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Suárez, desde el presente

Luis de la Corte Ibáñez
lunes 24 de septiembre de 2012, 20:11h
Este 25 de septiembre cumple ochenta años don Adolfo Suárez. Mucho cabría decir del primer presidente democrático surgido de las cenizas del franquismo. Aunque, ante todo, rememorar a Suárez es evocar el proyecto de lo que Francisco Umbral solía llamar, con alguna ironía y mucha sorna, la Santa Transición.

Podría decirse que la transición ha vuelto a ponerse de moda. Para unos, como una nostalgia de tiempos mejores (aunque difíciles e inciertos). Para otros, porque creen quedar como muy progresistas, muy derechistas o muy inteligentes cuestionándola, rechazándola o proponiendo su rectificación. Sin atribuirme ningún criterio superior en el asunto, me reconozco, todo lo humildemente que se quiera, como “santificador” íntimo de la Transición, uno más de los que brotaron al consumarse aquélla, siguiendo el hilo de su primer relato oficial. Si se aspira a la objetividad es aconsejable dudar de los relatos oficiales, pues estos tienden a la legitimación de lo acaecido, a distorsionar el pasado dulcificándolo. Pero ni todos los relatos oficiales distorsionan igual ni la prudencia de ponerlos en cuestión obliga a rechazarlos de pleno y por defecto.

Durante la transición se cometieron errores. ¿Quién puede dudarlo? Sus forjadores y responsables pudieron equivocarse y lo hicieron en alguna medida, empezando por el mismo Suárez y terminando por todos los ciudadanos de a pie que apoyaron el proceso. Esto se ve cada vez más claro gracias a la perspectiva que ahora aportan el paso del tiempo y la coyuntura de tensión, incertidumbre y crisis que hoy atraviesa España. Pero, a pesar de ello, a algunos la actual circunstancia española no deja de provocarnos cierta añoranza de personajes como Adolfo Suárez. Si miramos a nuestra clase política no encontraremos, desde luego, un carisma comparable al suyo. Pero más allá de ese factor de atracción se echa de menos, sobre todo, el famoso “espíritu de la transición”, expresión nebulosa y vaga con la que solía apelarse a una disposición, una actitud simple y esencialmente conciliatoria y patriótica a la que se vieron abocadas las élites políticas y el conjunto de la sociedad española tras la desaparición del general Franco y el establecimiento de una monarquía parlamentaria con voluntad de permanencia y aspiración democrática.

Se recuerda poco que las divergencias ideológicas que distinguieron entre sí a las variadas facciones políticas que condujeron el proceso de la transición fueron muy superiores a las que separan a los partidos de nuestros días (excepción hecha, claro está, de las fuerzas nacionalistas). Los franquistas más o menos reciclados (de ahí venían Suárez o Fraga, entre otros) coexistían, parlamentaban y llegaba a componendas y acuerdos con una izquierda aun escasamente reciclada (sobre todo en el ámbito del PCE); el primer partido que llegó al gobierno, la UCD liderada por Suárez, configuraba una amalgama en la que convivían sensibilidades y posiciones ideológicas bien distintas, como hasta cierto punto ocurrió también a su derecha e izquierda más próximas (Alianza Popular y PSOE, respectivamente). A diferencia de entonces, ningún socialista sueña ya con abolir el capitalismo ni ningún diputado de derechas puede ser acusado hoy con rigor de pretender abandonar a los ciudadanos a los vaivenes del mercado ni de promover la xenofobia (a diferencia, por cierto, de lo que ocurre en el resto de Europa). Sin embargo, lo que sobrevino a la transición fue la crecida de un partidismo y un sectarismo político irrestricto y atroz. Partidismo entendido como una propensión generalizada en el ámbito profesional de la política a adoptar como objetivo primero y último la toma y el mantenimiento del poder para el propio partido, mientras se ve al resto de los partidos sólo como adversarios o incluso como enemigos. Y sectarismo político, el cual explica en gran medida el partidismo, consistente en un punto de vista que iguala el éxito del partido en el que se milita (formal y/o sentimentalmente) al progreso del país, interpretando complementariamente el éxito de cualquier otro partido como una enfermedad nacional. Por supuesto, hay políticos que, por razones de carácter o coyunturales, son capaces de evaluar separadamente lo que es mejor para el propio partido y para el conjunto del país, hasta el punto de admitir que esas dos cosas no siempre tienen por qué coincidir. Y, de igual manera, existe un sector ciudadano que no vive sus preferencias políticas con fervor de hincha deportivo. Pero parece innegable que el partidismo y el sectarismo abundan y que están en la raíz de un déficit de colaboración que fue progresando en la política española a medida que se fueron dejando atrás los primeros años del regreso a la democracia.

Ahora, situados en una nueva etapa crítica y de máxima gravedad económica, un trance que pone en riesgo la continuidad del Estado del bienestar, junto con nuestra posición en Europa, y en el que las aspiraciones secesionistas son inflamadas por dirigentes cínicos e irresponsables, la voluntad de acuerdo que hizo posible la transición brilla por su ausencia. Nadie encarnó mejor que Adolfo Suárez esa voluntad que ahora falta. Ciertamente, fue un político de otro tiempo, tan distinto al que ahora vivimos. Con todo, cuando el olvido ha destruido ya su memoria personal, la figura moral del presidente Suárez no debería más que agigantarse en nuestra memoria colectiva.


Escrito dos años atrás, homenaje a un hombre crucial para la España en que nací, descanse en paz don Adolfo Suarez
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