a la faena y concluir un encargo de tono más o menos decorativo. Una exposición organizada en Madrid lo recuerda.
La Fundación Manuel Benedito organiza una exposición en su sede de Madrid, en la calle Juan Bravo número 4, en homenaje al pintor que da nombre a esta institución, nacido en Valencia en 1875. En una nota de prensa, informa de que Benedito era uno de los artistas más famosos y considerados de España, aunque en sus últimos años había quedado encasillado por la crítica como un pintor académico.

El joven Benedito mostró pronto vocación pictórica. Su carrera siguió el itinerario habitual entre los jóvenes artistas que tenían la suerte de una recepción crítica positiva y contaban con el apoyo de un maestro consagrado. En su caso este currículo comenzó con la formación en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos, en Valencia; siguió en el estudio de Sorolla, en Madrid, compaginado con las primeras participaciones en exposiciones nacionales y los trabajos como ilustrador; después, la pensión en la Academia de Bellas Artes en Roma y, desde allí, los recorridos por Italia, el conocimiento de primera mano de la tradición de la pintura italiana y europea. Viajes por Francia, Bélgica y Holanda, fin de la estancia romana y regreso a Madrid en 1904.



El resultado es un artista que ha desarrollado sus naturales facultades para la pintura, que ha crecido como pintor, sobre un sustrato de rigurosa educación técnica y cultura visual fundamentada en las más importantes obras de arte de la historia. Además ya ha obtenido diversos premios, entre ellos una primera medalla por el Canto VII del Infierno del Dante, su último envío como pensionado, en la Exposición Nacional de 1904, otra de segunda clase en la Exposición Internacional de Munich en 1905, por el mismo cuadro y, de nuevo en la Nacional de 1906, primera medalla por Madre bretona.

La orientación artística de Benedito fue clara desde un principio. Al menos en lo que no le interesa. A saber, la ruptura con los códigos de representación que otros contemporáneos suyos están realizando. Sin embargo, nada más lejos, en esos años, del espíritu y el temperamento de Benedito que encerrarse en el fortín de la tradición, de explotar el conformismo de ser el discípulo más querido de Sorolla. Viaja a Bretaña en 1905, después a Castilla en 1907, a Holanda en 1909, a París en 1910, a Andalucía en 1912. Enseña y vende sus cuadros en Madrid, Barcelona, Munich, París, Bruselas, Buenos Aires, Londres, Venecia... Cada vez tiene más claro lo que quiere: acercarse a pintar del natural como lo han hecho algunos grandes pintores españoles. Por eso, desde el primer momento, se interesa por todos los géneros pero entiende que la representación de la figura humana es la máxima expresión de la naturaleza llevada al lienzo por la pintura.

Pese a su incesante trabajo, su presencia en los certámenes de pintura más importantes, en España y en Europa, no es hasta los treinta y dos años cuando realiza su primera exposición individual. Ya es un pintor plenamente consolidado. Sirva como ejemplo su actividad en el año 1910. Hace su segunda exposición individual en los salones de “Blanco y Negro”, en Madrid, durante el mes de marzo. Acaba de volver de Holanda y los cuadros pintados allí, tanto los paisajes como los tipos holandeses tienen un éxito extraordinario.



A finales de abril está presente en París, en el Salon des Artistes Français donde, entre otros, Apollinaire elogia su cuadro Sábado en Volendam. Participa, así mismo, en exposiciones en Barcelona, Valencia y Málaga, y en agosto en la Exposición Universal de Bruselas, donde obtiene la medalla de oro por su obra Viejos holandeses. También está presente en la Exposición del Primer Centenario de la República Argentina, en Buenos Aires, donde igualmente consigue la medalla de oro; en la de la Royal Hibernian Academy, en Dublín ; en las Internacionales de Chile, México y Berlín. Durante dos años mantiene un estudio en París donde pinta algunos de sus cuadros más conocidos como el retrato de Cleo de Merode, la famosa bailarina de la Ópera de París, uno de los más famosos personajes de la belle époque.

Finalmente se establece de forma definitiva en Madrid. Los encargos de retratos se suceden sin parar. Se ha convertido en uno de los pintores favoritos de las clases adineradas de la sociedad española. Le solicitan cuadros desde todas partes. Los reyes le encargan el retrato de grupo de los infantes que se exhibió en la sala especial que tuvo en la Exposición Nacional de Bellas Artes

Durante los inviernos pintaba sobre todo retratos. En verano, los cuadros de tema, los paisajes, los bodegones. A partir de los años veinte su camino ya está definitivamente trazado y su pintura es expresión de sus convicciones, de su formación, de su sentimiento. En ese sentido encontraremos casi siempre a un Benedito equilibrado, contenido, pulcro cuando hace retratos. Es como si la quietud del posar impregnara sus cuadros. A ello contribuye su pericia técnica, su virtuosismo por todos reconocido y que él consideraba fundamento imprescindible de la acción de pintar, una cierta búsqueda de lo inmaterial de la pintura, una atención exquisita para el detalle que le aleja de esa otra manera de ejecución más espontánea, de empaste más grueso pero no necesariamente más sentida. Amante de la pintura al aire libre durante sus años de juventud, los paisajes, cuyo registro es diverso tanto por la luz y el ambiente como por influencias de escuela, van dejando paso poco a poco a las composiciones en el estudio donde, con el paso del tiempo, se siente más cómodo en la observación de las piezas para los bodegones que con las urgencias que impone el paisaje.

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