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Privatizar beneficios y socializar pérdidas

martes 07 de agosto de 2012, 20:40h
Es un ya viejo slogan a la hora de criticar lo que algunos han dado en llamar “capitalismo de amiguetes”. En esta patética situación, la meritocracia y el mercado no siempre son los mecanismos que se encargan de la distribución de recursos. Y lo que es más grave, la mala gestión no siempre conlleva desaparecer del escenario.

Desde la caída del Antiguo Régimen, el establishment nos ha prometido una y otra vez que tanto el poder político como el económico se repartiría de forma justa, otorgándoles importantes papeles a la confianza y el esfuerzo. A medida que la religión caía de su propio altar, una ola de racionalismo nos argumentó que cada cosa estaba en su lugar. Y nos lo creímos.

La aplicación trucada del neoliberalismo hace que los beneficios, del tipo que sean, acaben pasando siempre a manos privadas. Cualquier clase de enriquecimiento tiene su origen en algo que en un principio no le pertenecía a nadie. La tierra, las materias primas, el agua, el aire, el tiempo, son bienes cuya privatización supone una afrenta a la naturaleza. Apenas podemos considerarnos dueños de nuestros propios cuerpos y encima reclamamos de forma directa o indirecta, la posesión del de otros muchos.

Con su deleznable “buenismo” fiscal, el Sur de Europa ha mimado a quienes han acumulado más riqueza de la que necesitan. Por culpa de la permisividad política hacia estos seres, el mundo entero ha dejado que lo valioso sea sinónimo de dinero, que se pueda calcular siempre en términos monetarios, y que el vil metal quede por encima de todo lo demás. Mezclando ambas actitudes, han obligado a los países a recurrir a un endeudamiento que no necesitaban y que ahora han de pagar con altos intereses. La falta de valor, o quizás de conveniencia, es la que permite que los más poderosos económicamente sigan viendo cómo sus bienes aumentan, mientras el resto de la sociedad tiene que cargar con la factura de un encargo que jamás pidió.

Así, mientras el origen de las diferentes crisis está estrechamente vinculado al error que supone dejar que un puñado de “emprendedores” campe a sus anchas, acumule indebidamente y se enriquezca de forma deshonesta, su solución pasa supuestamente por cargar el muerto al resto de la población. Hasta hace cuatro días el déficit no parecía ser el problema urgente que supone ahora, y la Administración Pública no tenía reparo en desviar el erario hacia las compañías gestionadas por quienes se arrimaban a la política o a los políticos.

Al mismo tiempo, no parece ser un inconveniente que los consejeros de las antiguas cajas de ahorros se queden con ingentes cantidades de dinero sin que esto les suponga la más mínima vergüenza. A los representantes del Estado no se les aprieta el cinturón, quizás por aquello de que han de cobrar generosamente para no caer en la tentación de robar. O quién sabe, puede que sea porque nadie estaría dispuesto al desempeño de semejantes tareas si no fuera a cambio de tan elevados sueldos. Supongo que, al fin y al cabo, sería una vergüenza que nuestros representantes viajasen en taxi, se alojasen en hoteles de tres estrellas, o no disfrutasen de las últimas tecnologías de comunicación, pues se trata de una cuestión de imagen exterior.

Pues si de una cuestión de imagen se trata, la de España en comparación a otros estados de la Unión Europea lleva años siendo patética, y pinta que aún irá a peor. O si no, pensemos en lo que le espera a la sanidad, la educación, la I+D+I, además de la pauperización en general junto a la ostentación innecesaria. Todo ello también no sólo nos representa, sino que afecta de forma esencial a las vidas de millones de ciudadanos.
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