www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

La filosofía de Ortega en América

martes 07 de agosto de 2012, 20:36h
Llevo meses resistiéndome a escribir este artículo porque en él, junto a algunos datos objetivos, van también impresiones y vivencias personales que quizá, en estas líneas, se presenten demasiado tamizadas por el sujeto que las escribe aunque intente contarlas tal y como son y no sólo como me parece verlas. Aprovecho la calma agosteña para sacar estas líneas adelante.

Que José Ortega y Gasset es uno de los autores españoles de mayor renombre internacional es conocido por todo el mundo. Que algunas de sus obras son de las más traducidas a otras lenguas, también. Que su prosa es considerada una de las más bellas que ha dado la literatura española y que es uno de los grandes ensayistas del siglo XX es afirmación que tampoco generará grandes discrepancias. Pero que su pensamiento está al nivel de las grandes filosofías contemporáneas, seguro que sí trae disputas, por lo menos dentro de esos sitios extravagantes que son las cátedras universitarias y el mundillo intelectual español, en el que muchas veces –no siempre, afortunadamente– predomina la gracieta descalificadora frente al estudio serio y la contrastación con los textos y los contextos.

En cierta derecha española, caló durante los largos años del franquismo la crítica que varios padres de la Iglesia y seglares muy afines a la misma dirigieron contra la metafísica orteguiana por su supuesta falta de fondo religioso y su asistematicidad. La crítica no era nueva, ya en 1935, al cumplirse los 25 años de la toma de posesión de la Cátedra de Metafísica de la Universidad Central, que Ortega ganó por oposición en 1910, desde el diario católico El Debate se dirigieron contra él tales afirmaciones. Fernando Vela, secretario de Revista de Occidene y amigo del filósofo, contestó en El Sol diciendo que para qué querían los del periódico de Herrera Oria que Ortega sistematizara su filosofía si, en cualquier caso, no les iba a convencer porque ellos ya tenían un sistema, el único que consideraban verdadero, el de santo Tomás, y ése no iba a ser, en ningún caso, el del filósofo madrileño.

Por las mismas fechas, Luis Araquistáin, viejo amigo pero distanciado por discrepancias políticas, lanzó desde la izquierda largocaballerista, de la que era principal ideólogo bolchevizante, otra crítica a la filosofía orteguiana por su “aristocratismo” al tiempo que también ahondaba en la supuesta falta de sistematicidad y de profundidad del pensamiento orteguiano. Esta imagen frívola del filósofo encontró su expresión literaria años después en la novela Tiempo de silencio de Luis Martín Santos, y el tópico, acicalado a veces con retórica académica, se sigue repitiendo una y otra vez. Busquen en internet algunos artículos de Rafael Sánchez Ferlosio y verán como destila lo que llama “ortegajos”.

De este modo se ha mantenido viva a derecha y a izquierda la controversia sobre si lo que Ortega hacía era filosofía o literatura, a pesar de las muy serias investigaciones que de la filosofía de Ortega se han hecho. El propio filósofo contestó airado en más de una ocasión, criticando incluso a sus discípulos por no haber sabido apreciar lo que su obra ofrecía y en cambio encontraban en otros autores foráneos. No tengo ningún interés en resaltar una filosofía por el hecho de que sea española, pero del mismo modo no me convence el rechazo de la misma por su nacionalidad. Tampoco tengo ningún empeño en “beatificar” laicamente a Ortega –ni siquiera al modo como ensalzan los franceses a sus grandes hombres–, sino en contribuir a que su obra se estudie a fondo más allá de los prejuicios de partida.

Francisco José Martín me acaba de mandar para un libro que preparamos sobre la filosofía de Ortega una páginas excelentes en las que, en mi modesta opinión, da claves muy fundamentadas para poner fin a la citada controversia, aunque no creo que lo consiga, a pesar de la lucidez de sus ideas, porque todavía hay varias generaciones de académicos a los que les pesa de manera más o menos consciente que en su juventud no quisieron aprender de la filosofía orteguiana, perdiendo así mucho tiempo en retóricas filosóficas menores y, lo que es peor, haciendo perder mucho tiempo a sus alumnos. El argumento central del texto de Martín es que la dicotomía entre filosofía y literatura es falsa porque –añado ya motu proprio siguiendo a mi maestro Agustín Andreu– “para comprender esa difícil realidad que es el hombre, el hombre concreto que somos cada uno, la filosofía tiene que valerse de todos los instrumentos que la naturaleza y la historia han puesto a su alcance, de ahí que sin renunciar a la razón científica también haya que saber mirar al hombre desde la razón vital e histórica, lo que implica a veces observarlo literariamente, líricamente, como gran novelista de sí mismo que es. La metáfora se convierte así en una forma de expresión de la filosofía”.

Son palabras que acabo de escribir para un prólogo de un libro en el que Jéferson Assumção vuelve sobre el análisis de la categoría orteguiana de hombre-masa. Este libro me parece un magnífico ejemplo del interés creciente que la filosofía de Ortega suscita en América y de como la distancia de las estériles controversias españolas puede arrojar luz sobre aspectos fundamentales del pensamiento orteguiano. Assumção es uno de los líderes del Foro de Porto Alegre y ha ocupado distintos cargos en ámbitos culturales del Gobierno de Lula da Silva. Actualmente es viceministo de Cultura del Estado de Rio Grande do Sul. En su libro próximo a publicarse y en su tesis doctoral, aún inédita, plantea, desde La rebelión de las masas, la necesidad de una “pedagogía social” que desemboque en una “Ilustración vital” que tome la cultura no como algo muerto y mero adorno de la educación profesional sino –en el sentido que Ortega le da en Misión de la Universidad– como una respuesta a las necesidades vitales de cada tiempo. Que un joven investigador brasileño vinculado al proyecto político de Lula da Silva y del Foro de Porto Alegre haga esta lectura de un libro tan criticado por la izquierda occidental, y la haga en un sentido positivo, sacando enseñanzas para el futuro, más allá de los viejos tópicos y acusaciones de aristocratismo, pienso que debe tenerse muy en cuenta y debe obligarnos a españoles y europeos a repensar algunas de nuestras creencias. El libro se presentará este otoño en la Feria de Porto Alegre. Les recomiendo sinceramente su lectura.

