Skyfall: la vida privada de James Bond
sábado 27 de octubre de 2012, 18:37h
Acaba de estrenarse Skyfall, última entrega de James Bond. La expectación es enorme en el mundo entero. Sus historias constituyen una leyenda global. Hay que ser una monja de la Tebaida para no haber oído hablar del insolente agente de su majestad y sus leales amigos. M, Moneypenny o Q, el armero de 007, son tan conocidos hoy como antaño lo eran Dido y Eneas. Todos ellos reaparecen una y otra vez en sus aventuras. Las novedades vienen con las bellezas infaliblemente seducidas y los villanos malísimos. El de esta ocasión, encarnado sin segundas por un actor español, presenta un rasgo de época que ha levantado polvareda: su condición homosexual. Por lo visto, muchos espectadores se han removido en sus butacas al ver cómo el malvado aprovechaba que Bond estaba esposado para deslizar lascivamente la mano pecadora por su pecho.
Hay pocas cosas indisputables en nuestro mundo. Una de ellas es la virilidad de James Bond, su heterosexualidad que se dice ahora. Fleming creó un personaje tan aplastantemente varonil que habría que estar loco para pensar otra cosa. Aunque no sería la primera vez que un seductor pertinaz fuera acusado de esconder pasiones travestidas –recuerden el don Juan de Marañón-, Skyfall no plantea en absoluto dicha posibilidad. Una cosa es que el apuesto agente suscite pasiones en un malvado partidario de la otra vía y otra muy diferente que sea él mismo quien se sienta tentado por ella. Sin embargo, y como ahora contaré, esta idea ya se le ocurrió hace tiempo a alguien.
James lucha por la libertad de Occidente. Es un agente secreto de la época de la guerra fría. Aunque se haya actualizado levemente, ignora que los hombres han sido esclavizados de nuevo y que las ataduras que hoy los sujetan son una mezcla de alta tecnología y confusión. Su despreocupada forma de actuar es un reflejo del carácter de su creador. Ian Fleming nació en una familia rica y estudió en Eton y en la Academia Militar de Sandhurst. Durante la II Guerra Mundial, con apenas treinta años, ingresó en el departamento de inteligencia y se familiarizó con los tejemanejes del espionaje. Aunque no consiguió grandes éxitos, se hizo famoso por su capacidad para concebir planes rocambolescos, uno de los cuales fue apoderarse de Enigma, la máquina codificadora de los alemanes. Acabada la guerra y debido a problemas con el legado paterno, tuvo que buscarse la vida, cosa que logró rápidamente gracias a las novelas de Bond. Fleming era un tipo de mundo, sofisticado y culto, que no necesitaba la ayuda de nadie para idear esa explosiva mezcla de arrogancia y pedantería característica de su personaje. Sabemos, sin embargo, que mientras lo concebía tuvo muy presente la personalidad y los consejos de un amigo suyo, Cyril Connolly, el crítico literario más importante de la época y una de las lenguas viperinas más despiadadas de la historia. Connolly, que además de crítico, era bibliófilo, dandy y snob, le proporcionó ese toque pedante y vitriólico que hace que cuando pensamos en Bond no nos acordemos sólo de su licencia para matar.
No sabría decir si el traje de alpaca de ojo de faisán y el Aston Martin los tomó Bond de Connolly, cuyo aspecto (tenía cara de presidir una fundación) no era precisamente atractivo; y menos aún si su afición a los huevos Omdurman y al Don Perignon del 59, parodian sus gustos, pero puedo asegurarles que ambos hablan de la misma forma. Cuando Bond perora delante de unas señoras en un coctel sobre un tiburón blanco refiriéndose a él por su nombre científico, carcharodon carcharias, o contesta a un funcionario que le pregunta si es o no un patriota diciendo: “no lo sé, jamás leo la letra pequeña de los contratos”, no hace sino remedar el estilo de Connolly. E igual se puede decir de todas esas salidas desvergonzadamente ocurrentes que forman parte de la estrategia erótica del agente secreto. “Acabaré de vestirme, señor Bond”. “Oh, por mí no se moleste”.
Siendo estudiante, en Eton y Oxford, Cyril Connolly se labró una reputación de hombre genial que le convirtió en la gran promesa de su generación. Lamentablemente, no la cumplió y, pese a su formidable inteligencia –“soy demasiado inteligente para ser inteligente”, escribió-jamás llegó a hacer la magna obra que se esperaba de él. Él era consciente de ello, tanto que no tuvo ningún problema en reconocer que el objetivo del crítico, profesión en la que alcanzó la excelencia, es vengarse del creador. Esto es lo que parece que hizo con su amigo Fleming al escribir a principios de los sesenta un relato titulado: “Bond cambia de chaqueta”. La historia, que no quiero destripar, cuenta como M. envía a su agente a una delicada misión que le obliga a travestirse para engatusar a un general sodomita del KGB. 007 convertido en Gerda Blond, avanza en el caso a tientas, igual que le ocurre siempre que andan por medio bellas mujeres, pero en esta oportunidad los protagonistas son masculinos y termina llevándose una sorpresa mayúscula, igual que el atónito lector. No quiero decir más. El relato es delicioso y demuestra que nunca, ni siquiera cuando parecemos más atrevidos, hay nada nuevo bajo el Sol.
José María Herrera