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La Roja… y Gualda

Javier Rupérez
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jruperezelimparciales/9/1/9/21
viernes 29 de junio de 2012, 20:22h
En el estado de depresión colectiva en que nos encontramos, razón tenia Mariano Rajoy, en su encuentro con la selección nacional de fútbol antes de que comenzara la Eurocopa, en esperar de los éxitos deportivos ánimo para la “psique” comunitaria. Como también tenía razón el siempre circunspecto Vicente del Bosque al señalar, con la humildad que le es característica, que resulta irreal mantener que los males de la Patria puedan ser solucionados por un equipo de fútbol. Hace todavía pocas horas, cuando ya España era finalista del torneo, el entrenador esperaba que el ejemplo dado por sus muchachos pudiera servir para todo el país.

Nadie podrá negar el estado de subidon patriótico-deportivo con que la inmensa mayoría de los españoles –de los que apenas hay que excluir esa minoría de majaderos que se niegan a desplegar en Barcelona y en San Sebastián pantallas de televisión públicas para contemplar el espectáculo- sigue desde hace seis años las hazañas de la que ha venido en llamarse “La Roja”. Como tampoco nadie en sus cabales, y bien hace el entrenador en subrayarlo, espera que los éxitos del balompié sirvan para sustituir en su postración a una sociedad empobrecida y desorientada. Por más que registremos con orgullo vicario la evidente atracción que la población siente por los colores patrios y por el mismo nombre de su país cuando al menos en el césped demuestra incontenibles y capacidades ganas de ganar.

Pero en donde los éxitos de “La Roja”,- que en sus colores y en su espíritu es también “Gualda”, el nombre del amarillo cuando aparece en la bandera española, según nos explicaba Gila,- sirven de ejemplo y meditación para otras cosas que no sean darle patadas a la pelotita es en las formas y maneras, sistemas y métodos que la selección ha ido adoptando hasta convertirse en la que según el “Wall Street Journal” de hace pocos días es la mejor selección de fútbol del mundo.

Porque los chicos de Del Bosque ya tienen acreditado un determinado sistema de jugar, que tirios y troyanos califican del “método español”, hecho de sabiduría táctica y visión estratégica, dedicado en primer lugar a asegurar la posesión del balón durante el máximo tiempo posible mientras se perfila la ocasión del gol. No faltan quienes califican el sistema de aburrido, olvidando las condiciones que lo hacen posible en su letal éxito: profesionalidad, constancia, dedicación. Los jugadores de “La Roja” aman el trabajo bien hecho, comprenden perfectamente la necesidad de eficacia en la realización de sus planteamientos y ponen lo mejor de sus condiciones físicas para conseguirlo. No se quejan de las horas dedicadas al trabajo ni desconocen la urgencia de ensayar todo lo posible y parte de lo imposible hasta dominar las jugadas clave. Es un placer ver como desarrollan el virtuosismo de su sabiduría deportiva, incluso cuando convierten en arte la lotería de los penaltis.

Además, tienen todos un profundo sentido de la labor en equipo, ultima razón de su éxito colectivo. Hemos llegado a conocer sus enormes capacidades individuales y siempre habrá forofos que prefieran a tal o a cual defensor o delantero, pero lo notable de su actuación es que saben sacrificar sus habilidades personales en aras de lo que debe conseguir el conjunto. Juegan todos para todos y no les duelen prendas cuando les toca hacer de todo, no tienen tentaciones de “prima donna” y saben aceptar sin rechistar lo que el entrenador en cada momento instruye y decide. Vienen de partes muy diversas de España y sin embargo son capaces de aunar esfuerzos para conseguir el propósito común de la selección nacional, en la que, en el momento de la verdad, no hay madrileños, o catalanes, o andaluces, o castellano manchegos, o valencianos, o canarios, o vascos, sino solo jugadores orgullosos de prestar su esfuerzo al conjunto presidido por los colores de la enseña nacional.

Y por si fuera poco, son gentes económicas en la administración de su juego y decentes en el trato con el adversario, fiables en el desarrollo de sus capacidades y previsibles en sus comportamientos. No son dados a organizar tangadas, ni propicios a repartir patadones, no juegan a romper el juego del adversario y menos a quebrar sus piernas. Han sabido reivindicar en su eficacia esa virtud de que se entendía era la única aplicable a los españoles: la caballerosidad. Son, en definitiva, un excelente ejemplo de lo que esta maltrecha nación podría y debería practicar para recuperar algo de la ilusión perdida.

Todavía no sabemos que es lo que la final España-Italia nos deparará y, aun deseando vivamente que sea “La Roja y Gualda” la que coseche el triunfo, pase lo que pase, su ejemplo, su trayectoria, su calidad quedará como hito imprescindible para las hazañas deportivas y para las que no lo son. Bien haría Vicente del Bosque, con la ayuda imprescindible de sus pupilos, en escribir un manual que se podría titular simplemente “Cómo lo conseguimos”. Se convertiría en un excelente vademécum para muchos políticos españoles y otros tantos de la parte del extranjero. La Patria, que ya lo está, le quedaría doblemente agradecida.

Javier Rupérez

Embajador de España

JAVIER RUPÉREZ es académico correspondiente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas

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