Merkel y Hollande y el latido de Europa
lunes 24 de septiembre de 2012, 07:35h
En septiembre de 1962, hace ahora cincuenta años, el presidente francés Charles De Gaulle pronunció un discurso en Ludwigsburg -localidad a unos doce kilómetros de Stuttgart-, enteramente en alemán, pese a que había dicho que jamás volvería a hablar esa lengua. Esta visita, en la que fue recibido por el presidente germano Konrad Adenauer, convirtió a De Gaulle en el primer jefe de Estado francés que pisaba suelo alemán, y supuso el definitivo acto de reconciliación entre Francia y Alemania, enfrentadas a muerte en la hecatombe de la Segunda Guerra Mundial.
Hoy, afortunadamente, no hay en el Viejo Continente enfrentamientos bélicos ni amenazas en este sentido. Pero sí atraviesa por uno de sus momentos más delicados, en el que muchas cosas están en juego, incluyendo la propia supervivencia de la Unión Europea. Para conmemorar el aniversario de la reconciliación de sus dos países, el presidente francés François Hollande, y la canciller alemana Angela Merkell se reunieron en el mismo escenario donde habló De Gaulle. El encuentro, aparte de su significado simbólico, era esperado con expectación, dado que no es precisamente la buena sintonía lo que caracteriza la relación de los dos mandatarios. Y no derrocharon precisamente emotividad, a pesar del lugar donde se encontraban, aunque sí hicieron gala de una bonita retórica, avivando la llama europeísta –curiosamente los nietos de De Gaulle y Adenauer militan en partidos euroescépticos-, y señalando, entre otras cosas, que Alemania y Francia forman el corazón de Europa.
Sin embargo, no llegaron absolutamente a ningún acuerdo concreto, más allá de apostar en abstracto por luchar juntos frente a la crisis. La gravedad de la situación en Europa exige de sus dirigentes algo más que retórica, y, sin duda, el mantenimiento y empuje del eje franco-alemán resulta decisivo para que la zonaeuro no se descalabre de manera definitiva. Y no hay mucho tiempo, por lo que los hechos, con acuerdos concretos, deben prevalecer sobre las meras palabras. El eje franco-alemán tiene que tener fuerza suficientemente y aunar esfuerzos para que Europa no se despeñe. Y en esa capital tarea todos los demás países del Viejo Continente tienen también que cumplir su parte. El latido de Europa, de toda Europa, con siglos de Historia a sus espaldas, no puede detenerse.