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La opinión y la Red

lunes 13 de agosto de 2012, 20:19h
Es un lugar común afirmar que la democracia se basa en la opinión pública, pero conviene insistir en otro aserto que, quizás, se recuerda menos: La opinión pública es muy anterior a la democracia. Lo subraya Ortega y Gasset en su célebre capítulo 13 de La rebelión de las masas en el que, bajo el incitador título “¿Quién manda en el mundo?” se ocupa de esta cuestión con el apodíctico estilo que le caracterizaba: “Jamás ha mandado nadie en la tierra nutriendo su mando de otra cosa de la opinión pública”. Y añadía: “¿O se cree que la soberanía de la opinión pública fue un invento hecho por el abogado Danton en 1789 o por Santo Tomás de Aquino en el siglo XIII?” No quedan ahí las poliédricas reflexiones del gran maestro sobre la opinión pública, plagadas de afirmaciones a veces provocadoras e incluso contradictorias, pero plenamente vigentes como corresponde a quien es un clásico de nuestro pensamiento. A partir de ahí, añadiremos, que cuando se empieza a configurar el sistema constitucional a finales del siglo XVIII, de alguna manera se redescubre el viejo concepto al que, incluso, se le da entonces el nombre con que ha llegado hasta nosotros. Más aún, a ese nuevo sistema que se va alumbrando se le bautiza con el nombre de “régimen de opinión”. Se quería decir que los gobiernos ya no podían actuar, como hasta entonces había ocurrido, sin tener muy en cuenta la opinión pública, que se convierte en el factor que legitima al poder.

Pero inmediatamente se planteó una nueva cuestión que llenará páginas y páginas desde entonces: ¿Qué es, exactamente, la opinión pública? ¿Dónde está y cómo se la capta? Durante buena parte del siglo XIX, época del sufragio restringido o censitario, en la que la mayor parte de la población carecía de derecho al voto e incluso la palabra “democracia” estaba mal vista, las respuestas a esas cuestiones eran fáciles: Para Bluntschli, un importante autor suizo, la opinión pública se limita a la “de la alta clase media”. Otros la circunscriben a “los mejores” o a los que “piensan” y el propio Bluntschli no vacilará en escribir que “los hombres de inteligencia clara respecto de la vida política y de sus necesidades, en ningún tiempo han sido numerosos”, lo que le lleva a la conclusión de que “la opinión pública puede dejarse confundir por cuitas momentáneas de la masa y puede llegar incluso a ser artificialmente inducida a error”. Muy sabio…pero políticamente poco correcto para este siglo nuestro que se ahoga en la demagogia.

Todo esto cambia como consecuencia de dos fenómenos. En primer lugar, la ampliación del sufragio, hasta llegar al sufragio “universal” masculino a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX, en la mayor parte de los países occidentales, y, ya en el XX, con el logro del voto femenino que hace realidad la auténtica universalidad del sufragio. A partir de entonces, ya es posible hablar de democracia y ningún ciudadano queda excluido, no ya de expresar su opinión (ese derecho es anterior a la democracia) sino de transformarla en voto en la urnas. El segundo fenómeno es el del desarrollo de la Prensa que, inevitablemente y más allá de su función informativa, se convierte en un valioso y codiciado instrumento político. Es más, los periódicos se presentan como los únicos voceros de esa evanescente opinión pública, pero ¿son el espejo que la refleja o la palanca que la mueve? La discusión sigue sin cerrarse y hay respuestas para todos los gustos. Jefferson, antes de llegar a ser presidente de los Estados Unidos, conviene tenerlo en cuenta, pronunció una frase mil veces repetida: “Prefiero periódicos sin gobierno a gobierno sin periódicos”. Pero el mismo Jefferson, al final de su segundo mandato, en 1807, dolido y desengañado por los brutales e injustos ataques de que había sido objeto por la Prensa llegará a escribir: “Nada se puede creer de lo que se lee ahora en un periódico. La verdad misma se vuelve sospechosa al colocarse en ese instrumento contaminado”.

