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AL PASO

El mercado y la vida buena

jueves 02 de agosto de 2012, 08:46h
En uno de los últimos números del TLS (The Times Literary Supplement) Ferdinand Mount, a propósito de alguna monografía de reciente publicación, suscita algunas cuestiones de interés en torno a dos problemas relacionados, a saber, el de la expansión de los mercados en la organización de nuestras sociedades, y el componente público de la vida buena que exige la integración del ciudadano en la vida de la colectividad, sin la que no sería posible la felicidad individual.

Asistimos sin duda a la expansión ilimitada del mercado y de su lógica en todos los sectores de la vida social. “Hoy empresarios privados llevan escuelas, hospitales y prisiones en busca de lucro”. Conviene aceptar esta evidencia, aunque hay que matizar que el alcance de la fuerza del mercado depende de si estamos en Inglaterra o en América. Así en los Estados Unidos desde el comienzo, teléfonos o electricidad y otros servicios públicos han sido sobre todo privados, mientras en Inglaterra comenzaron como empresas privadas o municipales, después fueron nacionalizadas y sólo últimamente han vuelto a manos de particulares. Tampoco es cierto que el patronazgo privado , por ejemplo sobre el arte o la educación, como lo probarían las universidades americanas o británicas, sea cosa de los últimos tiempos. Los patrones feudales o los mecenas del renacimiento quedarían inmortalizados en capillas o pinturas.

Lo cierto es que cuando rebasamos la atribución al Estado de la garantía de la paz y la aplicación de la justicia, las cosas son bastante resbaladizas. Como decía Edmond Burke, uno de los problemas más difíciles de la legislación es saber qué debería el Estado asumir directamente de acuerdo con la sabiduría pública, y qué debería dejar , con la menor interferencia a la dirección individual. “Nada puede establecerse sobre el particular que no admita excepciones, muchas permanentes, algunas ocasionales”.

Sandel,cuyo libro, What Money can´t Buy, recensiona Mount, piensa que el criterio divisivo debe ser el de la cantidad y la difusión del bien o el servicio: “¿La intrusión del mercado, incrementa o reduce la cantidad del bien o del servicio ¿Mejora o empeora la cantidad del bien o servicio que suministra?”. Hay también una cuestión ulterior, a saber, si se excluye la intervención del mercado, quien debe suministrar el servicio ¿el Estado o las agencias de caridad?.El Estado con su poder de exacción y regulación ilimitado en teoría asegura adecuadamente la provisión y la igualdad de acceso al servicio. La caridad supone el desprendimiento y el cumplimiento de la solidaridad. Pero la asistencia pública puede degenerar en clientelismo y apatía, la asistencia de la caridad, de las organizaciones no gubernamentales diríamos nosotros, puede dar lugar a la arbitrariedad y el resentimiento en los no beneficiados.

El segundo motivo de reflexión que comentamos se refiere a un modelo de buena vida relatado por Robert y Edward Skidelsky, padre e hijo, amplificando algunas ideas que habrían sido esquematizadas por John Maynard Keynes, en una conferencia impartida en 1928 titulada, “ Las posibilidades económicas de nuestros nietos”. Lo que Keynes, a quien como se sabe Robert Skidelsky dedicó una exhaustiva biografía en la que se empeñó durante más de veinte años, contemplaba, era un futuro sin guerras ni incremento de población, sin verdadero problema económico, ni casi necesidad de trabajar, como máximo tres horas al día “para satisfacer al viejo Adam que reside en nosotros”, situación en la que el género de vida de los artistas y gentes refinadas llegaría a la sociedad en su conjunto. “En otras palabras, el mundo entero se habría convertido en un gigantesco Bloomsbury”.

Lo que preocupa de este futuro es la idea aletargada y dócil de vida que propugnan los Skidelsky como felicidad, una visión en la que se escatima el esfuerzo, y donde el individuo pasa ser dependiente de la asistencia del Estado. El trabajo, según estos autores, no se apreciaría por sí mismo. En la utopía postkeynesiana habría un salario mínimo garantizado sin obligación de trabajar. Cabría la posibilidad de que el ingreso anual garantizado pusiera en dependencia a la población adulta, aletargándola y desmoralizándola. Pero se trata de un riesgo que compensa y que merece asumirse.

Estoy con Ferdinand Mount cuando objeta a este plan de futuro quietista a la vez que paternalista. Lo que necesitan nuestras sociedades no es tanto protección cuanto el estímulo de un plan para disminuir la desigualdad y regenerar nuestras vacilantes instituciones políticas y económicas. Seguramente es el tiempo de la rebelión y la integración, no de la apatía y la subvención.
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