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Un déficit insuperable

José Manuel Cuenca Toribio
viernes 05 de octubre de 2012, 20:13h
No; no se refiere la materia de este artículo al omnipresente en nuestras cuentas públicas, estatales, autonómicas y edilicias. Tratarán estos renglones de uno más irremontable a la vez que mucho más trascendente. Un día, en un horizonte que a la fecha resulta imposible de atalayar, la crisis económica se habrá remediado en sus aspectos sustanciales y empresas y negocios seguirán su camino en orden a crear riqueza no meramente especulativa, enderezándose el torcido y mortecino rumbo que el sistema productivo español presenta en la hora actual.

Sin embargo, entre tanta polvareda de fiascos bursátiles, rescates financieros y demás catástrofes que asolan la crónica cuotidiana de las actividades económicas, habremos perdido a un D. Beltrane más importante que el del romancero. Las malas noticias deben darse con el mayor laconismo: En el trascurso de la presente generación el latín –el griego forma ya desde ha unos años parte del patrimonio espiritual de la cultura española…- habrá desparecido por completo de la enseñanza secundaria. Al igual que ocurre en el plano económico, la única esperanza fundada en un cambio favorable a su recuperación estriba en la Comunidad Europea, de donde no es descartable que llegue el remedio a tamaño desastre.

En la anhelante espera, en medio del clamor desesperado de muy estimables colegas y la melancólica memoria de los catedráticos insignes de que el cronista tuvo la inmensa fortuna de beneficiarse –bien que, hélas, poco…- de su ejemplo y enseñanzas en el Instituto y la Universidad –D. Sebastián Mariner Bigorra, D. Julio Calonge, D. Miguel Dolç, D. Agustín García Calvo…-, revolviendo, como siempre, viejos papeles en su asiduo comercio con las sombras del ayer, se ha visto agraciado con el hallazgo de un texto delicioso y de incomparable enjundia para analizar con matices tiempo tan encorsetado hoy historiográficamente como el llamado “primer franquismo”. En él –un artículo de 1943 en la entonces muy influyente revista jesuítica Razón y Fe, del prestigioso helenista P. I. Errandonea (1886-1970): “En defensa de la Ley de Franco”- el afamado, a nivel internacional especialista en Sófocles, entonaba un canto epinicio a la potenciación de las lenguas clásicas llevada a cabo por los primeros ministros de Educación franquistas, llegando a considerar casi apátridas a los españoles cultos desconocedores del idioma de Homero y, sobre todo, del de Horacio...: “parecerá que estoy exagerando. Pero ello es así. Nuestros hombres cultos de hoy no han podido adentrarse por sí mismos en la civilización española (…) el tipo medio del hombre culto español está desconectado por completo de su propia historia, imposibilitado para beber en las fuentes manantiales de su vida nacional (p.103)”.

A la vista del panorama de ruinas ofrecido en la España de hoy por la cultura clásica y humanística, es fácil de imaginar cuál sería el lamento del buen sacerdote ignaciano. Quizá fuese un tanto exagerada la postración dibujada por él en los años treinta del siglo pasado; pero ello, sin duda, no es obstáculo para proclamar la desolación que embarga en la hora presente a los espíritus más preocupados por el progreso intelectual y científico de nuestro país, al contemplar la absoluta incuria en se encuentran del lado de los responsables políticos y dirigentes sociales el estado de las lenguas y literaturas de la Antigüedad clásica en todos los grados cultivos. A despecho de solemnes declaraciones, la única realidad es, desahuciado de facto el griego, la lenta e imparable agonía del latín en toda suerte de planes de estudio e investigación.

Con el tiempo y una caña, el déficit aterrador de la economía española se remontará. El de las Humanidades clásicas –las más puras y genuinas, con acendrada acreditación de origen- es probable que en lugar de hacerlo, se agrave hasta su excruciante ERE…
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