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Infamous Federal ratio

viernes 16 de noviembre de 2012, 20:14h
A lo mejor algunos republicanos desesperados y torpes de los EEUU han podido llegar a añorar la “federal ratio” del siglo XIX, que establecía que el poder político y civil de cinco negros debía equivaler a tres blancos. Con esta ratio el mormón Romney hubiera ganado las elecciones. Y es que la gran Democracia Americana, lo mismo que la Democracia Clásica y la República Romana, cedió en repugnantes concesiones durante demasiado tiempo ante la aberración imperdonable de la esclavitud, a pesar de que sus “padres fundadores” fuesen enérgicos abolicionistas “más o menos”. Incluso en épocas de desgracias nacionales los americanos más sensibles y cristianos afirmaban que tales desgracias eran merecidos castigos enviados por el Cielo por su tolerancia durante setenta años hacia la esclavitud. En realidad, el único “padre fundador” coherentemente abolicionista fue Alexander Hamilton, que jamás llegó a tener esclavos (predicó en esto con el ejemplo) y que fue activo miembro de la Asociación de Nueva York a favor de la emancipación, no cediendo jamás ante la inmoralidad ilimitada de la esclavitud. Hamilton, odiado por la plebe y los demagogos izquierdistas, como el villano gobernador de Nueva York Clinton, fue, sin embargo, el más grande enemigo de la esclavitud hasta que llegase Abraham Lincoln. Durante la Guerra de Independencia apoyó los baldíos esfuerzos de su amigo John Laurens para emancipar a todos los esclavos de los estados del sur que habían luchado por la independencia. Expresó siempre la inquebrantable creencia en la absoluta igualdad genética negros y blancos – a diferencia de Thomas Jefferson, por ejemplo, que consideraba a los negros como inferiores por naturaleza e incluso pacientes de una enfermedad genética de la piel, entendiendo la negritud como un tipo de lepra especialmente virulenta, lo que no le impidió tener como amante vitalicia una hermosa mujer negra, Sally Hemings -.

Por lo que respecta a John Adams, aunque no tuvo jamás ni un solo esclavo y denunció la esclavitud “como un nauseabundo contagio en el carácter humano”, sin embargo como político, temiendo crear disensiones en los estados del sur, se opuso a emancipar los esclavos que se habían unido al Ejército Continental, e incluso se opuso a un proyecto de ley de Massachusetts para abolir la esclavitud. Es decir, si como hombre no contagió jamás su hogar con la esclavitud, trabajando en su casa hombres y mujeres libres asalariados, como político consintió su práctica e incluso impidió los ataques legislativos a la misma.

En relación con Benjamin Franklin, si bien en sus últimos años fue un valiente y franco presidente de la sociedad abolicionista de Pensilvania, en su juventud y madurez, sin embargo, se dedicó como corredor a hacer ventas de esclavos desde su taller de imprenta en Filadelfia, comprándolos y vendiéndolos para él mismo y para otros. Siempre tuvo uno o dos esclavos para atender su caja, y jamás tuvo problemas de conciencia por haber traficado con esclavos hasta los últimos cinco meses de su vida en que abiertamente combatió la esclavitud.

Los fundadores de Virginia llegaron a percibir el problema de los esclavos como insoluble, dado que su seguridad económica estaba tan vinculada a la esclavitud. Por la época de la Revolución George Washington era un amo muy benevolente con más de cien esclavos en Mont Vernon, aunque él fue siempre muy rigorista a la hora de reclamar a los esclavos fugitivos. En 1786, cuando ya poseía más de doscientos esclavos, rehusó romper las familias de los esclavos y juró no comprar un esclavo más. Y llegó a decir al excéntrico y atractivo Robert Morris: “No existe ningún hombre vivo que desee más sinceramente que yo ver un programa elaborado para abolir la esclavitud”. Al final, en su última voluntad, dos años antes de su muerte, Washington emancipó a todos sus esclavos y les dio importantes cantidades de dinero para que tuvieran la posibilidad de llevar una vida cómoda ya libres.

Como propietario de doscientos esclavos en Monticello y en otras propiedades, Thomas Jefferson fue dolorosamente consciente de la grave incoherencia que existía entre su mente altamente revolucionaria y la sangrienta realidad de poseer todo un ejército de esclavos. No era el primer pensador que le ocurría esto; ya en la Roma clásica Séneca hablaba de la radical igualdad de todos los hombres, a los que llamaba “conservi”, esto es, compañeros de esclavitud, y a la vez practicaba una lucrativa compraventa de esclavos ( los compraba analfabetos y baratos, y los vendía alfabetizados y caros ). No tuvo tampoco la generosidad de George Washington en sus últimas voluntades: sólo manumitió a los hermano de su pareja vitalicia, la hermosa mujer negra Sally Hemings.

