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Rajoy en Barcelona

Alejandro Muñoz-Alonso
lunes 29 de octubre de 2012, 19:52h
El discurso de Rajoy en Barcelona demuestra –para quienes todavía no se hubiesen enterado- que el Presidente del Gobierno es un político que sabe medir sus tiempos y sus palabras, una cualidad no demasiado frecuente pero que es la seña de identidad de los gobernantes responsables. Y lo ha demostrado con su modo de afrontar la crisis planteada, tan irresponsablemente, por el separatismo catalán. Los azares de la política –de la mala política- han situado como contrapunto de este modelo al presidente de la Generalidad que, carente de las mínimas cualidades indispensables y exigibles a un gobernante, se ha convertido en pocas semanas en el paradigma de cuanto es detestable en quienes se dedican a la noble misión de servir a la colectividad. El atolondramiento, la visceralidad, la irracionalidad y un vergonzoso halago a los sentimientos de sus conciudadanos, para hacer de ellos, interesadamente, el instrumento de un vergonzoso combate político sin futuro, son la cualidades –cualidades sin calidad- que ha exhibido Artur Mas en esa desenfrenada carrera a ninguna parte en que ha sumido a la sociedad catalana. Se ha oído decir con alguna frecuencia que Mas es una persona inteligente; francamente creo que es casi obligado estimar que alguien que se comporta de tal guisa carece de la más elemental capacidad de juicio y del menor ápice de sentido común. En suma, el reverso de la auténtica inteligencia.

Rajoy ha sabido elegir el momento y los términos para expresar su actitud ante el brutal desafío contra el sistema constitucional vigente y contra la propia historia que ha lanzado el dirigente catalán. Ya había esbozado lo esencial de su posición la semana pasada en el Senado y en el Congreso. Pero ha elegido suelo catalán para desarrollar de una manera más completa sus razones que son las razones de todos los españoles sensatos, incluidos, claro está los catalanes. Y, conforme a su temperamento, ha dicho lo justo, ni una palabra de más, pero tampoco ninguna de menos. Cuando Mas estuvo en La Moncloa, algunos opinadores criticaron a Rajoy –que es el deporte favorito de ese enjambre de tertulianos de tercera que ahora inundan las televisiones- porque consideraban que su reacción había sido insuficiente. Algunos llegaron a decir, incluso, que tenía que haber echado del despacho monclovita al catalán… ¿Se imaginan el gozo y el alborozo de los separatistas ante semejante escena? La cosecha de votos independentistas -que ya parece que va a ser abultada por las circunstancias paratotalitarias que se viven en Cataluña- habría crecido aún más, para regodeo del supuestamente expulsado. ¡Menuda exhibición de victimismo, en el que los nacionalistas son maestros, habría protagonizado el muy honorable! Por cierto que su cargo sigue siendo muy honorable pero él lo deshonra con su conducta. Que el representante del Estado en Cataluña se alce contra ese Estado y pretenda crear otro de la nada tiene un nombre bien acreditado en la historia constitucional comparada: Alta traición.

Apenas había visto las informaciones sobre el discurso de Rajoy en Barcelona, leí el artículo del columnista americano David Brooks –al que ya hemos citado aquí en otras ocasiones- titulado “¿Qué significa la moderación?” y publicado el pasado fin de semana en el International Herald Tribune. Aunque centrado en la campaña electoral americana, la descripción que hace Brooks de la moderación en política se acomoda como un guante a la manera de gobernar de Rajoy, que no entienden los precipitados, los sabihondos…ni, por supuesto, los ignorantes. Para Brooks, la moderación no es una idea abstracta que se aprenda en los libros de filosofía, sino una actitud que se deduce de los libros de historia (de esa historia que los nacionalistas falsifican tan arbitrariamente). “El moderado –escribe- no cree que existan políticas que sean permanentemente acertadas y justas. Las situaciones concretas importan mucho más. Rebajar impuestos puede ser acertado una década pero errado a la siguiente. Estrictas regulaciones pueden ser apropiadas una década, pero si se ven afectadas por la esclerosis, la desregulación puede estar indicada…Ser moderado no significa ser tibio…El moderado desconfía de la intensidad apasionada y de la simplicidad atrevida y admira el autocontrol, la apertura intelectual y el equilibrio de fuerzas e intereses”.

Rajoy es un moderado o, lo que es lo mismo, ejercita la virtud de la prudencia que, para los clásicos, era la más importante virtud que debían practicar los gobernantes. Por eso resulta insólito en este país propicio a los excesos, que tiene una peligrosa proclividad a la exageración, en el que se hace gala de las barbaridades, de las bravatas y de las machadas. Todo eso que Mas exhibe desvergonzadamente a diario en su disparatada trayectoria.

En su discurso, Rajoy aludió a una de la claves de la actual situación de Cataluña: el miedo. Hace años publiqué un ensayo en el que analizaba los dos “terrorismos” que atenazaban al País Vasco. El primero era el sangriento terrorismo de ETA que trataba de imponerse a tiros. El segundo era el impuesto por el nacionalismo gobernante “cuya violencia se ha hecho tan intelectual como la voluntad humana que pretende sojuzgar”, como describía Tocqueville a lo que llamaba “la tiranía de la mayoría”. Este terrorismo blando aherroja la mente por medio de la educación, de la propaganda y del miedo a ir en contra de lo que se decreta como políticamente correcto y sume a la sociedad en eso que los especialistas en comunicación llaman la espiral del silencio. El resultado es el miedo que lo permea todo y que lleva a situaciones tan ridículas como la de ese alto responsable financiero que afirma que su institución –que hace la mayor parte de su negocio en la parte no catalana de España- no ha tomado posición sobre la cuestión de la hipotética secesión de Cataluña. Cobardía de una buena parte de la elite catalana, incluido ese grande de España que todavía no ha dimitido de esa inmerecida dignidad. ¡Miedo a Mas! ¿Quién lo iba a sospechar?

Por eso acierta Rajoy cuando, con acento rooseveltiano, pide que no se tenga miedo al miedo. Aquel presidente norteamericano, en los albores de la terrible II Guerra Mundial, definió el derecho a librarse del miedo como una de las libertades fundamentales y como una exigencia de la dignidad humana. Era el momento en que Europa y toda la civilización occidental estaba amenazada por los totalitarismos, que hacían del miedo uno de sus principales instrumentos de dominación. Estos nacionalismos periféricos, excluyentes y secesionistas, son -aunque ellos, en su ignorancia, no lo sepan- los últimos estertores de aquellos totalitarismos del siglo XX. No tienen futuro. Para derrotar al nazismo hizo falta una guerra de defensa frente a su conducta agresiva. El comunismo sobrevivió en el horror pero se hundió por si solo en su inconsecuencia y por la resistencia de los demócratas. No existía el paraíso prometido como no existe el paraíso que promete Mas. Su aventura irresponsable e insensata se vendrá abajo, sin violencia, con la simple aplicación de la Constitución y las leyes que ellos traicionan.

Alejandro Muñoz-Alonso

Catedrático de la UCM

ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular

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