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Lectura (estival) sobre la decadencia (I)

José Manuel Cuenca Toribio
martes 14 de agosto de 2012, 18:10h
Como saben los lectores de un periódico que en su primera singladura se ilustró con la firma juvenil de D. José Ortega y Gasset, el pensador madrileño gustaba sobremanera de ejemplificar con la historia de Roma no pocos de los acontecimientos de rango intelectual o político destacados de los que su hechizadora pluma se ocupase en las incesables meditaciones a que se entregara, a la husma siempre de la intelección de los grandes procesos sociales que conformaron su tiempo y el de épocas pasadas. Los orígenes de la ciudad de las Siete Colinas y el ocaso de la Urbe imperial fueron también, a gran distancia, las etapas a que recurriese preferentemente en ratificación o iluminación de sus tesis sobre fenómenos de tal entidad como la formación del Estado o el declive de los imperios así como de otros de no menor trascendencia, a la manera, verbi gratia, del orto y consolidamiento del deporte en la heredera más directa de Roma -después claro es, de España…- que no fue otra que Gran Bretaña, nación que rivalizara con Alemania a la hora de atraer la admiración histórica contemporánea del autor de La rebelión de las masas.

Curiosamente fue el imperio de los césares y no el helénico el que suscitase en él tal imantación y simpatía. La causa cabe buscarla en el interés absorbente que provocase en el escritor de El hombre y la gente el tema del poder, su definición y plasmación, que Ortega creía encontrar, en su manifestación más completa , en el discurrir de Roma, desde su mítica fundación por Rómulo y Remo hasta su ocaso casi un milenio más tarde. Con ello, por lo demás, no hacía otra cosa que alinearse en la gran tradición inglesa, inaugurada en el XVIII con la célebre obra de Gibbon (1737-94), clásica entre las clásicas, Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano.

Aunque viviese y se identificara ad integrum con el fastigio de la revolución científica del periodo intersecular, el autor de comenzó a ser invadido por la intuición de la decadencia del Viejo Continente antes incluso de que Gran Guerra llegara a su término. La reflexión continua si no permanente en punto a la de su propio país y sus principales jalones o hitos contribuyó, sin duda, a familiarizarlo con los signos de una postración denunciada resonantemente en uno de los libros más famosos de la bibliografía de la primera mitad del siglo XX, el salido de la pluma un mucho apocalíptica del bávaro Oswald Spengler. Tanto el intelectual germano como el español mostraron, no obstante, una inclinación inembridable por el oficio de Casandra, al adelantar en más de unos decenios el eclipse o, por mejor decir, el rapto de Europa, según el título y, sobre todo, el deslumbrante estudio de uno de los discípulos más pedisecuos y a la vez preteridos del fundador de la Revista de Occidente, el riojano Luis Díez del Corral.

Angustiado por la aparición de la “coleta del chino” en las marcas del feneciente imperio de los zares, Ortega llamaría a rebato en defensa de la civilización occidental a unas elites cada vez más dimitidas de su función social y misión histórica. En tal coyuntura –el comunismo, de impronta, para algunos comentadores, asiática por el protagonismo axial de las masas en su dogma y mensaje, no provocó, extraña y sorprendentemente, ninguna alusión en su obra coetánea-, era lógico que el comercio asiduo con los especialistas en la historia de Roma, constituyese alimento cuotidiano de su pensamiento y escritura.

En una coyuntura conturbada no sólo por la declinación de Europa, sino por su misma almoneda, resulta normal y hasta obligado engolfarse en páginas y libros que describen, con acribia y autoridad, la trágica andadura que condujo a la desaparición del mundo y la cultura forjados por Roma.
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