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Crónica cultural

Magnífico poemario de José Ovejero

domingo 21 de octubre de 2012, 18:31h
En el museo de Cerámica de Barcelona, se presenta por primera vez en España, una exposición que muestra un conjunto de obras de Iznik (Turquía), procedentes de la Fundación Calouste Gulbenkian de Lisboa y de colecciones privadas catalanas. Estas piezas fueron hechas en el momento más importante del Imperio Otomano, cuando Estambul era el epicentro comercial y cultural de Oriente Medio. Estas piezas en cerámica presentan una rica ornamentación floral, y unos colores turquesas espléndidos. La exposición se puede visitar hasta el 3 de marzo.

José Ovejero que acaba de ganar el Premio Anagrama de ensayo en 2012 por La ética de la crueldad, publica en la editorial Demipage un poemario original en el recorre el Museo del Prado deteniéndose en algunos cuadros elegidos al azar por el poeta. También ganó hace unos años el Premio Primavera de novela en 2005 por Las vidas ajenas, el Premio Grandes viajeros en 1998 por China para hipocondríacos y el Premio Ciudad de Irún de poesía en 1993 por Biografía del explorador.

Nueva guía del Museo del Prado, describe, a través de la lírica, la historia, la experiencia personal del escritor, algunas de las obras fundamentales que alberga el museo como Saturno devorando a un hijo (Francisco de Goya), al que se dirige el poeta preguntándole:
“¿De quién es ese cuerpo que te llevas a la boca?
¿De cuál de tus hijos: de Hera,
de Demeter, de Hades, de Hestia, de Poseidón?
Quizá no les pusiste nombre antes de comértelos
porque nombrar las cosas
es aceptar su existencia”.


Entre los cuadros están también El Jardín de las delicias (El Bosco), El tránsito de la Virgen (Andrea Mantegna), espléndido poema, con el que termina José Ovejero diciendo:

Cuando yo muera, desearía que fuese así.
Mis amigos, la gente a la que quiero,
en derredor,
conversando de sus cosas,
sin prestarme mucha atención,
que se limiten a estar,
que no llore ninguno, tan solo
de vez en cuando, en medio de una frase
que alguien
me mire y se diga
está muerto,
ya nada será igual,
no hay camino de regreso,
(al fondo, por la ventana,
una laguna, o el mar, menor aún
los tejados de Madrid)
y roce una de mis manos
con la suya
y no le asuste mi frialdad
y me sonría
y me olvide
y vaya en paz.
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