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Una tarde en el museo

José María Herrera
sábado 15 de septiembre de 2012, 19:38h
Al fin pude ver la exposición de Edward Hopper, mejor dicho, darme de codazos con la muchedumbre que se amontonaba frente a sus cuadros. ¡Madre mía qué expectación!, ¡y qué entusiasmo! Los vigilantes no daban abasto, en particular una empleada muy bravía que pedía silencio a grandes gritos. A poco que alguien hablara un pelín más alto de la cuenta corcoveaba como el minotauro y emitía un graznido que quedará ligado para siempre en mi memoria a los fulgores del artista americano. “!Pues no haber permitido que entrara tanta gente!”–le espetó con toda razón un señor que se dio por aludido. Por poco no viene la guardia civil. Los museos, a la vez que intentan atraer a las masas, pretenden que los espectadores guarden un silencio sepulcral mientras pasean por ellos. Se ve que como el arte ha muerto hay que comportarse igual que en un velatorio. Yo no digo, por supuesto, que no se exija cierta educación, pero de ahí a impedir que la gente intercambie impresiones delante de una pintura hay un salto más que notable. Vale que se sea estricto en los conciertos, tan caros a los bronquíticos, pero en un museo me parece una pedantería.

Precisamente una de las gracias de las exposiciones son los comentarios del público. Se aprende mucho sobre la sociedad en que vivimos escuchando a la gente explicar lo que ve. Yo todavía me estoy riendo de lo que le oí a cierta señora mientras observaba uno de los cuadros de Hopper, una pintura en la que aparece al empleado de una gasolinera descansando en una silla, con un cigarrillo en la mano, mientras una mujer, presumiblemente la suya, protesta por algún oscuro motivo desde una ventana. La señora que les digo exclamó indignada a la amiga que la acompañaba: “Hay que ver el tipo, fumando en una gasolinera”. Si aquel mal pintor del Quijote tuvo que colgar bajo su cuadro un letrero que decía “esto es un gallo”, los gestores del Thyssen deberían poner debajo de la gasolinera de Hopper otro diciendo “esto es un cuadro”. Hay que evitar confundir a los ciudadanos, no vayan a pensar que está permitido fumar en las exposiciones.

La idea de reunir montones de obras de arte en un lugar y abrirlo al público de pago a fin de que participe de las fruiciones más elevadas del espíritu es relativamente reciente. En la época en que la mayoría de estas colecciones se formaron sólo los aristócratas tenían acceso a ellas. A estos les parecía lo más normal del mundo porque creían que el gusto era privativo de una clase de hombres, aquellos que poseían la nobleza porque la habían heredado. Ni siquiera se les pasaba por la cabeza que al resto pudiera interesarle la contemplación de la belleza. Los ilustrados, responsables de la caída del orden aristocrático, rechazaron que hubiera diferencias entre las personas por motivo de nacimiento, igualándolas de acuerdo con la razón, común a todos. Por supuesto, sabían que también en este orden hay desigualdades, pero confiaban en el progreso y soñaban con que un día todos los seres humanos alcanzarían el buen gusto, esto es, la razón de los sentidos. Los ilustrados albergaban unas expectativas muy elevadas sobre las posibilidades del ser humano. El hombre masa, ese que hoy llena los museos, dista mucho sin embargo de haber desarrollado un gusto estético infalible. Lo que sí parece que ha hecho es creer en la infalibilidad de su gusto y sus opiniones. De ahí la actitud de la señora de antes, incapaz de ver en el oleo de Hopper otra cosa que lo que ella puede comprender y juzgar.

La posibilidad de entender depende en buena medida de la conciencia de que también puede ocurrir que no lo hagamos, pero esto es algo que no se le pasa por la cabeza al hombre de hoy. Este siempre comprende y por eso nunca pregunta, juzga. Lleva en su interior una vara de medir y se limita a aplicarla. Esa vara de medir suele coincidir también en nuestra época con un cierto sentido de la decencia. Nos burlamos de la beatería de nuestros antepasados, pero la nuestra no le va a la zaga. Sólo han cambiado los motivos. Recuerdo haber leído que alguien solicitó la retirada de un cuadro de Max Ernst en el que aparece la Virgen dando una azotaina al niño Jesús. El motivo no era la irreverencia de la imagen, sino el regodeo del pintor con el maltrato infantil. Quizá pronto alguien pida que se haga lo mismo con el cuadro de Hopper. Y eso sin hablar de cómo se guasea de la condición femenina ridiculizando el enojo menstrual de la esposa del gasolinero, una afrenta de esas de la época anterior a la liberación, cuando eran los hombres los que se hincaban de rodillas delante de las señoras.
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