La inteligencia en peligro
sábado 17 de noviembre de 2012, 19:27h
Trend in Genetics es una revista científica mensual dirigida por Rhiannon Macrae. A lo largo de sus dos años y pico de existencia ha adquirido fama de seriedad. Su consejo editorial está formado por personalidades científicas prestigiosas. A priori, no hay motivo para dudar de la calidad de sus colaboradores. Difícilmente puede tener cabida entre ellos un charlatán. Si en su último número aparece un artículo en el que se asegura que la inteligencia humana tiende a degradarse será por algo.
Su autor, Gerarl Crabtree, un investigador de la Universidad de Stranford, sostiene que el aflojamiento de la presión selectiva derivado de la mejora gradual de las condiciones de vida de la especie humana y la sucesión de pequeñas mutaciones en los genes de los que depende la actividad mental mermarán nuestras facultades intelectuales hasta el punto de que dentro de tres mil años nuestros descendientes tendrán dificultades para hacer una suma. La idea de una involución debida la evolución es vieja como la sopa, pero el señor Crabtree la justifica con argumentos nuevos, procedentes de la genética. Aunque esta no ha ampliado excesivamente el conocimiento y la comprensión de lo que somos, parece que sabe bien en qué acabaremos transformándonos. Afortunadamente, el deterioro de los genes es lento y hay razones para pensar que las tecnologías del futuro frenarán las mutaciones perniciosas que nos conducen a la imbecilidad. Con un poco de suerte, el pronóstico de Crabtree quedará en nada, un susto sin importancia.
Se lo explicaré con otras palabras. Nuestro cuerpo es víctima de variaciones intangibles que pueden resultar desastrosas para la especie. Sin darnos cuenta, nuestro armazón genético se va alterando en el proceso de replicación reproductiva hasta que llega el momento en que los descendientes ya no se identifican con sus antepasados. El organismo es impotente para mantener su estabilidad en un universo que se expande sin cesar. Gracias a Dios, contamos con la ciencia y con mister Crabtree, quienes impedirán que la humanidad se vuelva estúpida y dentro de tres mil años no quede nadie para confirmar que no era el hombre quien procedía del mono, sino al revés. Para ello, sin embargo, hay que dar carta blanca a los científicos. No podemos permitir que se nos escape de las manos nuestra propia evolución.
Aunque alivia saber que el señor Crabtree vela por nosotros, desde que he sabido que nos vamos embruteciendo imperceptiblemente apenas puedo dormir. ¿Tenían razón entonces aquellos que sostenían que de Homero a acá hemos ido perdiendo recursos intelectuales?, ¿en qué momento empezó en ese caso el fenómeno?, ¿nos habrá afectado ya personalmente?, ¿y Crabtree, sufre también en sus genes el deterioro que pronostica? Yo, por si las moscas, acabo de sustituir el lema de mi escudo por una sentencia de Chamfort: “la humanidad es estúpida, a juzgar por mí”. Les aseguro que desde que lo he hecho veo mucho mejor las cosas. Ahora me doy cuenta de que la inteligencia siempre fue sobrevalorada por el homo sapiens sapiens. Descartes estaba en lo cierto al burlarse de ella cuando escribió: “nada hay mejor repartido en el mundo que la inteligencia, pocos se quejan de la que les ha tocado en suerte”. La verdad es que, contemplada con la suficiente distancia, tampoco parece tan decisiva como creíamos. De hecho, a la humanidad no le ha ido muy mal pese a reinar en ella la estupidez (la superstición, el error, la falsedad, todo eso que critican los ilustrados). “Conozco sólo dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana, y de la primera no estoy seguro”, dijo Einstein.
Crabtree parece una buena persona al ofrecerse para frenar el proceso que destruirá nuestra inteligencia, pero si hubiera consultado el último libro de Steven Pinker sabría que es preferible no hacerlo. La estrella pop de la psicología evolutiva –“sólo conozco una manera de escuchar a los Beatles –dice en una película James Bond-, … con los oídos tapados”- sostiene que el mejoramiento de sus condiciones de vida ha vuelto al ser humano menos agresivo, más predispuesto al entendimiento, más empático con el entorno y las criaturas que lo habitan, en suma, mejor y más feliz. Si las mutaciones genéticas que, según Crabtree, nos vuelven cada día más tontos nos están empujando también en una dirección mucho más satisfactoria, ¿por qué aferrarse a este atavismo de la inteligencia? ¡Y que haya gente que todavía dude de la visión cosmopolítica del ex presidente Zapatero!