crítica de cine
Todo es silencio: cuando al hablar te juegas la vida
domingo 11 de noviembre de 2012, 10:57h
Cuatro años después de “Los girasoles ciegos”, llega a la gran pantalla el último trabajo del veterano director José Luis Cuerda.
El realizador manchego vuelve a adaptar para la gran pantalla una obra del escritor Manuel Rivas, autor de la “La lengua de las mariposas”, que fue llevada al cine en 1999 y por cuyo guión adaptado fue galardonado con el Goya el desaparecido Rafael Azcona. En esta ocasión es el propio Rivas, novelista, poeta y periodista, quien firma el guión –escrito en realidad antes incluso que la novela - de una historia de amor a tres bandas, que transcurre en un pequeño pueblo de la costa atlántica gallega durante la época más boyante y descontrolada del narcotráfico. La acción comienza veinte años antes, en 1969, cuando conocemos a dos niños, Fins (Axel Fernández) y Brinco (Sergio González), y a una niña, Leda (Carolina Cao), quienes juegan, sueñan y trabajan juntos. Sus familias son bien distintas pero en un lugar tan pequeño, al final, todos están relacionados y es difícil que lo que les ocurre a unos no acabe afectando también a los demás. José Luis Cuerda se entretiene en esta parte esencial únicamente lo preciso para que el espectador conozca qué mueve a los chavales ya desde pequeños, cuáles son sus metas y cómo se relacionan con quien maneja los hilos del incipiente narcotráfico en la zona: el cacique metido a mafioso que campa a sus anchas a base de meter miedo y de pagar sobornos, el personaje interpretado por un inconfundible Juan Diego.
Esa primera parte de la historia finaliza cuando Fins, hijo de un honrado marinero, tiene que abandonar el pueblo, al que no regresa hasta 1989 convertido en un agente de la ley dispuesto a acabar con el endémico tráfico ilegal que ya no trae a la playa cartones de tabaco rubio, sino la heroína que está empezando a matar a jóvenes gallegos y de toda España. Su trabajo es, desde el principio, algo tremendamente personal, marcado por el reencuentro con su antiguo compañero de juegos, Brinco, y con su primer amor, Leda, y será en el núcleo de la tragedia sobre el que gira la trama. Ahora ya no es sólo la distancia lo que separa a Fins de sus amigos. Brinco y Leda están al otro lado de la Ley. Por otra parte, viven juntos y tienen un hijo, aunque Leda no ha perdonado a Fins que dejara el pueblo y no le escribiera ni una sola carta durante las dos décadas transcurridas.
Así, la lucha contra el narcotráfico que abandera un atormentado Fins y la defensa que Leda hace de su ilegal medio de vida es también una batalla de emociones, de sentimientos cocinados al fuego del rencor durante un montón de años. Y es en este duelo de personajes donde se mide el trabajo de los actores que les dan vida. Quim Gutiérrez, Fins en la ficción, ha de medirse con Miguel Ángel Silvestre, que interpreta a Brinco, menos creíble al principio pero que se crece a medida que su personaje comprende el alcance de la desgracia que su antiguo amigo ha traído a su hasta entonces controlado mundo. Sin embargo, es Celia Frejeiro, la mujer que ambos aman, quien consigue tejer con mayor pericia su complicado personaje, el de la hembra ambiciosa que, ya desde pequeña, sabía muy bien que lo que traía el mar pertenecía a quien primero le echaba la vista encima.
Y eso, lo material, es lo único que le importa, hasta sus últimas y trágicas consecuencias, a la protagonista de esta historia rodada en distintas localizaciones de la costa coruñesa como Carnota, Betanzos, Muros o Cambre, así como en la Ciudad de la Luz, y que retrata la durísima realidad que se vivió en aquellas tierras durante la década de los 80, aparentemente inmune a la ley. Sólo había una que se cumplía rajatabla, la ley del silencio, porque como dice el propio Rivas, que antes de escribir el guión y la novela ya había realizado como periodista muchas crónicas sobre el devastador asunto: “Cuando al hablar te juegas la vida, todo es silencio”.