A turistas y visitantes se les hace firmar, para entrar en los Estados Unidos de América, que no intentarán...
A turistas y visitantes se les hace firmar, para entrar en los Estados Unidos de América, que no intentarán asesinar al presidente. José María Pemán afirmaba que le parecía innecesario porque ya se encargan los propios estadounidenses de cumplir con esa función sin necesidad de colaboraciones extranjeras. Lincoln en 1865, Garfield, en 1881, Mc Kinley, en 1901, y Kennedy, en 1963, resultaron vilmente asesinados en el ejercicio de su cargo. Reagan sobrevivió en 1981, cuando ocupaba la Casa Blanca, y Roosevelt también sobrevivió en 1912 siendo expresidente.
Donald Trump ha sido obsequiado por sus compatriotas en los últimos años con tres atentados. El primero de ellos le mutiló una oreja. Tuvo la suerte de escapar a una muerte segura. Thomas Crooks era un excelente tirador. Algunas muertes raras de presidentes, por cierto, Taylor y Harding, se mantienen todavía como sospechosas de asesinato.
Trump ha dado de forma inmediata la visión que más le favorece del intento de asesinato que alarmó al mundo durante la cena de ayer en Washington: que Cole, Thomas Allen es un lobo solitario. Ya veremos.
Donald Trump tiene todavía muchos partidarios, pero los enemigos dentro y fuera de Estados Unidos le crecen como hongos. No se puede descartar que haya mar de fondo tras este intento de asesinato. Hay, en todo caso, que afirmar: con Trump se puede coincidir o discrepar y se puede terminar con él, pero democráticamente, ganándole las elecciones. El magnicidio es rechazable. Hay que condenar la violencia en cualquier caso y venga de donde venga.