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RESEÑA

Michela Murgia: Y la iglesia inventó a la mujer

domingo 15 de julio de 2012, 13:18h
Michela Murgia: Y la iglesia inventó a la mujer. Traducción de Teresa Clavel Lledó. Salamandra. Barcelona, 2012. 192 páginas. 15 €
“Este es un libro de experiencias, no de sentencias”. Entre las nuevas voces de la literatura italiana contemporánea que ocuparon un puesto de honor durante la pasada Feria del Libro de Madrid, la autora Michela Murgia (Cerdeña, 1972) presentó el ensayo Y la iglesia inventó a la mujer, recién traducido al español. Teóloga de formación y con una arraigada educación católica, Michela Murgia deslumbró en el panorama de las letras italianas con su primera novela La acabadora (2011), que recibió el célebre Premio Campiello, un relato de ficción que trata el tema del secreto, del amor y de los miedos situado en el contexto rural y familiar de su Cerdeña natal. Anteriormente publicó el diario Il mondo deve sapere (2006) y Viaggio in Sardegna (2008), una personal guía sobre la isla. Con Y la iglesia inventó a la mujer Murgia se adentra en terreno de misas, púlpitos, salmos y conventos para analizar desde una perspectiva erudita y también muy personal cómo y por qué la doctrina católica ha perfilado la imagen de la mujer como un papel de segunda clase. “Si bien la Iglesia no inventó la subordinación entre los sexos, optó por legitimarla en lo espiritual”, afirma rotundamente la escritora.

Con varios ejemplos extraídos de los evangelios o de los textos papales y conciliares, Murgia aclara muchas de las falsas interpretaciones que la Iglesia católica ha elaborado en torno a temas como el pecado original, la culpa, la maternidad, la muerte, el sufrimiento, la procreación o el matrimonio. En estas páginas se ofrecen también interesantes y bien documentadas apreciaciones de la manera en que la iconografía mariana ha dibujado la figura de Eva o de María de Nazaret, los dos principales símbolos femeninos del cristianismo, a través de la historia del arte. Este ensayo invita a una reflexión y a un replanteamiento de los dogmas y de los clichés, de las desviaciones, en resumen, que la doctrina ha alimentado para definir un arquetipo de mujer servicial, dócil y contemplativa “inclinada por naturaleza a desempeñar papeles de cuidado, de asistencia, educación y servicio, sintetizados en la expresión ‘entrega de sí misma’”, como argumenta Murgia. No se trata tanto de una subordinación social “de género” sino de una forma de entender la pretendida superioridad espiritual de la mujer a lo largo de los siglos, reservando al hombre el papel de héroe, de sabio, de trabajador y de juez, que, sin duda alguna, conviene perfectamente al status quo patriarcal. “Mientras la voluntad del hombre siga siendo la única fuente de derecho, la voluntad de las mujeres se verá obligada a situarse como elemento de conflicto”, afirma la ensayista. Particularmente interesante resulta el estudio que Murgia hace de ciertos textos evangélicos o de algunas parábolas que no han trascendido en las predicaciones corrientes de la liturgia eclesiástica… ¿por omisión voluntaria? Se trata de relatos con fuerte “potencial subversivo”, como la parábola del dracma, la moneda perdida, cuya protagonista es “una mujer sola y con rentas propias que solo llama a sus amigas para celebrarlo cuando encuentra su moneda extraviada”.

También sugerente y revelador, Murgia dedica un capítulo a la educación sexual y al imaginario colectivo que progresivamente inauguró en la Iglesia y fuera de ella una virginización del modelo femenino de santidad. “En el catolicismo se halla muy arraigado el prejuicio que considera a la mujer como sujeto pasivo… A las esposas cristianas les han repetido hasta la saciedad que no debían mostrarse demasiado entregadas en la relación sexual, pues en ese caso el marido pensaría que son unas disolutas… Los abusos y la vejación que las mujeres han sufrido durante siglos en nombre del vínculo sacramental del matrimonio todavía no han sido comprendidos y valorados por completo”. Un libro para pensar y que hará temblar los pilares de las más sólidas catedrales.

Por Pepa Echanove
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