Los estudios de Jéferson Assumção no son un hecho aislado en Brasil ni en América. Aunque Ortega no sea uno de los autores más presentes en el canon filosófico de las universidades americanas, el interés por su filosofía va creciendo. No creo que sea anecdótico que este año haya tenido la oportunidad de presentar la nueva edición de las Obras completas del filósofo en diversos foros americanos como la limeña Universidad del Pacífico, en Perú; la Feria del Libro de Buenos Aires y la Universidad Católica de Salta, en Argentina; y la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín, en Colombia.

Me ha impresionado la gran asistencia de público que, evidentemente, no movía mi modesta persona sino el tema del que iba a hablar. Las jornadas de Lima –tan exquisitamente organizadas por Ángel Pérez y sus compañeros del Departamento de Humanidades: Martina Vinatea, Jorge Wiesse y Carlos Gatti, encabezados por el rector Felipe Portocarrero– duraron tres días. Siempre hubo más de cien asistentes, entre ellos varios prestigiosos intelectuales peruanos, que llenaron a diario una de las modernas salas de conferencias de la cincuentenaria universidad peruana. Varios medios de comunicación como El Comercio y Radio Programas del Perú se interesaron también por las actividades y dieron noticia de las mismas.

Al acto de la Feria bonaerense acudió más público que al oficial organizado para celebrar el día de España en el certamen aunque en éste se hablaba de literatura, lo que siempre parece más atractivo, pero aquí me agarro para justificar el éxito al encanto de Marta Campomar, la presidenta de la Fundación Ortega y Gasset Argentina, y al buen hacer de su directora Inés Viñuales y de Carmen Grillo, directora de la Fundación Telefónica, que también promovió la presentación. El diario Clarín dijo que era la obra de más peso intelectual que se había presentado en la Feria.

Más asombroso fue encontrarse en la norteña ciudad de Salta, que para un europeo pilla a trasmano de casi todo, a trescientas personas durante los dos días en que compartí mesa con el profesor y buen amigo Roberto Aras. La mayoría eran jóvenes universitarios, alumnos de los profesores que nos invitaban. Los que damos clase sabemos lo difícil que es mover a los estudiantes para que asistan a eventos que no forman parte de la enseñanza reglada y más cuando se organiza en un local lejos de sus aulas habituales. Con mucho entusiasmo tuvieron que hablar de Ortega aquellos profesores los días antes de nuestra visita para que sus alumnos acudiesen en masa. El último día se me acercó un grupo de seis o siete muchachas a pedirme permiso para colgar unas fotos de las conferencias en Facebook y agradecer lo que habían oído. Me hicieron constar expresamente que no eran de la Católica, es decir, que también algunos profesores de la Universidad pública habían incitado a sus alumnos para que fuesen a escuchar qué tenían que decir de Ortega un profesor argentino y otro español.

A Medellín –movido por los profesores Conrado Giraldo Zuluaga y Henry Solano, con los que tantas deudas, y no sólo intelectuales, he contraído– acudí para dar un curso de doctorado a unas veinte personas, que es lo que se me ofreció, pero al llegar me encontré con la necesidad de reconvertirlo en clases magistrales de casi cuatro horas diarias durante seis días porque había más de cuarenta matriculados y además asistían libremente entre cincuenta y sesenta personas más cada día al aula magna de la Facultad de Derecho, lo que hacía inviable que parte del curso consistiese en el análisis y comentario de textos como inicialmente había pensado para algo que creí que iba a ser más bien un seminario.

No traigo estas anécdotas aquí por ningún prurito personal sino porque me parecen síntomas del interés que la filosofía de Ortega suscita en América y pienso que merece una reflexión desde este otro lado del Atlántico porque de América tenemos mucho que aprender. No es casualidad este interés, y me atrevo a lanzar una hipótesis de su posible explicación aunque las causas sean múltiples: la metafísica de Ortega habla al hombre concreto y lo que necesitamos es un nuevo humanismo que vuelva a poner al hombre concreto que somos cada uno de nosotros en el centro de nuestras preocupaciones políticas, sociales, filosóficas, educativas, culturales, económicas... frente a las filosofías que disolvieron al sujeto, lo aislaron en su subconsciente o lo insertaron anónimamente en estructuras sociales con consecuencias políticas que se están viendo. En América, estas filosofías calaron profundamente y han provocado daños colaterales de difícil reparación, porque las ideas, contra lo que piensan algunos, también actúan en la historia, claro está, a través de hombres, para bien y para mal. Ahora aparecen nuevas generaciones que quieren encontrar otros fundamentos para seguir pensando al hombre con el fin de ayudarlo a vivir un poco mejor haciéndolo pensar por sí mismo sin olvidar que toda vida es convivencia.
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)


Normas de uso

Esta es la opinión de los internautas, no de El Imparcial

No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes.

La dirección de email solicitada en ningún caso será utilizada con fines comerciales.

Tu dirección de email no será publicada.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.