El proceso independentista de Cataluña ha sorprendido a mucha gente del resto de España. Nadie se podía imaginar que el presidente de una Comunidad Autónoma que hace gala de seny sea quien lidere este movimiento. Para algunos se trata de una escapada hacia adelante. Una huida de una Cataluña en crisis económica, con una corrupción que comienza en el 3%, pasa por El Palau, el Consejero contrabandista de tabaco, la sanidad catalana y termina no se sabe en donde. En este punto es recomendable
el vídeo con la intervención en la Comisión Constitucional del diputado Pedro Gómez de la Serna el 26 de septiembre de 2012 en respuesta a la Proposición no de Ley sobre la restitución de la soberanía y los derechos históricos de Cataluña [sic] (Comienza en el minuto 1:48 y desgrana los casos de corrupción en 1:59:40) . A ello hay que sumar el despilfarro y el gasto que se viene haciendo en catalanismo independentista: rotulación en catalán, embajadas, subvenciones, viajes… Las propias palabras de Mas se vuelven contra él mismo: la estrategia independentista es la propia de un mal pagador que prefiere cerrar quirófanos a seudo-embajadas; no pagar a las farmacias y, por el contrario, subvencionar el catalanismo de los periódicos.
Ante esta situación se trata de desviar la atención y se apunta a España como la causante de los males de Cataluña, “de su expolio” –se dice , cuando la gestión económica es competencia de las autoridades catalanas desde hace mucho tiempo. Para algunos se trata de una estrategia para obtener el pacto fiscal. De ahí las palabras del presidente Mas: si el Gobierno central no concede el pacto fiscal, "el camino de Catalunya hacia la libertad está abierto". A ello se une la idea de que hay que reconocer la soberanía fiscal de Cataluña. Puestos a pedir yo, personalmente también pido mi propia soberanía fiscal.
Este “envite a la grande” de Mas se puede solucionar en diferentes escenarios para cada cual existe o debería existir una o unas respuestas.
Si CiU se da un batacazo en las próximas elecciones catalanas o al menos no consigue la victoria aplastante, sería un síntoma que los catalanes no están por la independencia o, al menos los catalanes que tradicionalmente han apoyado a CiU en las elecciones autonómicas y en las elecciones nacionales apoyan al PP u a otro partido de ámbito nacional. Claro que el recambio tampoco es para grandes alegrías: un PSOE, perdón un PSC, en caída libre y abonado al federalismo cuando no al soberanismo catalán; una izquierda nacionalista aún más radical e independentista y un PP con un discurso catalanista descafeinado que recoge los lamentos fiscales de CIU.
Los pactos posibles tampoco son una buena solución Una reedición del tripartito sería nefasta en especial para la propia Cataluña. Un pacto CiU-ERC garantizaría el precipicio. Hasta el discurso del PP de Cataluña suscita dudas: si Artur Mas no obtiene mayoría absoluta ¿el PP lo apoyaría como ha hecho en la anterior legislatura catalana? ¿A cambio de qué? Recordemos que en el 2006 Artur Mas firmó ante notario que bajo ningún concepto pactaría con el PP. Pero esto ya ha pasado a la historia, el problema de hoy es la actitud de un dirigente que se cree estar más cerca del Dios que el resto de los mortales. ¿Es posible un pacto CiU con el PSC? ¿Una Carme Chacón como vicepresidenta de Mas? Si los resultados lo permiten y, hoy por hoy no lo creemos, el pacto PSC con el PP sería otra de las soluciones, incluso en un apoyo similar al de la anterior legislatura en el País Vasco.
Artur Mas ha dejado atrás el seny y sus continuos desplantes, sus retrasos injustificados y la consciente vulneración del ordenamiento jurídico le inhabilitarían para liderar la recuperación económica de Cataluña. Su primera preocupación es el catalanismo y la independencia, no las necesidades inmediatas de sus ciudadanos. Eso explica su gira internacional buscando apoyos a su proyecto independentista. El fracaso de la misma debería haberle llevado a la dimisión o, al menos, a reconducir su proyecto. Por eso, otra solución pasaría por una restructuración de CiU y el desalojo de Mas y los radicales de su dirección, pero para ello son necesarios unos malos resultados electorales. En último término, si Mas gana las elecciones y es proclamado Presidente de Cataluña ¿jurará guardar la Constitución?