Aquí en España, en la época del socialfelipismose inventó la expresión “opinión publicada” para, despectivamente, contraponerla a la auténtica opinión pública, que sería la que le había dado a González su mayoría absoluta en las urnas. Cierto y falso a la vez porque lo que aparece en los medios –y hay que incluir la compleja galaxia mediática en que ahora estamos inmersos- forma parte, sin duda de la opinión pública, lo que allí aparece son opiniones públicas y publicadas, aunque nunca se puede decir que ningún medio aislado ni siquiera una hipotética resultante de todos ellos sea LA opinión pública, en singular y con mayúsculas. Acertadamente, un excepcional jurista francés, Maurice Hauriou, definió, más bien describió, a la opinión pública como “un océano de discusión”, siempre sometido al imparable vaivén de las olas, al ritmo de las mareas y a las turbulencias, previstas o no, de tormentas, tempestades y galernas.

La posibilidad de acceder a la auténtica opinión pública, si se puede hablar así, recibe un enorme impulso con la aplicación a este ámbito de las encuestas por muestreo que, si se utilizan adecuadamente las normas estadísticas, los principios del cálculo de probabilidades y la ley de los grandes números, son un excepcional instrumento para fijar la opinión pública en un momento dado sobre un tema concreto. Pero no deja de haber muchos problemas porque detectar opiniones es mucho más complicado que determinar el número de hogares que tienen frigorífico, por ejemplo. Como dice una sabia profesora americana, Doris Graber, con mucha frecuencia las encuestas no detectan opiniones prexistentes, sino que crean opiniones a botepronto o instantáneas, que en la misma persona entrevistada desaparecen tan pronto como el encuestador termina su tarea. Por eso Graber dice que con las encuestas se construye a menudo “una seudoopinión pública”. Añadamos a todo ello el uso interesado que se hace de las encuestas, desde la elaboracióndel cuestionario a la llamada “cocina” y nos sumiremos, necesariamente, en un sano escepticismo. Dan risa esas encuestas sobre popularidad de políticos en las que determinadas y respetables personas que, obviamente, son conocidas como mucho en un determinado territorio y que no soportarían un sondeo de conocimiento real de alcance nacional, aparecen como más populares que políticos nacionales que conoce (casi) todo el mundo, con independencia de que sean más o menos amados u odiados. Y es que como ha dicho alguien que ahora no recuerdo, las encuestas deberían ser aviones de reconocimiento, pero se han convertido en aviones de bombardeo. Lo comprobamos casi a diario.

Al llegar a este punto, someto al amable lector la cuestión de las redes sociales de tan candente actualidad. ¿Son la opinión pública, como algunos quieren hacernos creer? Si se aplican las reflexiones anteriores, me parece que la respuesta es clara y obvia y tiene que ser un contundente NO. Por muchas razones en las que ahora no podemos entrar, es evidente que quienes participan en las redes sociales no son un segmento de la población total, ni los porcentajes de opiniones expresadas en ellas, en un sentido u otro se pueden considerar como reflejo fiable de la distribución de opiniones en el conjunto de la sociedad. Como sucedía con las venerables y ya casi superadas cartas al director de la prensa escrita o las llamadas de oyentes a las emisoras de radio, el tipo de persona que se dedica a tan respetable actividad no se puede estimar como reflejo de una opinión generalizada. Aparte, claro está, de que son habituales campañas debidamente organizadas, orquestadas, en un determinado sentido por grupos de todo tipo, al servicio de sus intereses, incluidos, por supuesto, partidos políticos, pero no solo. Es muy fácil crear un trendingtopic. Lo peor es que se crean también noticias falsas, juicios paralelos y que se produce una peligrosa desprofesionalización de la información, fenómeno que conocemos mal pero que, a la larga, solo puede tener consecuencias deletéreas.

Añadamos a todo ello la irresponsabilidad que facilita el frecuente anonimato, lo que hace de las redes un instrumento seriamente contaminado. Vivimos un preocupante momento de deslegitimación de las instituciones, pero mal va esta sociedad si apostara por la supuesta “legitimidad” de las redes sociales o de las movilizaciones callejeras “espontáneas”, digitalmente promovidas .El tema está abierto y va a exigir mucha reflexión pero, de momento, debe quedar algo muy claro: Las opiniones que aparecen en la Red, en los diversos formatos, con que se puede acceder a ella, son opiniones, ni más ni menos respetables que otras y con muchas cautelas respecto a su valor cuantitativo, pero en ningún caso son LA opinión pública, que es un fenómeno mucho más complejo. Detectar opiniones por medio de encuestas ya hemos dicho que presenta problemas, pero fiarse de las redes supone un neto salto atrás porque su carácter científico es inexistente, pese a su modernidad tecnológica. Además, había que preguntarse si la famosa “sociedad conectada” no es, cada vez más, una sociedad alienada.
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