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El cuento de nunca acabar

Víctor Morales Lezcano
viernes 28 de septiembre de 2012, 21:06h
Tercera y última entrega al Periódico sobre toda una historia que bien podría inspirar uno de los thriller en boga, o una intrigante narración transversal, como aquélla con la que nos deleitó Foster en Passage to India. Una entrega más, porque sin conferir una mínima perspectiva al desencuentro entre el Islam y Occidente, el lector desmemoriado correría el riesgo de no ubicar adecuadamente el nuevo capítulo de un desencuentro que -si no fuera cruel hacerlo- podríamos considerarlo un Feuilleton.

Sin remontarnos al pasado colonial, recuérdese que en el arranque de los años 80 del siglo XX, un joven indo-británico, nacido en Bombay y familiarizado con el mundo anglosajón, sorprendió a la crítica literaria con su novela Hijos de la Medianoche (1981). El autor de la novela (saga) se llamaba -se sigue llamando, afortunadamente- Salman Rushdie. Sucedió, empero, que al joven maestro de la “narrativa perpetua” le dio por escribir, años después, una controvertida pieza literaria, con el título de Los Versos Satánicos (Londres, 1988). La brillante paráfrasis del Profeta y de sus escrituras, que improvisó Rushdie, no tardó en escandalizar el entorno clerical del Ayatollah Jomeini y del régimen que había triunfado en la revolución iraní de 1979. Principalmente, porque se trataba, desde el punto de vista del clero chií, de un escrito vejatorio para el Islam, y, además, de autoría musulmana. El texto de Los Versos Satánicos fue condenado a no ser difundido ni en lengua árabe ni en farsi, mientras que su autor (musulmán nacido en La India -de familia creyente en el Islam-, residente él en el Reino Unido y elogiado por el New York Times Review of Books) fue considerado un apóstata, indigno de seguir viviendo sobre la faz de la tierra. La sentencia de los doctores de la tradición musulmana iraní vendría a planear sobre la cabeza de Rushdie desde entonces.

Las protestas del hemisferio occidental por la condena a que fueron sometidos el texto y el autor de Los Versos Satánicos chocó frontalmente con un sector, sunní inclusive, del Islam más conservador: el camino se había ido estrechando, el choque era inevitable.

Desde un episodio como el que se acaba de evocar aquí a grandes rasgos, sí que podemos contemplar lo que han sido estos últimos treinta años de pulso civilizatorio islamo-occidental. De un lado, la defensa del derecho a la libertad de expresión en el hemisferio occidental no ha podido sino colidir con el principio islámico de que la tradición coránica, la representación del Profeta (no figurativa, a propósito) y la intangibilidad de los cinco pilares de la sabiduría, son inconmovibles. O sea, constituyen materia no abordable de modo irreverente, y mucho menos cuando la crítica, la sátira o la caricatura asoman su cresta por el desfiladero que vigilan con celo los guardianes de la ortodoxia islámica (que admite variantes considerables, dicho sea de paso, en cada una de las escuelas, y ritos del Islam).

Si seguimos recordando los incidentes que pespuntan las “querellas” islamo-cristianas de los últimos treinta años, comprobaremos que el tema sigue vivo, exponiendo a los dos frentes a repetir controversias (como en el pasado) y, o, confrontaciones que en una era de globalización a fondo, como la nuestra, someten a los protagonistas de esos enfrentamientos a enojosas situaciones internacionales, como las que se recuerdan a continuación.

En efecto, la intransigencia musulmana con la condición libérrima de los derechos individuales practicados en el mundo occidental, llevaron al asesinato del cineasta holandés Theo van Gogh en 2004. El recurso de la prensa satírica danesa a poner en solfa el Islam provocó un escándalo monumental en los medios de Oriente y Occidente. Incluso Benedicto XVI cometió un desliz de erudición en su pontificia alocución de 2006, leída en Estambul. Antes vino lo de las Torres Gemelas, que hizo responder a la administración Bush con una proclamación de los “Ejes mundiales del Mal”; propuesta de rancia estirpe protestante.

La islamofobia de no pocos ciudadanos estadounidenses hizo que se polemizara hasta la saciedad sobre la construcción de una mezquita en la zona cero de Nueva York, en el espacio donde habían sido erigidas las Torres Gemelas. Y así, sucesivamente, hasta llegar a Terry Jones y su repulsiva consigna de “haz quemar un ejemplar del Corán en este día”.

El colofón ¡por ahora! lleva el apelativo de Inocencia de los Musulmanes, supuesto desencadenante de los Disturbios que han vuelto a trastornar el statu quo -si es que no ha sido burlado constantemente- entre sensibilidades culturales, sentimientos religiosos, tradiciones nacionales y estilos de vida no fácilmente compatibles. Charlie-Hebdo no ha hecho sino echar más leña al fuego.

Quizá, en el futuro, obtengamos esclarecimiento de toda la trama que ha conducido al último capítulo del choque entre los exponentes más dogmáticos y viscerales de ambos de los términos encontrados. En la esperanza de que la senda hacia la convivencia racionalmente pactada se convierta en una asignatura pendiente de ser institucionalizada a escala planetaria para bien del futuro de las relaciones internacionales.

Víctor Morales Lezcano

Historiador. Profesor emérito (UNED)

VÍCTOR MORALES LEZCANO es director del Seminario de Fuentes Orales y Gráficas (UNED) y autor de varias monografías sobre España y el Magreb

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