Respecto a James Madison, aunque combatió verbalmente la esclavitud (“el más espantoso dominio ejercido jamás del hombre sobre el hombre”), nunca estuvo preparado, como los otros miembros de su clase de grandes plantadores, para vivir sin esclavos. No obstante, en los últimos años de su vida, fue un miembro muy activo de la Sociedad de Colonización Americana, que favorecía la emancipación y el reasentamiento de antiguos esclavos en África, y él mismo gastó grandes sumas en ayudar a botar los primeros barcos que devolviesen a los negros a su antiguo hogar.

Pero debemos resaltar que Hamilton fue el más resuelto ( el único, en realidad ) antiesclavista de la Revolución Americana, junto a sus grandes amigos Henry Laurens y Morris. Defendió en célebres juicios la libertad de aquellos negros que la Guerra de la Independencia había hecho libres, tanto por el lado de los ingleses como por el de los patriotas, contra los antiguos amos que los reclamaban, y gracias a su poderosa oratoria venció en casi todos los juicios la razón de la libertad.

Jay, el tercer participante en El Federalista, junto a Madison y Hamilton, sostenía que a menos que América adoptase la abolición, todas las plegarias de los americanos lanzadas al Cielo para defender la libertad serían impías. De hecho, John Jay fue el presidente de la Sociedad de Nueva York para promover la Manumisión de Esclavos, que entre otros fines impedía que los negros fueran secuestrados en las propias calles de Nueva York por “cazadores de antiguos esclavos” contratados por sus antiguos amos. Se trataba de los negros que la Guerra de Independencia había hecho libres. Sobre este asunto el valiente y noble John Jay llegó a escribir: “El benevolente Creador y Padre de los hombres, habiéndoles dado a todos un derecho igual a la vida, a la libertad y a la propiedad, ningún poder soberano sobre la faz de la tierra puede con justicia privarles de ninguno de esos derechos. Los violentos intentos que se han hecho recientemente para detener y exportar para la venta a algunos negros libres, que estaban pacíficamente siguiendo sus ocupaciones respectivas en esta ciudad, deben excitar la indignación de todos los amigos de la humanidad y deben recibir un castigo ejemplar.”

La práctica de dar libertad a jóvenes y fuertes esclavos para engrosar los ejércitos en momentos apurados de guerras o grandes crisis nacionales es también conocida en el Mundo Clásico. Esclavos atenienses y romanos ganaron así la libertad en diversos trances de guerra, como la que se produjo en Atenas entre el ejército democrático al mando de Trasibulo y las fuerzas de Los Treinta Tiranos, o aquella de Roma en la época del sanguinario conflicto entre Mario y Sila.

Hamilton llegó a proponer en Noviembre de 1785 un plan que proponía que todos los esclavos por debajo de los 28 años debían ganar su libertad cuando llegaran a cumplir los 35 años; aquéllos entre 28 y 38 debían ser libres a los siete años después de que el plan fuese aprobado, y aquellos que tuvieran más de 45 años debían quedar libres inmediatamente. Desgraciadamente Hamilton no pudo ver aprobado jamás su plan ante unos representantes de la soberanía popular que poseían la mayor parte grandes cantidades de esclavos, pero el entero edificio de la Administración americana quedó tocado decisivamente ante la ascendencia moral del plan hamiltoniano, al que se votó en contra agachando la cabeza con vergüenza, y estando todos persuadidos de que la abolición se impondría en dos o tres generaciones.

Es así que la sensitiva conciencia de la gran Democracia Americana – lo mismo que la del Mundo Clásico – tuvo que padecer durante demasiado tiempo una dolorosa contradicción entre los grandes ideales que la sostenían y fundamentaban y los bajos apetitos de la codicia, la soberbia y la comodidad. En esto las sociedades se parecen a las personas; aunque la conciencia social mejora y se afina con la sabiduría, la educación pública y el crecimiento moral, no suele tener una traducción inmediata en el comportamiento colectivo. Los hombres, por ejemplo, hemos aceptado en nuestro interior la razón justa de la emancipación femenina y la igualdad de derechos que ello comporta por pura lógica, pero tardamos más en hacer práctica y efectiva esta verdad de conciencia.

Es por ello que el segundo triunfo ( y constitucionalmente último: Enmienda XXII ) electoral de Obama supone la epifanía más esplendente de la visión hamiltoniana de la gran Democracia Americana, y el día en que la mayor parte de los negros americanos vote a un blanco, habiendo otros candidatos negros, la integración total de los negros americanos en la sociedad se habrá cumplido, y habrá llegado a término el rutilante objetivo de la libertad hamiltoniana.
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