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Nobel de literatura 2012: Mo Yan o “No Hables”

viernes 12 de octubre de 2012, 19:29h
Un hombre nace en una región campesina de un gran país. Las llanuras polvorientas envuelven sus primeros recuerdos. De niño, sus abuelos le cuentan historias fantásticas, cuentos en los que los animales hablan, y los seres viajan de los cielos a los infiernos pasando por la tierra; del supramundo al inframundo pasando por el mundo humano, por “nostromundo”. Sus padres reconocen en él una tendencia acusada a hablar, a airear sus opiniones y las historias que teje en su mente. Pero los padres temen los vientos políticos y sociales que levantan el polvo en la llanura. Y le dicen, “no hables”. El niño se lo toma al pie de la letra, y decide no hablar con otros seres humanos. Se convierte en un ser solitario que sobre todo escucha. Como uno de los tres legendarios monos chinos, se cubre la boca con una mano, pero sigue mirando y escuchando. Y como no puede dejar de hablar a pesar de las continuas recomendaciones de su madre, baja esa mano levantada y comienza hablar con un árbol del jardín de su casa. Un árbol al que le cuenta todo. Su madre lo observa con desesperación. “Nuestro hijo habla con los árboles”, dice al padre. “No hables”, le repite al hijo, “no hables”, le susurra. El niño deja la escuela y comienza a trabajar en una factoría de aceite de algodón, en una almazara local. Luego se hace soldado. Pero sigue hablando.

Ese hijo se llamaba Guan Moyen y había nacido en el año 1955 en Shandong, al este de la gran China comunista. No solo siguió hablando a pesar de los consejos de sus padres, sino que comenzó a escribir. Y al publicar su primer libro, decidió cambiarse de nombre, utilizar el pseudónimo Mo Yan, que significa “No Hables”.

En 1988, “No Hables” alcanzó cierta notoriedad en Occidente por la película de Zhang Yimou, “Sorgo rojo”, basada en dos obras suyas. En España, han aparecido “Sorgo Rojo” (1987), “Las baladas del ajo” (1988), “La república del vino” (1992), “Grandes pechos, amplias caderas” (1996), “Shifu, harías cualquier cosa por divertirte” (1999), “La vida y la muerte me están desgastando” (2006) y “Rana” (2011). En ellos, se ve su gusto por los personajes humildes, desheredados, que luchan por sobrevivir en un mundo demasiado grande e imprevisible.

“No Hables” acaba de recibir el premio Nobel. Es el segundo escritor chino en hacerlo, tras Gao Xingjian. Este último era un disidente nacionalizado francés, y cuando la academia sueca se lo otorgó en 2000, la reacción de China fue de desinterés e incluso de crítica. Con “No Hables”, ha sido muy diferente. Aunque sus obras siempre critican la China actual, es un hombre que no ha hecho explícitas sus inclinaciones políticas. Eso no obsta para que su literatura haya puesto voz a todo un mundo chino en trance de desaparición: la clase desheredada y la sociedad rural. No porque dejen de existir, sino porque los adelantos económicos y tecnológicos las están convirtiendo en otra cosa. Algunos, como Ai Weiwei, critican a “No Hables” por no hablar de política de forma más explícita. “No Hables”, sin embargo, habla, pero con la voz de la metáfora y de la alegoría. Y del humor.

En 2011, dijo “creo que la mayoría de los lectores prefieren que les hablen de los aspectos dolorosos de la vida con humor”. Y el humor es una de sus formas de no hablar. “Cuentos del ajo” relata una rebelión popular ante un caso de corrupción agrícola que bien podría haberse dado en nuestro país. “Shifu, harías cualquier cosa por divertirte”, cuento que da título a una recopilación suya de historias breves, es una alegoría sobre un desheredado que tras ser echado de su trabajo encuentra consuelo en la venta de un espacio para el amor. En “La vida y la muerte me están desgastando”, cinco animales que son la reencarnación del mismo hombre, cuentan su vida y, de paso, la historia de China durante el siglo XX. El libro se ha visto como una concesión al realismo mágico, pero más bien es una adaptación de la fantasía existente en los cuentos y narraciones tradicionales chinos a la vida actual.

Algunos tratan a Mo Yan como el García Márquez chino. Él, en repetidas ocasiones, ha expresado su admiración por Hemingway y Faulkner. Con García Márquez comparte la admiración por el último. Y quizá sea a quien más se parece, a pesar de hacer gala de un claridad y un humor, que Faulkner usa de forma más ocasional. Sin embargo, muestra la misma tozudez en intentar entrar en la mente de sus personajes, con todas sus contradicciones y problemas, con sus gestos amables y crueles. Además, resuenan en él tonos de Rabelais, Cervantes o Kafka.

Mo Yan, “No Hables”, se ha definido a sí mismo como alguien que escribe desde la oscuridad de un cuarto. Como alguien que no corre a la calle a airear sus agravios, sino que usa la pluma para expresarse. Quizá haya preferido seguir hablando siempre al árbol que crecía en su jardín. Desde una gran humildad, ha defendido esa posición. Alguien, como Ai Weiwei, puede pensar que la discreción es siempre el resultado de una imposición o de un acto de autocensura. Aunque para alguien que creció oyendo el estribillo de “No hables”, es posible que sea otra cosa. Y que su voz y su obra, de una forma muy oriental y paradójica, sean una forma más del silencio.
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