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publica [i]Los vencedores del asfalto[/i]

Antonio Pérez Henares: “Aplicarle a la naturaleza elementos morales es el colmo de la estupidez”

viernes 20 de julio de 2012, 17:24h
El escritor y periodista Antonio Pérez Henares ha publicado su última aventura literaria, Los vencedores del asfalto, una mirada curiosa y profunda sobre la convivencia, en apariencia imposible, de la fauna salvaje y el cemento urbano. Centrándose en las especies de aves que viven en Madrid, Pérez Henares elabora un relato casi pedagógico y a la vez muy cercano –gracias a un buen repertorio de anécdotas y curiosidades- sobre la adaptación del centenar de tipos de pájaros que se han adaptado a la agitada vida de la capital. Amante de la naturaleza desde niño, el escritor aplaude que la conciencia ecológica haya ganado terreno en los últimos años pero también quiere destacar una distorsión muy común de ésta, sobre todo en ambientes “urbanitas”, que la dota de una “ñoñería de Walt Disney” nada consonante con las normas reales de la naturaleza, “que responden no a la moralina, sino a la supervivencia pura y dura”. Por Laura Crespo
¿Cómo se sumerge en la creación de este libro? ¿De dónde le viene su afición por observar las aves de la capital?
A lo largo de mi vida siempre he sido un gran enamorado de la naturaleza y de la conservación. Fui un niño de pueblo, así que supongo que la pasión me viene de ahí y me ha hecho ir con los ojos más abiertos. Después he escrito mucho sobre lo natural, sobre la caza… incluso mis novelas prehistóricas parten de ese espíritu. Pero sí es cierto que en un momento determinado me di cuenta de que la naturaleza también existía en Madrid, en medio de la jungla aparentemente más hostil para la vida salvaje. Después me empecé a fijar, a través de la ventana de mi casa, en los pájaros que se acercaban hasta mi patio. Poco a poco los fui observando, conociendo nuevas especies, haciéndoles fotos. Finalmente me decidí a hacer este libro porque me parecía algo sorprendente y con un encanto mágico.

La verdad es que sí es sorprendente la cantidad de especies, sólo de aves, que viven en Madrid: casi un centenar. ¿El hecho de que nos sorprendamos se debe a que no nos fijamos mucho en nuestro entorno?
Por lo general no solemos fijarnos mucho en nuestros vecinos y menos en estos vecinos alados que tenemos. Pero la sorpresa es menor si tenemos en cuenta que Madrid, aunque es una gran urbe, está rodeada de espacios naturales de primera magnitud como El Pardo o La Casa de Campo, en los que se desarrolla la vida salvaje muy cerca de la gran ciudad. Lo que pasa es que el urbanita no suele verla. Ya la ve difícilmente en el monte, aunque esté ante sus narices, como para observarla en su territorio que es la ciudad. Los urbanitas aman mucho la vida salvaje pero la conocen muy poco.

¿Es por el ritmo de vida que llevamos por lo que no somos capaces de percatarnos de lo que nos rodea?
A mí me hace gracia la cierta soberbia del hombre de ciudad sobre la naturaleza y sobre el campo. Por fortuna, ahora existe una conciencia ecológica mucho mayor que ha despertado sobre todo en las ciudades. Pero a quien yo me refiero como urbanita a aquel que, transido por esta nueva conciencia ecológica, se acerca a los campos los fines de semana y se pone a dar lecciones de qué debe hacerse. Esa misma idea de la naturaleza se trasplanta a la ciudad. Muchas veces el conocimiento sobre la naturaleza de un urbanita no pasa de la ñoñería de Walt Disney, cuando la realidad es que los ciervos no hablan, que los leones no comen maní y que para comer jamón hay que matar cochinos. La naturaleza va mucho más allá de esa ñoñería.

Me alegro de la gran conciencia ecológica y conservacionista que se está desarrollando en la sociedad española y mundial, pero me preocupa la ñoñería que conlleva en muchas ocasiones. Me refiero a cosas como el caso de señores que montan un jaleo tremendo porque el Rey ha matado un elefante en Sudáfrica de forma totalmente legal e incluso haciendo un favor a un país con sobrepoblación de estos animales, y lo expresan mientras se están comiendo una chuleta de un recental de oveja, o sea, mientras están cometiendo un infanticidio. Aplicarle a la naturaleza elementos morales es el colmo de la estupidez. La naturaleza tiene unas normas que responden no a la moralina, sino a la supervivencia pura y dura.

