Cataluña y el kitsch
sábado 29 de septiembre de 2012, 18:51h
Yo siento simpatía por las personas que estiman su tradición, su cultura, la pertenencia a una comunidad. No entiendo, sin embargo, cómo en la época de la globalización, la sociedad de masas y la homogeneización científica y tecnológica, puede haber gente convencida de que esa estimación deba traducirse en un Estado. Quizá los prejuicios nublan mi mente, pero les aseguro que cuando oigo a alguien decir que sueña con la independencia de su terruño, no puedo creer que hable en serio y me acuerdo de Don Quijote, aquel desgraciado al que no se le ocurrió otra forma de vivir que ser caballero andante en una época donde esto ya no era posible. Me consta que el juicio forma parte de la fortuna de los hombres y que la locura es un ingrediente permanente de la Historia, pero aún así me asombra que existan personas que tomen en serio esos ideales retrospectivos, tan a la altura de los tiempos como el miriñaque y el arcabuz.
La única condición para ser nacionalista es no ser nada más, no querer ser nada más. Si el fundamento del nacionalismo fuera el orgullo de pertenecer a un pueblo esta frase sería exagerada, pero después de treinta años bregando con el fenómeno sabemos que lo que funda el nacionalismo no es el orgullo, sino el narcisismo y la vanidad. El vanidoso nunca quiere ser más de lo que ya es, entre otras cosas porque le falta lucidez para verse a sí mismo. Su credo es una suerte de idolatría en la que ídolo e idólatra coinciden. Los nacionalistas tienen un concepto tan elevado de sí mismos como pueblo y de su papel en el mundo que no aceptan el lugar secundario que les ha otorgado la Historia. Sueñan por eso con tratarse de igual a igual con los grandes, y como tienen una lengua y una cultura, aspiran a ver en la misma lista a Cervantes, Shakespeare, Goethe, Proust y Jacinto Verdaguer.
Para convertir algo como el orgullo en ideario político no queda otro remedio que dejar de lado la razón y apelar al sentimiento. Blandir un sentimiento como si fuera un ideal es, sin embargo, una argucia fraudulenta. Los ideales pueden ser más o menos viables, pero poseen contenido y son susceptibles de discusión. El sentimiento, en cambio, es brumoso e indeterminado. Cualquiera lo puede adquirir con sólo rellenar una hoja de empadronamiento. Apoyándose en él, se adquiere a bajo precio un método comodísimo para llegar a la conclusión deseada sin necesidad de pasar por las premisas. El único problema es que ninguna sociedad reposa en una base sentimental, ni ningún Estado ha surgido nunca de ese modo. Tampoco lo ha hecho nunca después de una votación. La idea de que algo así pueda ocurrir forma parte del mismo cacao que convirtió a Zapatero en adalid del multiculturalismo y la alianza de civilizaciones; una suerte de burdo quijotismo profundamente español y del que es una variante suicida el discurso separatista. Pero hasta Don Quijote, después de cometer muchas necedades a causa de su afición a la caballería (la burbuja heroica), recobró el seso a la hora de la verdad y puso los pies en el suelo.
El número de lunáticos que quieren que la realidad se ajuste a sus sentimientos es enorme en España. El otro día lo vimos en Barcelona. Evaluar la importancia de estas aglomeraciones resulta difícil. Las masas se mueven por lo que se mueven. Cuando un individuo se enfunda una bandera, sale a la calle y empieza a gritar “soy español, español”, o “soy catalán, catalán” hay que otorgarle el mismo crédito que si dijera “soy bético o periquito”. Recuerden que se trata de sentimientos, y que el sentimiento es al espíritu lo que el soufflé a la repostería: mucho aire y poca sustancia. Pero: ¿cómo es posible que la masa pueda hincharse con tan poca cosa?
Mi hipótesis -disculpen si no busco una respuesta profunda a un fenómeno que es todo cáscara- es que el catalanismo es una consecuencia del Liceo. El Liceo ha hecho con la burguesía catalana lo que los libros de caballería con Alonso Quijano. Ciento cincuenta años de ópera no pasan en balde. La gente se vuelve sentimental y melodramática. En vez de juzgar la realidad con la razón acaba cayendo primero en la sensiblería y luego en el kitsch, un continuo do de pecho en el que hasta las pasiones más ridículas parecen ser algo grande. ¿No se han fijado ustedes en cómo sobreactúan los políticos catalanes?, ¿no les empalaga su estilo, todo penacho y coraza?, ¿y qué me dicen de la hondura de sus sentimientos: a que parece que llevaran una traca de fuegos artificiales en el noúmeno? Créanme, la razón de tanta gazmoñería, de tanto narcisismo barato, de esa vanidad provinciana, es la ópera. Por culpa de ella -aunque ella no tiene ninguna culpa- esta gente lleva media vida gimoteando por carecer de un Estado que certifique que la Luna de Barcelona no es la Luna de Madrid.