Si es vd. conservador, vd. es tonto: lo dice la ciencia
sábado 25 de agosto de 2012, 18:17h
La naturaleza científica de la psicología política es como el Yeti: quizá exista pero nadie ha podido demostrarlo hasta la fecha. Una de las cosas que alimentan la duda es la facilidad con la que muchos de sus practicantes deslizan sus opiniones y preferencias en las conclusiones de sus trabajos, o dicho de otro modo con cuánta frecuencia aquéllas aparecen sesgadas. Eso es algo que también ocurre en otras ciencias sociales y del comportamiento, pero resulta más fácilmente detectable (si alguien se toma la molestia de tratar de encubrirlo, que no siempre ocurre) porque no usan habitualmente el aparato experimental que ponen en juego los psicólogos de la política. Un campo especialmente atendido en esa área de la psicología es el de la personalidad y en un porcentaje abrumador los trabajos se diseñan para ratificar determinados prejuicios sobre las actitudes o los comportamientos de quienes, para no perderse en matices, cabe llamar conservadores o de derechas, y las conclusiones no suelen ser lisonjeras con quienes sostienen opiniones políticas de ese signo.
La cosa viene de atrás, por lo menos desde que bajo el nombre de Theodor Adorno se publicó en 1950 “La personalidad autoritaria”. La verdad es que Adorno, que había llegado a los Estados Unidos poco antes por la dispersión de la Escuela de Frankfurt, no tenía mucha idea de psicología social y experimental, y sólo participó tangencialmente en las conclusiones del estudio que en torno a la cuestión venían desarrollando psicólogos americanos. El libro dibuja un modelo de personalidad forjada en la infancia por la sumisión a padres autoritarios, lo que no deja de ser una tautología, y caracterizada por la rigidez, el prejuicio y la intolerancia. Hace mucho que quedaron demostradas las fallas metodológicas de aquel estudio, el sesgo de los cuestionarios, lo viciado de la muestra, lo inconsistente de las conclusiones, lo cuestionable de los conceptos, pero sigue siendo un clásico y sus versiones simplificadas (con el original pocos se atreven) circulan por universidades. Cardinal en la obra es la presentación de una escala F, con efe de fascismo, con la que medir supuestamente la proximidad a esa ideología y sus prácticas de determinadas formas de personalidad. Y también la idea latente de que mantener comportamientos basados en principios morales tradicionales y concepciones jerárquicas de la sociedad es una patología. Pero, en suma, en aquel libro se venía sostener, por un lado, que una personalidad conservadora era sólo un grado bajo en la escala del fascismo, sin contemplar la posibilidad de la personalidad autoritaria de izquierdas, y por otro que un sujeto era conservador porque así le hacía el medio social, por la familia y la educación.
La ciencia, que no para de avanzar hasta en psicología política, ha superado últimamente ese paradigma, y ahora algunos viene sugiriendo que el individuo conservador no se hace, sino que nace. Y nace menos datado intelectualmente por la naturaleza que los individuos progresistas o de izquierdas, es decir que alguien es conservador por no ser lo suficientemente listo. Estas cosas, que aquí se simplifican un poco, pero sólo un poco, no se consignan en la infraliteratura ocupante y gordillera, sino en publicaciones académicas aparentemente serias. En ellas se sostiene, sobre supuesta base experimental, por ejemplo, que los sujetos de ideas conservadoras son menos ágiles que los de ideas opuestas a la hora de reconocer imágenes, o son menos curiosos o menos receptivos a la novedad, o se aducen resultados tomográficos para asegurar el distinto funcionamiento de determinadas áreas cerebrales ante unos u otros estímulos. Si no parece estar claro que esas disparidades existan, menos lo está que puedan relacionarse con las opiniones políticas y sociales de los sujetos. Pero el asunto da de si lo suficiente para haber llegado a la literatura de vulgarización, como el recién aparecido libro de Chris Mooney, “El cerebro republicano”, republicano en su acepción norteamericana, es decir, conservador.
Mooney es un especialista en divulgación científica que tiene entablada una particular guerra contra el conservadurismo sobre el supuesto, muy ilustrado, de que en ese sector de pensamiento se niega la evidencia científica universal y sistemáticamente, como mostraría el escepticismo de muchos conservadores hacia la tesis de que el calentamiento global sea un fenómeno excepcional, necesariamente catastrófico y de origen antrópico, y en general por su renuencia a reconocer que los progresistas tiene razón en todo. Su conclusión es que los conservadores están desintonizados de la realidad y que eso se explica por fundamentos neurológicos que ocasionan una forma distorsionada de percibirla, y una resistencia especial a los datos que contradicen esa percepción. Aunque hace equilibrios para no decirlo así, viene a insinuar que se trataría de una forma de enajenación. Quizá por eso, leyendo ese libro, uno tiene una incómoda sensación de dejá vu y le asalta el recuerdo de la pseudo-psiquiatría soviética, la variante de la panoplia represiva de aquel régimen con la que se destrozaba la personalidad y la salud mental de los disidentes que se resistían a reconocer la realidad oficial, es decir que el soviético era el sistema más próspero y justo posible, demostrando así su trastorno esquizofrénico. Salvadas las distancias, claro, pero tampoco son tantas si bien se mira.
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Catedrático de Historia del Pensamiento Político
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