Después de tanto tiempo observando las aves de Madrid, se habrá podido hacer a la idea de cómo sobreviven en este hábitat tan, a priori, hostil…
Lo hacen aprovechándose de dos ventajas que les brinda la ciudad, a pesar de sus inconvenientes. La primera es que aquí desperdiciamos mucha comida. Por otro lado, la ciudad ofrece bastante refugio, entre otras cosas, porque aquí no hay tantos depredadores. Tiene muchas desventajas, claro: los coches, el humo, la contaminación… pero también da comida y refugio. Para las aves no es un hábitat del todo malo. Es más, para algunas especies es incluso bueno, como para la paloma torcaz que está colonizando todas las ciudades de Europa, es una verdadera plaga… hay quien las llama las ratas del aire y non va muy desencaminados.

Otra de las ‘plagas’ que menciona en el libro y que resulta muy curiosa es la de cotorras…
Hay una serie de animales invasivos que se han escapado de las jaulas y que están colonizando medio Madrid. Pero sí, quizá lo más espectacular son las cotorras de Kramer, una especie argentina que ha invadido por completo Prado del Rey y algunas zonas de la carretera de Extremadura o la Dehesa de la Villa, nichos ecológicos de otras especies autóctonas a las que se están imponiendo. De hecho, es muy peligroso introducir especies que no son autóctonas en la naturaleza porque provocan desequilibrios tremendos. Mi opinión es que habría que hacer una campaña para erradicar estas especies invasivas.

Pero en algunos casos son las propias especies, sin mediación –al menos directa- del hombre, las que cambian sus hábitos, como el caso también explicado en el libro de algunas colonias de gaviotas que han cambiado la orilla del mar por la del río Manzanares a su paso por la capital… ¿A qué se debe? ¿Tiene que ver con el clima y los cambios en los flujos migratorios de las aves?
Una de las tonterías mayores que he oído en mi vida es la expresión ‘cambio climático’, dado que el clima es en sí mismo cambio y la Tierra, a lo largo de su historia, vive cambios continuos: unas especies se han sustituido por otras, unas han desaparecido y otras han aparecido, unas han migrado y otras se baten en retirada… Aquí en Madrid, en algún momento hubo elefantes e hipopótamos en el Manzanares y luego, en la glaciación, hubo mamuts y rinocerontes lanudos. Eso ha pasado no hace tanto, y sigue y seguirá pasando. El caso de las gaviotas es como todos: las especies se van moviendo a nichos geográficos, sean cuales sean, donde haya comida, refugio y crianza.

¿Los seres humanos también?
Claro, lo que pasa es que somos muy pretenciosos y nos creemos que hemos inventado los viajes y el turismo cuando en realidad lo han inventado las aves. Pero sí es verdad que nosotros somos los campeones de la adaptación: la especie humana es una plaga sobre la Tierra, estamos por todos lados y somos cada vez más.

En el libro deja claro que sus favoritos son los gorriones. ¿Por qué le gustan especialmente?
Siempre he sentido debilidad por ellos y me encantan las líneas que Miguel Hernández les dedica y que yo reproduzco en el libro: “Los gorriones son los niños del aire, la chiquillería de los arrabales, plazas y plazuelas del espacio”. Me parecen un pueblo maravilloso, valiente, alegre y que, como dice Hernández, “corren todos los riesgos y peligros con la gracia y la seguridad que su infancia perpetua les ha dado”. Me gustan hasta cuando se pelean, son arrabaleros y divertidos.

Si puede decir que su ave favorita es el gorrión, ¿también tiene un lugar favorito para observarlos?
La ventana de mi despacho. Tengo la suerte de vivir en uno de esos nichos dentro de Madrid en donde la ciudad se hace más vivible, tanto para las aves como para los humanos.

En años de estudio de estos vecinos nuestros con alas, ¿qué es lo que más le ha sorprendido observar?
La vida natural te sorprende todos los días, pero es muy curioso el caso de los mirlos que pasan por el madroño que tengo en el patio de casa. El fruto de este árbol, las madroñas, sale a finales del otoño, es muy rojo y también se conoce como ‘borrachillas’ porque, cuando está maduro, emborracha. Yo he visto a mirlos cogerse unas borracheras sensacionales a base de madroñas. También me impresionó mucho cuando vi en pleno Madrid a un halcón cazando una paloma. A nada que quiera fijarse, la gente se puede llevar muchas sorpresas.

¿Hace falta ser un experto para disfrutar de este libro y, con él, de estos vencedores del asfalto madrileño?
No hace falta. Un gran naturalista inglés, Gerald Durrell, escribió sus grandes estudios partiendo de observaciones minúsculas desde su jardín. La vida natural no son únicamente elefantes y leones atacando búfalos. Hay una vida verdaderamente riquísima y divertida que está en la puerta misma de nuestra casa, sólo hay que mirarla. Este libro es una invitación a mirar una parte de esa vida: esos vecinos que conviven con nosotros y a los que normalmente no les hacemos ni caso.
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