El revuelo originado estos días por la renuncia de Javier Marías al Premio Nacional de Narrativa por su novela
Los enamoramientos pone de relieve tanto la cizaña de algunos tiñosos como una extraña coherencia del autor. Su postura es pública desde hace suficiente tiempo en entrevistas y
algún conocido artículo, donde se ponía la venda antes de que algunos le cortaran el revesino, parafraseando a Cervantes. En pasado remoto, sin embargo, aceptó el Rómulo Gallegos, premio aún hispano, institucional. La argumentación no resulta del todo convincente: las instituciones representan a los pueblos y, por otro lado, la ausencia de premios para ciertos escritores de su misma cuerda no invalida la validez, en algunos casos, del premio. Hablar de premios es hablar de la lluvia y ya sabemos lo que opinan los campesinos del tema. Sea como fuere, uno puede defenderse de las críticas; contra el elogio se está indefenso, afirmaba Freud.
Y, recientemente, Marías ha sido incluido en la prestigiosa colección de Clásicos Modernos de la editorial Penguin, una selecta nómina donde hay pocos escritores de lengua española: Lorca, Borges, Neruda, García Márquez y Octavio Paz. Además es el escritor español de mayor proyección internacional. En el extranjero se lee con auténtico entusiasmo sus novelas. Su última novela,
Los enamoramientos, demuestra la continua ambición literaria del autor, señal inequívoca de escritura exigente durante más de 40 años. Un juicio sosegado no puede soslayar su valía. Cuando ciertas críticas caen del lado estilístico o sobre los usos lingüísticos de Marías, con frecuencia señalan más la inepcia lectora del crítico que posibles yerros del escritor. Después a los gustos, la paleta del pintor. Pero ese es otro cantar.
Estos días en que el autor está en el candelero, con nueva obra, el alboroto del Premio Nacional y su inclusión en Penguin, pudiera pasar por alto la reedición ampliada de
Vidas escritas, selección de biografías de escritores redactadas como breves relatos por Marías. Obviemos la voracidad de la maquinaria editorial y su interesada reedición. Aquí topamos con las delicadas esperas de Rainer Maria Rilke en pos de la inspiración, angelical o no, el tortuoso final de la relación entre Conan Doyle y su famoso personaje Sherlock Holmes, la idea precisa de literatura que tuvo el exiliado Nabokov, el régimen sibarita a base de champagne y ostras de Isak Dinesen o la temida personalidad del taciturno James Joyce, por mencionar algunas curiosidades del libro.
A la postre, cada una de estas biografías cae sin empacho en lo “exagerado y maniático como todos los escritores”, como Lampedusa, que hablaba a cada uno de sus perros en una lengua distinta. No es condición indispensable ser maniático para ser buen escritor, que Marías ponga el acento en esta interpretación clásica y con asiento en la tradición literaria, es intencional, una clave de lectura y una forma de entender la literatura y, si nos ponemos, la vida. No en vano, el autor madrileño confiesa en el prólogo tratar a esos literatos conocidos por todos “como a personajes de ficción”. En efecto, se prescinde de la clásica y molesta hagiografía, patrón de corte de este tipo de libros. La mirada de Marías favorece al libro que sirve de auténtico recreo para la curiosidad del lector interesado en menudear la vida de sus escritores predilectos. El texto reafirmará a aquellos que señalan el exceso de influencia anglófona de Javier Marías, la mayoría yerra en este caso. La misma presencia tiene en su literatura la lectura bien aprendida de nuestros mejores clásicos, Cervantes a la cabeza, y, en cierta forma, en ese vestir y desvestir a la musa de la tradición va el juego literario de nuestro académico escritor. Vidas escritas, vidas leídas, en el espejo literario de encarar la realidad andamos.
Por Francisco Estévez