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TRIBUNA

Una revolución docente

miércoles 27 de junio de 2012, 09:30h
A falta de otras satisfacciones que las proporcionadas por la grisásea conmemoración del centenario de su muerte, Menéndez Pelayo habrá experimentado, en su huesa, una gran complacencia al conocer que los universitarios de Sevilla —ciudad por él tan entrañada- han dado cumplimiento al más ardido de sus deseos. Sólo a la vista de sus bibliotecas atestadas de estudiantes, podía España, según el sentir del autor de Los Heterodoxos, mirar con confianza su porvenir…

Y tal parece haber sido, conforme las ufanas declaraciones de su rector, el espectáculo contemplado en el Alma Mater Hispalense con motivo de la última, a la fecha, huelga de su estamento discente. Denominado, con todos los requisitos y exigencias jurídicas pertinentes, “paro activo” o “técnico”, el vacar y ausencia de las tradicionales aulas se aprovechó por los alumnos para engolfarse de sol a sol en los recintos de sus abastadas bibliotecas en el aprendizaje —o, en su caso, muchos casos, sin duda, dominio de las múltiples disciplinas que componen aún los más numerosas licenciaturas y grados de su oferta académica, al estilo de los establecimientos comerciales más reputados por la diversidad de sus productos.

Conducta la suya, en verdad, a la vez harto loable y sorprendente. Que las bibliotecas se colmen de usuarios siempre será un hecho digno de todo encomio; pero que lo sean gracias a la clausura de seminarios y departamentos y a la actividad entera de la docencia, semeja evidenciar la inutilidad de ésta y aquéllos. De haberse dado así, es decir, con el cierre total de claustros y aulas y la masiva utilización de bibliotecas, con la piedra filosofal de la excelencia académica, sólo habría que felicitarse la sociedad española ante tamaño descubrimiento, cuyo hallazgo vendría, aunque únicamente fuera de modo parcial, a compensarla de las innumerables frustraciones y decepciones de estos meses…

Sino que, claro es, nos hallamos justamente en los antípodas de ello. Decretar de grado o por fuerza, bajo presión o espontánea y voluntaria iniciativa, estamental o universalmente, el cese de las clases en las, de facto, últimas semanas del calendario escolar, se descubre con toda patencia como un acto de completa irresponsabilidad, dictado por Agamenón o su porquero, como, con toda seguridad, sentenciaría el poeta sevillano más aclamado del siglo XX y ahora también en trance conmemorativo de su poema, en esta hora fraccionada de España, más grávido de identidad y esperanza en su destino. En todo momento, pero aún más en días de incertidumbre e inseguridad, la enseñanza de los maestros es insustituible.

En la solariega mansión fundada precisamente hace quinientos años por el bueno de Maese Rodrigo abundan los catedráticos y profesores de la mejor estirpe universitaria y más cuajado cursus honorum para, de manera más o menos indirecta pero sin duda ostensible, devaluar y desaprovechar sus saberes, patrimonio cultural y moral de una colectividad hodierno no muy acaudalada en ello. Ningún otro valor puede reemplazar, en los centros de formación y en la edad de introducción al ejercicio de cualesquiera profesiones, al del estudio ahincado guiado y estimulado por competentes docentes. ¿Cómo se forjó la Inglaterra victoriana? ¿Cómo se fraguó la Alemania bismarckiana? ¿Sobre qué élites descansó el Imperio de Carlos V?

Contra todo pronunciamiento apresurado o descalificador, la lección de la Historia quizá continúe aquí guardando toda su vigencia.
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