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AL PASO

Democracia y Nacionalismo

jueves 11 de octubre de 2012, 08:28h
No debería sorprender la dificultad del nacionalismo para encajar en el planteamiento democrático de los problemas. Suele ocurrir que el nacionalismo y la democracia suponen en política cosas diferentes, pues en los sistemas democráticos se tiene una visión limitada o instrumental del Estado, exclusivamente dedicado a segurar la paz y los derechos de los individuos, prescindiéndose por tanto de la justificación nacionalista del poder, que acepta únicamente el orden político por su condición de cobertura de la nación propia. Ni siquiera en la redacción de la Constitución federal de los Estados Unidos se hacía referencia al Estado como correspondencia de una verdadera nación, pues el propósito de los padres fundadores era mucho más modesto, “formar una unión más perfecta, establecer la justicia, asegurar la tranquilidad, promover el bienestar general y asegurar las bendiciones de la libertad para nosotros y nuestra posteridad”. El lenguaje nacionalista suele ser un lenguaje inflamado, pues la actividad política no trata tanto de averiguar las necesidades concretas de los ciudadanos en su vida cotidiana, cuanto de satisfacer las exigencias de ese ser colectivo, transpersonal, que es la nación o el pueblo, presentadas especialmente en los momentos agónicos en términos excepcionales, recabando la lealtad y dedicación absolutas.

No es fácil averiguar lo que la Nación es o lo que la Nación quiere. Se trata de una voluntad ulterior a la de los ciudadanos vivos que la encarnan en un determinado momento histórico. La Nación es una realidad transgeneracional que se nos impone y nos compromete, aunque no pueda presentarse sin la mediación, esta sí, democrática, de la comunidad nacional presente. Los representantes de las sociedades democráticas constituyen la voluntad de los ciudadanos, a través del diálogo y la ponderación de sus intereses, articulando del modo más racional posible sus solicitudes y planteamientos. Si se trata de encontrar la voluntad de la nación o el pueblo la labor es más difícil, pues no se sabe verdaderamente su residencia. Tal vez ocurra que la nación se exprese a través de un mediador excepcional que felizmente la encarne o que halle expresión instantánea plebiscitaria en manifestaciones o referenda. Se ve entonces una clara oposición entre los mecanismos con los que opera la Nación, de carácter más bien místico, buscando la homogeneidad interna y exaltando los momentos de dificultad y ascesis ,y los supuestos de la democracia, esto es, el examen de los problemas concretos de la convivencia, utilizando exclusivamente argumentos pragmáticos , esperando la moderación de la discusión y la tolerancia.

El tercer indicador de las dificultades del nacionalismo con la democracia lo tenemos en lo que podríamos llamar la cultura constitucional de esta ideología. Al nacionalismo le es muy difícil entender la relación entre democracia y Constitución, pues considera que la Norma Fundamental nada puede hacer cuando se trata de contener la voluntad de la nación inequívocamente expresada por cualesquiera procedimientos que ello tenga lugar.

En este contexto se incluye la promesa del President Artur Mas de realizar el referendum de autodeterminación, sin miramiento de los límites del orden jurídico (“Haremos la consulta con la ley o contra ella”). Sorprende que una autoridad del Estado ignore que nuestro sistema constitucional, en el que corresponde a la Norma Fundamental una condición fundante y normativa, no puede permitir, sin respuesta jurídica, la actuación de un poder contra la Constitución o en unos términos no contemplados en la Constitución. De modo que los problemas políticos del Estado, sea cuales fuera su importancia, no pueden afrontarse de manera extra constitucional y mucho menos contraria a la Norma Suprema. De verdad que esto no es fundamentalismo sino simple lógica constitucional.
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