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CRÍTICA

Javier Cercas: Las leyes de la frontera

domingo 18 de noviembre de 2012, 12:48h
Javier Cercas: Las leyes de la frontera. Mondadori. Barcelona, 2012. 384 páginas. 21,90 €
Avisa la fórmula clásica que un escritor siempre intenta escribir el mismo libro, con distintos grados de éxito cada vez. En apariencia, la trama de la última novela de Javier Cercas confirmaría el supuesto al coincidir con anteriores narraciones suyas: las pesquisas de un personaje que está escribiendo un relato real de múltiples interpretaciones al componerse de voces contrapuestas y perspectivas angulosas. Esta vez un escritor recibe el encargo de redactar la biografía de Antonio Gamallo, el Zarco, delincuente marginal aupado a mito y, a la postre, devorado en cierta forma por su propia fama. La recreación se alimenta de la historia del Vaquilla y otros quinquis famosos de esa época de ansia democrática a principios de los ochenta. Pero hay más, mucho más. Con la soberbia novela y profunda reflexión sobre la Guerra Civil española que es Soldados de Salamina, Cercas horadó el surco de su inquisitiva prosa: bucear no por la mal llamada memoria histórica, carente de sentido siendo esta siempre individual y profundamente subjetiva, sino por la historia común de nuestro pueblo.

Aquí conoceremos los distintos designios del Zarco, delincuente menor y quinqui de Gerona, y de Ignacio Cañas, charnego de clase media, perteneciente a su banda cuando le apodaban “El Gafitas”. El juego de identidades contrapuestas, fingidas o no, reídas o aceptadas entre ambos vertebra la novela y en la reconstrucción participan como si fueran “torneos encarnizados en los que competíamos en afán de precisión sobre el pasado”.

Admitida la difícil creencia de que unos recuerdos lejanos jamás pueden ser tan precisos como los de ciertos pasajes recreados por los personajes de esta novela, el lector queda hipnotizado por una prosa que recuerda artificialmente al relato oral con breves pinceladas de altura como cuando describe el inventario de miserias del piso de Tere, la mujer que cierra el triángulo entre el Zarco y “El Gafitas”, o la descripción del funeral del Zarco.

La multitud de temas que teje con sutileza este atractivo libro apabulla. A vuela teclado apunto: la erótica del mal en los años tiernos y crueles de la adolescencia, las injusticias en que se sustenta parte de nuestra justicia, el arrebatador poder del mito, lo embaucador de una farsa. La conversión de persona en personaje y el poder omnímodo de la fama. Pero también el ansia por alcanzar una vida plena que merezca la pena vivirse y no esa vida prestada y anodina. La obsesión por una verdad que trueque nuestra vida. Los quebrantos del deterioro físico, el desengaño, la tristeza… Y, presidiendo todo, la profunda erosión del tiempo que a todos nos condena como las miserias corroen al mito una vez “envejecido derrotado y enfermo”.

Aparte quedan las abundantes reflexiones metanarrativas. Cercas bien sabe que “la ficción siempre supera a la realidad pero la realidad siempre es más rica que la ficción”. Por eso escuchamos su voz fundida con la del personaje cuando este afirma haber oído que “un libro es como un espejo y que no es uno el que lee los libros sino los libros los que lo leen a uno”. Pero el anónimo escritor bien sabe que “uno no escribe los libros que quiere, sino los que puede o los que encuentra”.

En definitiva, aquí se habla del disfraz y las distintas caretas con que nos ataviamos según salimos por la puerta del portal, e incluso dentro, como adelanta la máxima del aristócrata François de la Rochefoucauld que preside la novela. Las fronteras a las que hace referencia el título, no son tanto las diferencias de nacer en un barrio equivocado de la ciudad o en la orilla equivoca de un río, sino las porosas fronteras que separan el bien y el mal, los límites nebulosos entre realidad y ficción, donde con soltura y magisterio se mueve Javier Cercas.

Por Francisco Estévez
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