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El corazón de los más pobres

martes 04 de septiembre de 2012, 20:17h
Tal día como hoy hace 15 años alguien dijo: “desde hoy hay en el mundo menos amor, menos compasión y menos luz. El mundo está triste”. No, no era Cristiano Ronaldo sino Jacques Chirac, el entonces presidente francés, y se refería a la muerte de la Madre Teresa de Calcuta, acaecida el 5 de septiembre de 1997. Tenía razón. Gente así es imprescindible, y sin ella hoy todos estamos un poco más huérfanos. Por suerte, queda su ingente legado de amor, consuelo y alegría, que se hace patente en cualquier lugar donde hay algún necesitado.

Todo empezó en Irlanda. Allí fue a parar en 1928 una joven albanesa llamada Gonxha Agnes, con intención de profesar en el convento de las Hermanas de Loreto. Ese mismo año tomó los hábitos y recibió el nombre de Hermana María Teresa, en honor a Santa Teresita de Lisieux -patrona universal de las misiones, y conocida por su alegría y sencillez- para, poco después acabar en el colegio Santa María de Calcuta. Pero sería en 1948, durante un viaje en tren a Darjeeling, cuando empezaría a revelarse la verdadera magnitud de alguien que acapararía todo tipo de distinciones -entre ellas el Nobel de la Paz- y aunaría en torno a ella una admiración tan unánime como merecida.

Cualquier occidental que haya estado en los suburbios de Calcuta -o de tantas otras ciudades de Asia o Africa- se habrá dado cuenta de lo que es la miseria con mayúsculas. En Benarés, por ejemplo, hay mendigos que piden limosna no para sobrevivir, sino para pagarse su propia cremación, a sabiendas de que ese es el horizonte mejor al que pueden aspirar. Sólo en India, más de 400 millones de personas viven por debajo del umbral de la pobreza. Madres solteras con hijos a su cargo sin tener qué ofrecerles y sin más posesión que los harapos que llevan puestos. Gente que malvive en la calle, a la intemperie y sin siquiera un techo bajo el que cobijarse. Enfermos, recién nacidos y disminuídos abandonados por los suyos a su suerte. Son muchos, muchísimos, pese a que desde el primer mundo apenas reparemos en que existen.

Todos ellos son atendidos a diario por las Misioneras de la Caridad. En 1997, cuando falleció Madre Teresa, eran más de 4.000 distribuidas en más de 600 casas de acogida por 123 países. “Sólo el amor al prójimo es el verdadero amor, y lo que hay que hacer es traducirlo en actos”, decía. Y hacía; además, siempre con una sonrisa. Por eso hoy hay leprosos, enfermos de sida, ancianos y vagabundos que saben que no morirán solos, sino confortados por las sisters. Discapacitados que serán cuidados y mimados mientras vivan. Y niños de infancia truncada por guerras o violencias de todo tipo con un futuro de esperanza gracias a la educación que recibirán en cualquiera de sus casas. “No es tan importante lo que uno hace sino cómo lo hace, cuánta alegría y amor pone en ello”. Una gran receta para tiempos de crisis.

Antonio Hualde

Abogado

ANTONIO HUALDE es abogado e investigador de la Fundación Ortega y Gasset

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