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Entrenadores sexuales

José María Herrera
sábado 08 de septiembre de 2012, 21:12h
La gente, en general, considera un gran progreso el desenfado con que hoy se habla de sexo. Cosas que antiguamente solían ocultarse en el ámbito de la intimidad, bien protegido por la malla del pudor, se abordan ahora con desenvoltura en la conversación cotidiana. ¿Hemos acabado con los tabúes sexuales o se ha producido más bien un desmoronamiento de nuestra intimidad?

La respuesta a esta pregunta depende naturalmente de en qué dirección orientemos la mirada, aunque lo más probable es que hayan ocurrido ambas cosas a la vez. Por una parte, el hombre actual no quiere saber nada de las cosas superiores, aquellas que no tienen sustento en la naturaleza; por otra, lo social, fortalecido por el éxito de la visión científica, es decir, del conocimiento objetivo y colectivo de la naturaleza, y de los medios de comunicación de masas que lo difunden, ha cobrado tal relevancia que la persona ya no sabe qué hacer con su propia experiencia personal. Cosas que antes dependían de ésta ahora se confían a especialistas que nos ayudan a verlas desde el principio como son, objetivamente, sin esa pesada rémora que es tener que descubrirlas viviendo.

El ámbito erótico, que antes dependía fundamentalmente del amor, la más íntima de las experiencias, no es ajeno a esta tendencia objetivadora. Desde el siglo XIX, se insiste en que las verdaderas motivaciones humanas se asientan en los deseos naturales del organismo y que los ideales de la tradición, todo eso que antes se identificaba con la “cultura humanística”, son un velo de maya que los enmascara. El lugar de la poesía en un mundo científico es … ninguno. Al tiempo que los grandes mitos románticos se derrumban empujados por la ciencia, ésta ha acabado con el problema de la concepción indeseada, obstáculo principal para despojar al sexo de trascendencia, y ha puesto a disposición de la humanidad recursos afrodisíacos que reducen al absurdo toda la palabrería de nuestros antepasados. En los países progresistas la desmitificación ha ido incluso acompañada de medidas pedagógicas encaminadas a inculcar la idea de que la actividad sexual no es nada distinto de la actividad digestiva o excretora y que la verdadera ilustración consiste en asumirla como otra función corporal más. Proyecto ejemplar en este sentido fue el memorable taller de masturbación de Extremadura. Un paso más es el que se está dando ahora con la aparición de la figura del sex coach, el entrenador sexual, una especie de instructor encargado de mejorar el rendimiento sexual de las parejas.
Aunque todavía se sabe muy poco de la nueva profesión, parece que los entrenadores sexuales están más cerca del preparador físico que del sexólogo. Su misión no es aconsejar a quien lo necesita, sino mejorar el rendimiento de las parejas interesadas en disfrutar de una intensa vida sexual. Cualquiera que haya pensado un poco sobre estas cosas es consciente de que entre una sexualidad pedestre, autodidacta, propia de los tiempos en la que se llegaba virgen al matrimonio, y una sexualidad cultivada, científica, debe haber la misma diferencia que la que hay entre tocar de oído y hacerlo leyendo una partitura. Un tipo bien dotado quizás llegue a extraer de la nada, por puro talento, una pieza de mérito, pero es imposible que logre tocar una sonata de Beethoven, cosa que sin duda podrá conseguir después de varios años de estudios en el conservatorio. Pues bien, si recurrimos a los maestros de música para alcanzar un cierto dominio de nuestro instrumento, ¿por qué no hacer lo mismo en el orden erótico?

Esta es la idea. Lamentablemente, no les puedo decir mucho más. Lo único que sé es lo que he visto es una foto de una sesión. En ella se ve al sex coach observando con frialdad las evoluciones amorosas de una pareja abrazada en una cama. Imagino que de vez en cuando abandonará su mutismo e interrumpirá el juego para dar instrucciones - “esa mano allí, la pierna de ese otro modo; ataca por el flanco”-, o quizá espere a que se produzca un descanso para hacer lo que los entrenadores de baloncesto: sacar una pizarrilla de los chinos, llenarla de garabatos mientras emite sus consejos y luego jalear al equipo para que salga de nuevo a la cancha. El gesto, en la foto, es, desde luego, de circunspección, parecido al de un sacerdote en el confesionario. Evidentemente, el grave asunto que tiene entre manos –en realidad, para ser precisos, son los clientes los que tienen las manos en él- le obligan a abstraerse del todo. No digo que, a semejanza del entrenador de fútbol, no pueda también sentir el juego, pero las reglas exigen que permanezca en el banquillo, animando a los jugadores, corrigiéndolos y tal vez vitoreándolos cuando metan lo que haya que meter. De sus tácticas, si existen, tampoco sé nada, aunque me figuro que habrá entrenadores partidarios del tiqui-taca y entrenadores proclives al catenaccio, todo depende, desde luego, de las cualidades innatas de los jugadores. Investíguenlo ustedes si les interesa el asunto, a mí, que quieren que les diga, me aburre tanta tontería.

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