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Lecciones de ética: los ocho valores de la Transición

miércoles 19 de septiembre de 2012, 20:16h
Había una vez un reino con serios problemas. Sus gentes se habían acostumbrado a vivir por encima de sus posibilidades con lujos innecesarios tales como hogares, trabajo, educación, sanidad, televisores de plasma y teléfonos “inteligentes”. Por ello, un fatal hechizo cuyo origen se desconoce por completo los condenó a renunciar a todo al mismo tiempo. Pero no todo iba a ser mala fortuna ya que su rey, afligido por la situación al verse rodeado de penurias, decidió coger un manual de términos cliché para inspirarse y escribir unas hermosas palabras de ánimo hacia su pueblo cargadas de sabiduría y determinación. He aquí uno de los pasajes que más conmocionaron a quien escribe, ya que pudo ver en él una crítica voraz, atrevida y deseosa de un verdadero cambio: “Hemos de recuperar y reforzar los valores que han destacado en las mejores etapas de nuestra compleja historia y que brillaron en particular en nuestra Transición democrática”.

El trabajo. Aquél que reclaman millones de ciudadanos para poder articular sus vidas. Una lástima dicho reclamo aún haga rerencia al formato “empleo”, lo que les convierte en potenciales víctimas de la palabrería que esgrimen los charlatanes. Una lástima que las barreras del sistema imperante promuevan el trabajo asalariado en vez del trabajo digno. Aún debemos aguantar horribles generalizaciones hacia la población desempleada a través de ignorantes comentarios. Y si algo de razón hubiera en ellos, generarían una fuente de reflexión valiosísima sobre esa gran enfermedad que son las actividades remuneradas mal llamadas “trabajo”.

El esfuerzo. Como el que realizan los ahorradores, si es que pueden permitirse tal lujo, que ven a una horda de avariciosos jugar al casino con el empeño ajeno. Como el que realizamos al pagar contribuciones, impuestos y tasas abusivas con ánimo de obtener una seguridad y unos beneficios que se verán tachados injustamente de paternalismo.

El mérito. Del cual carecen numerosos personajes de altos vuelos, ocupando puestos sobrerremunerados ya sea en la vil política o figurando como monigotes en consejos de entidades que no dudarán en indemnizar su partida con obscenas recompensas jamás merecidas. ¿Mérito? El que tiene robar descaradamente sin ni siquiera agachar la cabeza, clamando una inocencia imposible de creer.

La generosidad. La que nos han negado quienes dicen ser la solución a todos nuestros problemas, al perdonar a quienes más tienen el deber de aportar su correspondiente cuantía. Generosidad... la que muestran cientos, miles de ciudadanos arriesgando su pellejo al reclamar semana tras semana un auténtico cambio.

El diálogo. Aquél que está ausente por completo en el sistema político español. Aquél del que presume esa presunta democracia que sigue sin generar nexos profundos y verdaderos con la ciudadanía, porque a quien realmente sirve es a una raza de aristócratas obcecados.

El imperativo ético. Que nos enseña a dimitir cuando hay que dimitir, a ceder cuando hay que ceder, a reconocer los errores y a comprender al otro. El imperativo que como su propio nombre indica, nos obliga, nos conmina a no cerrar los ojos ante las crueles verdades que acechan más allá de los relucientes despachos, a saber lo que es el desahucio, la miseria, el desamparo y la desesperación.

El sacrificio de los intereses particulares en aras del interés general. Y aquí han de incluirse los intereses de cualquier particular; no olvidemos aquello de que todos somos iguales pero unos son más iguales que otros. Y es por ello que ahora más que nunca, es cuando ha de desenmascararse a quienes tratan de aprovecharse de los demás especialmente en los momentos de mayor dureza. Seamos adultos y aprendamos ya que el “interés general”, no es el que generan préstamos y depósitos. Ni si quiera es políticamente correcto emplear dicho término en un sistema como el actual.

La renuncia a la verdad en exclusiva. Quizás la salida a la “crisis” no sea esa que plantean las víctimas de la “numerofilia” que controlan Europa. Quizás eso que llaman “crisis” (término inadecuado que denota la posibilidad de recuperación) sea más bien el estado crítico de una enfermedad llamada capitalismo. Quizás en vez de atender a unos índices que nos engañan, debamos replantearnos los valores que nos gustaría que orientasen nuestras vidas. Quizás.
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