COLUMNA SALOMÓNICA
Urkullu o del provincianismo
lunes 15 de octubre de 2012, 08:37h
Con su cara de muchachote sano, de prócer ligeramente estreñido, Iñigo Urkullu, uno de los diez hombres mejor vestidos de Baracaldo, acaba de apuntarse a la orgia separatista de Artur Mas. Ha escogido para hacerlo el Taj Majal del vasquismo, el árbol de Guernica, sagrado escenario de sus columpiamientos. Después de oír el discurso ha quedado claro que también él quiere tutearse con la reina de Inglaterra, que España no es lo bastante buena para los vascos y que lo mejor que estos pueden hacer es recuperar la libertad e independencia que poseían cuando el planeta era una ciénaga pestilente circundada de gases tóxicos. Lo único que se ha echado en falta en el parlamento del candidato a lehendakari es la conciencia de la posibilidad de que el resto de los pueblos, esos a los que él aspira a tratar en pie de igualdad, no sean tan puros como el suyo, sino que se hayan formado en el curso del tiempo, evolucionando como especies animales, y que esto pueda condicionarlos a la hora de reconocer que los vascos son fósiles de la época de los megaterios a los que hay que dejar por fuerza un sitio en el parque jurásico mundial. Parece que habrá que explicar en los foros internacionales que las naciones son hijas de la naturaleza, los Estados fruto de la voluntad popular y Euskadi un país oprimido y a medio hacer. Pero no hay que preocuparse: la idea de opresión retrospectiva con que ahora concurren las minorías a las paraolimpiadas de la Historia ha dado resultados tan excelentes que el argumento no puede fallar.
Para los nacionalistas nada hay más legítimo y moral que su independencia. El resto de las cosas se comprenden exclusivamente con relación a ella. El asesinato, una costumbre poco cristiana, se disculpa, por ejemplo, mirado a su luz. Al nacionalista le resulta más fácil perdonar al terrorista que se excedió en su ímpetu libertador que al español cuyo tatarabuelo estuvo implicado en la colonización de América. Como se ve, es gente que ha sabido elegir el camino del bien dejando a los demás que sean los malos. Esto es lo estupendo de ser vasco o catalán, privilegio que adquiere cualquiera empadronándose (“nosotros, los valones …” le oí decir en televisión a un negro en Bruselas). Igual les sucede a sus políticos. A los nacionalistas nada les parece bien: ni el rey, ni las corridas de toros, ni el genocidio americano, ni la guerra del Rif, ni los carteles en español, ni la selección de futbol, ni el desfile de la hispanidad, nada. Ibarreche, con su aire intergaláctico, o Pujol, con su estilo Gregorio Samsa, les resultan en cambio muy atractivos. ¿No es evidente que son como esos vecinos que protestan por protestar y disfrutan tocándole las pelotillas al resto de los propietarios? Durante décadas no han hecho otra cosa que disculpar sin aprobar a quienes derramaban un poco de sangre por los sufrimientos de su raza y acumular agravios para demostrar que eran ellos los que en realidad sufrían. Cada día surgía un nuevo dolor, del que nadie era consciente ayer, quizá porque en España el oprimido siempre estuvo mejor que los opresores. La tierra prometida era la tierra oprimida y por eso ahora los vascos más vascos y los catalanes más catalanes tienen sus muertos en Almería. El material psicoanalítico ha crecido de hecho tanto a lo largo de los años como su narcisismo, y fíjense a dónde ha llegado este que Urkullu, el Simón Bolivar del Gran Bilbao, está convencido de que los vascos no serán libres hasta que él no tutee a la reina de Inglaterra. God save the lehendakari.
En medio de la Mancha, en un pueblo llamado El Viso, a cientos de kilómetros del mar más cercano, Don Álvaro de Bazán —uno de esos caballeros de raíces vasconas que forjaron el tambaleante imperio español- se hizo construir un enorme palacio que hoy es sede del archivo de la Marina. Muchos en la época se preguntaban por qué el almirante mandó construir una residencia tan formidable en semejante lugar. Su respuesta, inmortalizada en un célebre dicho, fue: “El marqués de Santa Cruz hizo un palacio en el Viso porque pudo y porque quiso”. Las mismas palabras ha utilizado Urkullu ahora para resumir su programa político. “Euskadi puede y quiere …” Pero: ¿puede?, ¿puede el Athletic ganar la Champion League?