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El elogio de la comedia: Norah Ephron y Andy Warhol

jueves 05 de julio de 2012, 20:23h
Acaba de morir en Nueva York Norah Ephron, la guionista de When Harry met Sally (Cuando Harry encontró a Sally), la directora de Heartburn (basada en su novela), You’ve got mail (Tiene un email), Sleepless in Seattle y Julie and Julia, y la autora de I feel bad about my neck (No me gusta mi cuello), entre otras cosas. Aunque algunos la han comparado con Dorothy Parker, la ingeniosa escritora y fundadora de la mesa redonda del Algonquin, Ephron se parece más a Woody Allen. De familia judía, educada entre el Beverly Hills californiano y el Upper East neoyorquino, siempre prefirió este, pues le permitía estar rodeada de gente que entendía su ingenio. Hija de guionistas y hermana de novelistas, tras su paso por unas de las verdes burbujas universitarias del Este, Wellesley, se dedicó al periodismo y la escritura, hasta que el cine se cruzó en su camino en forma de Watergate. Su segundo marido, Carl Bernstein, participó en el guión de All the President’s Men (Todos los hombres del presidente), y en el set de la película conoció al director, Jack Nichols, quien dirigiría su primer gran éxito como guionista, When Harry met Sally. Como Allen, fue escritora y humorista antes que guionista, y todo esto antes que directora. En esta película logró una de esas escenas inolvidables: Meg Ryan imita los sonidos de un orgasmo mientras toma algo en el Katz Delicattessen; en una mesa cercana, la camarera pregunta a una mujer mayor qué quiere tomar, a lo que esta responde señalando a la mesa de Ryan: “Póngame lo mismo, por favor”.

Ephron fue, en parte, una cultivadora de ese humor acre y sarcástico norteamericano que parece haber huido de la literatura y el cine para refugiarse en las series de televisión: Breaking Bad, Arrested Development… Fue becaria en la Casa Blanca en el año 1961 defendía que fue la única becaria con la que Kennedy no se acostó. Sin embargo, en su cine, Ephron viró hacia el romanticismo edulcorado de Sleepless In Seattle o You’ve got mail. Creo que si se preguntara a las mujeres norteamericanas de entre 25 y 50 años cuál es su película favorita, alguna de las dos estaría entre las tres más votadas. You’ve got mail es un remake de la magnífica película de Lubitsch The Shop around the Corner de 1940. Pero lo que en Lubitsch es puro ingenio cinematográfico y cosmopolita, en Ephron se convierte en un acto de narcisismo wasp (white anglosaxon and protestant).

Esta es quizá la paradoja de su cine y de su obra en general: entrar de lleno en algo que Woody Allen suele rozar, y que es poner forma a las fantasías de una clase, de la clase wasp. Juan Benet se quejaba en España del efecto Disney, y siempre que podía aprovechaba para hacer una mención a los daños irreparables que en el cerebro humano producen las películas de Disney. Algo similar se podría defender sobre el efecto de las películas de Ephron en los cerebros de la clase femenina (y masculina) norteamericana y mundial: la defensa de la existencia de una persona ideal, la idea que la unión con esa persona es inevitable, el afán por poner como objetivo de una relación (la unión) lo que no es más que su comienzo. Se podrá argüir que esto lo hacen todas las comedias románticas, pero sin duda pocas con la efectividad de la que hizo gala Ephron.

Lo que nos lleva al valor de la comedia. En el Quijote, al final de la primera parte, el cura defiende en un momento las comedias: “Y no sería disculpa desto decir que el principal intento que las repúblicas bien ordenadas tienen, permitiendo que se hagan públicas comedias, es para entretener la comunidad con alguna honesta recreación, y divertirla a veces de los malos humores que suelen engendrar la ociosidad, y que, pues éste se consigue con cualquier comedia buena o mala, no hay para qué poner leyes ni estrechar a los que las componen y representan a que las hagan como debían hacerse, pues, como he dicho, con cualquiera se consigue lo que con ellas se pretende.” ¡Qué defensa del entertainment business por parte de Cervantes! ¡Qué alegato a favor de la libertad de prensa! Aunque luego el mismo cura matice que las comedias defendibles sean las “buenas”. ¿Y quién nos dice cuáles son las buenas? ¿El público? ¿Un crítico? ¿El tiempo?

Estos días la filmoteca de Madrid ha pasado otra comedia humana impagable, otro testimonio de lo que fue la cultura norteamericana de finales del siglo pasado. Me estoy refiriendo a los Test Screens y otras películas de Andy Warhol. Los Test Screens son más de 500 pruebas de proyección que vienen a formar un conjunto de 25 horas. La mayoría son planos fijos sobre caras u otros elementos, y basta la visión de dos o tres para ver en ellos la impronta de un pintor tan interesado en las caras y los gestos como Rafael o Caravaggio podían estar. Es también curioso reconocer la influencia de este Warhol en los trabajos actuales de Bill Viola. De las películas, yo destacaría Chelsea Girls y Imitation of Christ, esta última un viaje a la mística a través de las drogas y del absurdo del mundo artístico neoyorquino y del mundo en general, de su oscuridad de su sinsentido, y de su ética y estética franciscana. Porque lo que queda claro tras ver su cine es que Warhol es sobre todo un franciscano que en vez de ascender los pájaros al nivel humano y divino, ascendió las latas de sopa Campbell’s. Y los supuestos idiotas y desposeídos. Todo un antídoto para el cine de Ephron.
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