Dos imprecisiones culturales
José Manuel Cuenca Toribio
viernes 03 de agosto de 2012, 17:38h
Más que imprecisiones habría que denominarlas crasas injusticias; pero a la índole aún juvenil de su autores hay que concederles el beneficio de atenuar su calificación, dadas la buena voluntad y limpieza de intención atribuidas de sólito a la mocedad, edad en que los resortes degradantes de la condición humana todavía no se hallan activados o, al menos, en pleno rendimiento. También quizá debiera de adjetivárselas de literarias más que culturales por el oficio de aquéllos y, sobre todo, por centrarse en el primer terreno la polémica entablada recientemente entre dos estudiosos de nuestras letras contemporáneas a propósito del destino la “cuarta carabela”, es decir –poética y, por ende, bellamente-, lo acontecido con el amplio y refulgente grupo de intelectuales españoles que se exiliaron en las dos Américas a raíz de la guerra civil y, en especial, tras el triunfo de la dictadura franquista.
Se abrió la controversia con un libro –La resistencia silenciosa- en el que se mantenía la tesis de un destierro feliz y casi epicúreo de los transterrados –otro feliz y hermoso vocablo-, aclimatados a las dulzuras de los Trópicos, en versión hispanoamericana –acogida franca, agradecida y estimulante por parte de las elites intelectuales y políticas de los pueblos al sur de Río Grande-; y recepción no menos cordial por parte de las minorías culturales yanquis, que desde el primer momento instalaron con las más altas comodidades materiales y académicas a los profesores y científicos que optaron por avecindarse en el solar que iba a ser en el transcurso de muy pocos años la primera potencia mundial. Aunque otra sostuvieran ellos mismos así como otros historiadores de su peripecia, su preocupación e interés por la paralela y coetánea andadura española fue escasa y, a menudo, convencional, absorbidos en sus problemas y trabajos.
Posición atacada desde las mismas coordenadas generacionales y hasta doctrinales de del autor de la obra susomentada desde las páginas de El monopolio de la palabra. El exilio intelectual en la España franquista. En éstas se defendía una postura contrapuesta. Los emigrados docentes y periodísticos mostraron indeficientemente una viva atención por lo acontecido en su patria durante el periodo de la postguerra, en el que se encontraron frente al muro infranquable de la censura y los intelectuales del régimen, cerrados en la práctica a cualquier conciliación por mínima que fuese y, muy particularmente, a dar vado, ni siquiera por métodos indirectos, a la difusión de sus obras y pensamiento en la España de los años cuarenta y aun cincuenta.
Replicada a su vez la anterior propuesta por el contra-opinado –A la intemperie. Exilio y cultura en España (Barcelona, 2100)- con reafirmación de su tesis primitiva, la polémica semeja haber concluido, al menos hasta la fecha. Sin embargo, al incidir en un terreno singularmente neurálgico de los derroteros de la historiografía contemporaneísta nacional y, por tanto, muy transitado por algunos de sus más cualificados representantes, es lógico esperar que, por derivas quizá más sosegadas, continúe en los meses próximos, sin desechar incluso que se convierta en un tema estrella de la investigación de los años próximos.